2018-12 Testimonio

Una familia rescatada

Mar 29, 2019 Testimonio

¡«Aunque un alma fuera como un cadáver descomponiéndose de tal manera que desde el punto de vista humano no existiera esperanza alguna de restauración y todo estuviese ya perdido. No es así para Dios. El milagro de la Divina Misericordia restaura a esa alma en toda su plenitud»! (Diario, 1448).

Hace dos años mi marido y yo compramos un apartamento en un bloque de pisos. Uno de nuestros nuevos vecinos, adicto a la droga y con problemas de alcohol, despertó en mí un sentimiento especial de compasión. Solía mirar con desprecio a estas personas, pensando que ellos mismos tenían la culpa y que desperdiciaban sus vidas por su propia voluntad. Pero Jesús cambió mi percepción del prójimo y me enseñó que solo Dios puede juzgarnos, porque Él es quien mejor nos conoce y lo sabe todo de nosotros. Solo Él es capaz de penetrar nuestros corazones, almas y mentes.

Veía en Miguel, porque ese es el nombre de nuestro vecino, a Jesucristo que sufre y pide ayuda. Decidí rezar por él todos los días, con una oración de inmersión en la Sangre de Cristo y con la Coronilla a la Divina Misericordia.

Miguel tenía una esposa y dos hijos. Sus adicciones hicieron que su esposa se fuese con otro hombre y se mudase a otra ciudad. Desde entonces, nuestro vecino se quedó solo y tenía que vivir con su madre y su padrastro. Se quedó sin trabajo y se volvió más y más adicto. Perdió mucho peso y se podía ver que cada día se acercaba más a una gran desgracia. Lo veía a menudo, cuando volvía de la iglesia, de la adoración al Santísimo Sacramento. Entonces, repetía en mis pensamientos: «Señor Jesús, lo sumerjo en Tu Sangre, libéralo de sus adicciones y esclavitudes, purifícalo, sánalo y santifícalo según Tu voluntad. Conviértelo para que siga el camino hacia Dios. Muéstranos hoy el poder de Tu Sangre». Aparentemente Dios quería que me encontrara con Miguel varias veces al día y rezara por él, así que lo hacía cada vez que me cruzaba con él. Un día me encontré también a sus hijos y a su mujer con una nueva pareja. Esta mujer me habló primera y me contó su nueva vida y dijo que ahora estaba feliz. Sentí una gran tristeza, porque con tan solo mirar a su nueva pareja era suficiente para que me diese cuenta que pasaba lo contrario. Desde su divorcio civil con Miguel, habían pasado ya seis meses. En este momento pensé que era necesario sumergirla en la Sangre de Cristo para que pudiera romper esta relación adúltera y volver a Dios. Y es lo que hice. Le pedía al Señor Jesús que no permitiera que Satanás rompiera este matrimonio sacramental.

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