2018-12 Testimonio

¡Sobreviví a la muerte, vi el cielo!

Mar 31, 2019 Testimonio

Oí estas palabras: «Eres un testigo vivo de la vida después de la muerte y de Mi verdadera presencia. Eres el testigo del cielo, del infierno, del purgatorio, de Satanás y de Mí. Porque estuviste allí y lo viste. Quería que lo experimentaras para que, a través de tu testimonio, se abriesen los corazones a Mis obras».

Con una misión entre los Indígenas y los Inuit

Soy misionero oblato de María Inmaculada. En enero de 1991 fui de misión a los pueblos indígenas e inuit a Canadá. Estuve allí 13 años. Los Indígenas, a los que fui a visitar, vivían en el extremo norte de Canadá en cinco poblados repartidos en un radio de más de 400 km. En esta área había tan solo un misionero sirviendo. Por eso, los Indígenas, para poder asistir a la santa Misa, recorrían esa distancia en avión. Amaban tanto a Dios que, para poder ir a Misa, confesarse y comulgar, ¡venían en avión! Los Indígenas son muy religiosos por naturaleza. ¡Nunca he conocido a un solo Indígena o Inuit que diga que no cree en Dios! Para estas personas tan sencillas, no creer en Dios es tan absurdo, que dicen que esto es imposible y que hay que ser sumamente estúpido y ciego para decir que no se cree en Dios. ¿Cómo uno puede no creer en Dios? ¡Si es lo más obvio del mundo! Toda la creación nos habla de Dios: el aire, el sol, la luna, cada pájaro, etc. Cada movimiento de una hoja es una prueba de la grandeza de Dios.

Tuve una visión de toda mi vida. El mal y el bien, mis pensamientos, palabras y actos estaban grabados como en un disco duro en el ordenador. […] Con los ojos de mi alma vi todo el mal y todo el bien que había hecho en mi vida

Después de la primera Eucaristía celebrada entre los Indígenas, una anciana enferma me explicó lo que era la sabiduría indígena: «Cuando hablamos con Dios y lo escuchamos, entonces somos sabios y lo sabemos todo. Cuando dejamos de hablar con Dios y de escucharlo, entonces todos nos volvemos tontos»… Aquella mujer indígena no necesitaba mi sabiduría. En palabras sencillas me transmitió lo que esperaba de mí como sacerdote. Sin embargo, estas palabras se aplican a todos nosotros, que somos cristianos. Esta es la expectativa de muchas personas en el mundo, muchos corazones que siguen esperando el Evangelio: «Que nosotros, como cristianos, sepamos amar, rezar y ser signo de Dios, discípulos de Cristo en todas partes. Que la otra persona sea mejor y no peor tras encontrarse con nosotros».

Muerte clínica

Unos años después, me fui a pasar unas vacaciones cortas a México con otro sacerdote, para recuperar fuerzas. Nos quedamos en un balneario a orillas del mar. Una mañana fui a dar un paseo por la costa para rezar el rosario. El mar estaba calmado, la superficie del agua estaba totalmente lisa y no había olas. Al principio, no tenía intención de bañarme. Sin embargo, después de un rato, entré en el agua en la que flotar era un placer. Así que empecé a nadar a lo largo de la orilla. Me tumbé boca arriba. Pasaron unos minutos…

Al analizar un acto o una palabra que había dicho, Dios me permitió conocer el dolor que entonces le causé al prójimo. Y conocí la gravedad de mi pecado, es decir, cuánto dolor había causado a Jesús. Fue un dolor aterrador

Levanté la cabeza y me di cuenta de que me había alejado bastante de la orilla. Sin embargo, el mar seguía siendo poco profundo, así que no me preocupé y pensé: «No pasa nada, pronto regresaré». Así que me empecé a nadar crol hacia la playa. Pero sentí que me estaba alejando de ella… Entonces empecé a nadar más rápido, pero sin efecto alguno: ¡estaba alejándome! En este momento me empecé a dar cuenta: «¡Había marea!». Efectivamente, había corrientes, ¡y yo no me había dado cuenta de las banderas rojas que advertían de ello! El agua a lo largo de la orilla parecía estar calmada, no había olas porque había marea baja. ¡Así que me alejaba cada vez más! Entonces sí que estaba ya lejos de la orilla. En aquel momento pensé: «Qué curioso, ni por un momento he sentido miedo de que me pueda ahogar o de que algo malo me suceda ». Sentía una gran paz interior. Solo trataba de mantenerme fuerte y respirar. Me invadió la convicción de que «todo saldrá bien, ¡esa no sería mi muerte!». Estaba convencido de que alguien me vería y me salvaría. Como si alguien me dijera en mi interior: «¡No tengas miedo!». Mientras tanto, el mar me llevó tan lejos que a mi alrededor empezaron a surgir unas olas cada vez más grandes. Poco a poco me adentraba en el infinito espacio del océano. ¡Ya no era una broma! ¡Estaba a cientos de metros de la orilla! Una ola me impactó, me dio la vuelta y me quedé sin poder respirar. La corriente me arrastró bajo el agua. Al subir a la superficie abrí los ojos, pero la corriente me había desplazado tanto que ya no sabía dónde estaba… Buscaba algo de luz, porque sabía que con ella encontraría el aire. Subí a la superficie, ¡pero en este momento comenzó mi verdadera lucha por la vida! Enormes olas seguían golpeándome sin tregua. Me hundía cada vez más y más, y me resultaba cada vez más difícil subir a la superficie. ¡Es cuando empecé a pensar que la corriente me arrastraría tanto que al final ya no podría salir a la superficie! Sin embargo, la lucha continuaba… En aquel momento todavía no pensaba en la muerte. No obstante, hubo otro golpe de ola, con el que conseguí tomar algo de aire, que traté de mantenerlo el mayor tiempo posible. Esta vez me hundí tan profundamente que me encontré en un lugar totalmente oscuro. En esa oscuridad, fui incapaz de determinar el espacio en el que me encontraba ni la dirección de la que provenía la luz. ¡No sabía cómo salvarme! Me estaba quedando sin aire en los pulmones… Pasaron varios segundos. En aquel preciso momento me di cuenta que en breve moriría. Traté de salvarme y hacer movimientos a ciegas con las manos, pero las profundidades en las que me encontraba estaban envueltas en una oscuridad impenetrable… Sentí que mis pulmones se estrechaban y era consciente de que me estaba muriendo. Había llegado el final…

La antesala del cielo

Solo podía pensar una cosa: me había muerto, ¡por lo cual en breve me compareceré delante de Dios! Ya he tenido alguna experiencia con Dios (en la visión relacionada con mi milagrosa salvación de un accidente de coche – N. del E.). En mis pensamientos dije: «Dios, ¡voy hacia ti!», «Dios, ¡sé misericordioso conmigo!», «¡Recibe mi alma!». Y en ese momento vi la luz de la presencia de Dios. Estaba entonces plenamente consciente; mi vista era aguda y tenía consciencia de mis sentidos, nunca antes me había sentido mejor. Vi como mi cuerpo se separaba de mí. Oí una voz que me decía: «No te preocupes por el cuerpo. ¡No lo necesitas!». Vi mi cuerpo como si estuviese encogido, como un bebé en el vientre de su madre. Dios había creado para mí una especie de burbuja de aire de vidrio transparente. Y vi dos rayos de luz. Era una luz completamente diferente a la que me abrazaba. Sabía que eran dos ángeles aunque no tenían forma humana. Esos ángeles, esos dos rayos de luz, llevaban mi cuerpo a alguna parte. Oí: «No te ocupes de ello, no lo necesitas ahora». Era una visión preciosa. En ese momento, aparté mi atención de mi cuerpo porque vi una luz diferente. Mi alma se deleitaba con la belleza de lo que hay después de la muerte. Caminaba, observaba y me encontré en una especie de habitación rectangular. En la parte superior no había techo, sino un espacio, como si hubiese estado mirando al hermoso cielo; en los lados había paredes como si estuviesen hechas de luz. Estaba bañado en una luz que tenía ciertos límites. Todo eso convencionalmente lo llamé «habitación». Era una especie de antesala.

«Te rodean aquellos a los que tú ayudaste a salvarse. Han venido a reunirse contigo para adorar a Dios, ante quien estás. Estas rodeado de personas a las que ayudaste a salvarse con tu oración, sufrimiento y amor»

Yo me percibía a mí mismo como una persona viva, con manos, piernas, etc. Es difícil describir lo que vi, porque no hay referencias terrenales que se puedan comparar con esto. Esa luz tampoco tenía su equivalente en la luz terrenal. Estaba bañado en una luz que era Amor. En algún momento aquella sala comenzó a alargarse y extenderse. Al fondo de este espacio, vi algo así como una catedral. Hermosas luces y colores comenzaron a aparecer, todo acompañado de música. Aquella catedral parecía una catedral gótica, pero hecha de vidrio, cristales de luz. ¡Qué maravilla! Sabía que quería entrar allí, era el cielo… Era lo que en las Escrituras se llama la Nueva Jerusalén («Se abrió en el cielo el santuario de Dios» Ap 11,19). Vi la entrada al templo y sentí un gran deseo de entrar. Sin embargo, tuve que esperar, ya que a mi alrededor empezaron a reunirse personas vestidas con hermosas túnicas blancas y con diferentes tonos pastel (rosa, verde o azul). Cada uno de estos colores (p.ej. el blanco puro) simbolizaba algo diferente. Era inexplicable. Estaban de pie en sus largas túnicas y tenían las manos juntas. Me veían, pero parecía que me ignoraban. Yo era uno de ellos, pero no el más importante. Así que pregunté: «¿Qué pasará aquí, por qué venís y qué hacemos aquí?». Nadie me respondía, así que traté de preguntar otra vez… Me sorprendió una cosa: entre esas personas reconocía a los difuntos de mi familia, a mis conocidos difuntos y a personas que conocí en la tierra. Sin embargo, la mayoría eran personas que no conocía. También vi a gente, más o menos, de mediana edad. Pero cuando les hacía preguntas, no me respondían. Así que entendí que no tenía que preguntarles nada. No era el momento adecuado. Me hicieron entender que algo importante iba a suceder. En el momento en que aún les hacía preguntas, apareció mi padre, que había fallecido hace muchos años. Se me acercó y se puso a mi lado izquierdo, ya que a mi derecha, en forma de rayo de luz, estaba mi ángel de la guarda (en aquel momento no conocía su nombre). Mi padre, como si me abrazara, me dijo: «¿Por qué preguntas? No preguntes nada, ya lo sabes todo».

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