2018-12 Vida eterna

“Lo que uno siembre, eso es lo que cosechará”

En el momento de la muerte, todos «tenemos que comparecer ante el tribunal de Cristo para recibir cada cual por lo que haya hecho mientras tenía este cuerpo, sea el bien o el mal» (2 Cor 5,10).

En el momento de la muerte, habrá un juicio para cada persona: «Por cuanto el destino de los hombres es morir una sola vez; y después de la muerte, el juicio» (Hbr 9,27). De acuerdo con la revelación de Dios, el hombre muere solo una vez, y por lo tanto todas las teorías de la reencarnación son un mito creado por Satanás.

En el momento de la muerte, nuestra fe terminará y entonces nos encontraremos con Cristo. A la luz de su amor y misericordia se hará un juicio. El único criterio por el cual seremos juzgados es el amor. Entonces, ¿cómo será este juicio? El Señor Jesús levanta el velo del misterio y dice: «Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios» (Jn 3, 19-21).

«Por cuanto el destino de los hombres es morir una sola vez; y después de la muerte, el juicio» (Hbr 9,27)

Jesús afirma claramente que las personas que durante su vida terrenal, al cometer una injusticia, “prefirieron la tiniebla” y “detestaron la luz”, luego, odiarán a Dios y rechazarán el don de la salvación. Aquellos que en la vida terrenal iban por el camino de los mandamientos de Dios, “el que obra la verdad” – “se acerca a la luz”, aceptan el don de la salvación que Cristo les ofrece.

En el momento de la muerte veremos todos nuestros pecados que han causado gran sufrimiento a Dios y a otras personas y que han destruido nuestra humanidad, profundizando nuestro egoísmo. También veremos todas nuestras buenas obras que desarrollaron en nosotros la libertad y la capacidad del amor desinteresado.

De la Sagrada Escritura aprendemos que el Creador nos da total libertad de elección: «Ante los hombres está la vida y la muerte» (Sir 15,17). La decisión más importante en el momento de la muerte, de la cual dependerá nuestra salvación o la condenación, está condicionada por toda la historia de la vida terrenal del hombre: «El que siembra para la carne, de la carne cosechará corrupción; el que siembre para el espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna» (Ga 6, 8).

En el momento de la muerte, en cada persona se terminará el proceso de formación de su humanidad. Cada buena acción, la fidelidad a los mandamientos de Dios, el esfuerzo de la oración diaria, el cuidado por estar siempre en estado de gracia, el esfuerzo para levantarse de todos los pecados mortales en el sacramento de la penitencia, acoger a Jesús con un corazón puro en la Eucaristía: todo esto hace que la persona se abra a la acción del Espíritu de Dios. Entonces, el Espíritu Santo vence en nosotros todo pecado, soberbia y egoísmo, nos da la vida eterna, libertad, amor y nos hace ser «partícipes de la naturaleza divina » (2 P 1,4). Sin embargo, cada pecado, la ignorancia del bien, guiarse por la lógica del egoísmo y rechazar la misericordia de Dios: todo ello cierra al hombre a la acción de Dios, deforma su humanidad, sumergiéndolo en una terrible esclavitud de los malos espíritus. La falta de conversión y la persistencia en el pecado pueden destruir al hombre y hacer que se convierta en un egoísta absoluto, que se “amará” a sí mismo hasta tal punto que odiará a Dios.

«El que siembra para la carne, de la carne cosechará corrupción; el que siembre para el espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna» (Ga 6, 8)

El estado espiritual más trágico en el que puede estar el hombre es persistir en el pecado mortal. Entonces, cuando esto ocurre se entrega voluntariamente al dominio de poderes demoníacos.

La Virgen de Fátima dijo que los pecados que llevan al infierno a la mayoría de las personas son los pecados impuros. Al revelarse a la mística Rozalia Celakówna, Jesús dijo: «Mira, niña, me hacen mucho daño los pecados de impureza, los asesinatos (de niños) y el odio. Ya no puedo soportar esta ofensa y los insultos que me infligen los pecados de impureza. Si Polonia no renace espiritualmente y no abandona sus pecados, se perderá. Solo un completo renacimiento espiritual y la devoción al reino de mi Corazón pueden salvar no solo a Polonia, sino también a otras naciones».

La vida en la tierra es para cada hombre un tiempo de maduración única para el amor en el cielo y a veces también es un tiempo de degeneración, del egoísmo absoluto y de la perdicion eterna.

Cuando en el momento de la muerte, durante un juicio detallado, el hombre se comparece ante Cristo cara a cara, entonces, –al ver toda su vida terrenal–, tendrá que tomar la decisión final de declararse a favor de Cristo o en su contra. Esta decisión expresará la verdad sobre el hombre. Un “Sí” dicho a Cristo se convertirá en el cielo o el purgatorio, mientras que el rechazo de su amor se convertirá en el infierno. «Más allá de las misteriosas puertas de la muerte se perfila una eternidad de gozo en la comunión con Dios o de pena lejos de Él» (Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, 26).

En el momento del juicio, cada uno recibirá lo que quiere; y el hombre deseará de acuerdo con la persona en la que se haya convertido en su vida terrenal.

Si por sus pecados destruyó por completo su capacidad de amar, es decir, se convirtió en un egoísta absoluto, entonces, debido a su amor propio rechazará el amor de Cristo y el don del perdón de todos sus pecados. Dios respeta completamente la libertad de su criatura incluso cuando decide rechazar definitivamente a su Creador. Por esta razón, el infierno no es un castigo imprevisto o injusto. Al elegir el pecado, el hombre entra en el camino que lo lleva al infierno. Existe el infierno porque existe el pecado. El infierno no es más que el pecado deseado como objetivo, aceptado como una realización final hasta el infinito. La verdad sobre el infierno proporciona la singularidad y excepcionalidad dramática a nuestra vida terrenal. Nos recuerda que si el pecado, que es la mayor desgracia para la persona, se desprecia y se trata como bien, entonces nos introduce en la realidad aterradora del infierno.

Santa Faustina escribe: «Aun ya en la agonía misma Dios misericordioso de al alma un momento de lucidez interior y si el alma quiere, tiene la posibilidad de volver a Dios. Pero a veces, en las almas hay una dureza tan grande que conscientemente eligen el infierno; frustran todas las oraciones que otras almas elevan a Dios por ellas e incluso los mismos esfuerzos de Dios…» (Diario, 1698); «Que el pecador sepa: con el sentido que peca, con ese será atormentado por toda la eternidad. Lo escribo por orden de Dios para que ningún alma se excuse [diciendo] que el infierno no existe o que nadie estuvo allí ni sabe cómo es. […]Yo, Sor Faustina, por orden de Dios, estuve en los abismos del infierno para hablar a las almas y dar testimonio de que el infierno existe. Ahora no puedo hablar de ello, tengo, la orden de dejarlo por escrito. Los demonios me tenían un gran odio, pero por orden de Dios tuvieron que obedecerme. Lo que he escrito es una débil sombra de las cosas que he visto. He observado una cosa: la mayor parte de las almas que allí están son las que no creían que el infierno existiera. Cuando volví en mi no pude reponerme del espanto, qué terriblemente sufren allí las almas. Por eso ruego con más ardor todavía por la conversión de los pecadores, invoco incesantemente la misericordia de Dios para ellos. Oh Jesús mío, prefiero agonizar en los más grandes tormentos hasta el fin del mundo, que ofenderte con el menor pecado» (Diario, 741).

Un “Sí” dicho a Cristo se convertirá en el cielo o el purgatorio, mientras que el rechazo de su amor se convertirá en el infierno

«¿Por qué no nos salvamos todos?… Porque no todos lo quieren. Pues la gracia, aunque sea gratuita, salva a los que quieren ser salvos, y a los que la rechazan, no los salva» – afirma San Juan Crisóstomo. Nuestro Dios misericordioso nos advierte y llama a la conversión a todos los pecadores: «No os procuréis la muerte con vuestra vida extraviada, ni os acarreéis la perdición con las obras de vuestras manos» (Sab 1,12).