2018-12 Divina Misericordia

La familia: lugar donde obra la misericordia de Dios

Mar 29, 2019 Hanna y Xavier Bordas

Para poder gozar del milagro del perdón de los pecados, de la transición de la muerte espiritual a la plenitud de la vida en la libertad de los hijos de Dios, uno debe acercarse a Jesús y recibir de Él el don de la misericordia infinita, confesando en el sacramento de la penitencia todos sus pecados, arrepintiéndose de ellos y decidiendo no volver a pecar.

El toque de Dios misericordioso

En África tuve la oportunidad de participar en extraordinarios grupos de testimonios. Fue en la prisión más grande de Kenia, Kamiti Máximum Security Prison, donde había 4000 presos, a pesar de que el centro penitenciario había sido construido para sólo 1400 personas. Fuimos a esta prisión un sacerdote y yo. El padre, en el camino me dijo: «Hoy tendrás una fuerte experiencia del amor misericordioso de Dios». Después de algunas dificultades para obtener el permiso de entrada, el director de la prisión nos lo concedió para que pudiéramos tener un solo encuentro con un grupo de prisioneros durante media hora en uno de los pabellones. Pero en mi corazón nació la extraordinaria convicción que no era él quien decidía con quién y cuánto tiempo estaríamos hablando, sino Dios. Sentía que Dios había preparado con amor ese toque de su misericordia, como respuesta a la oración del sacerdote, la mía y la de esa gente que yo no conocía y que estaba al otro lado del muro de la prisión. El director ordenó a dos severos guardias que nos acompañasen. Efectivamente, no sólo estuvimos en un pabellón durante media hora, sino en cuatro pabellones, en diferentes celdas, donde compartíamos los fragmentos del libro Meditaciones sobre la fe del padre Tadeusz Dajczer que hablaba sobre la «feliz culpa» (cf. El Exultet). Animado por la franqueza y la fe auténtica de esos presos, me iba quedando cada vez más impresionado con sus testimonios que eran muy verdaderos y honestos, aunque a veces estaban llenos de dolor, a la vez que llenos de fe, confianza y arrepentimiento. La mayoría de ellos eran maridos y padres de familia, igual que yo. Muy arrepentidos, confesaban los delitos que habían cometido dañando así a sus familias. En muchos casos, su castigo era desproporcionadamente grande en relación con su culpa: p.ej. estaban algunos condenados por un robo que habían cometido con el fin de pagar la hospitalización de su mujer después del parto. Otros fueron sentenciados sin ser culpables, pagando justos por pecadores. En sus testimonios, en vez de desesperación, había confianza, la cual les permitía abandonar confiadamente a Dios su destino y el destino de sus familias, a pesar de que algunos estaban condenados a muerte o esperaban tal sentencia. Al compartir con ellos y escuchar sus testimonios, sentí una extraordinaria fraternidad espiritual, la certeza de que Dios nos amaba verdaderamente a todos a pesar de nuestra miseria, y de que la Virgen María, nuestra Madre que nos quiere porque somos sus hijos, siempre está con nosotros.

Así es nuestra Madre: se anticipa y antes de que nosotros mismos notemos las carencias en nuestras familias, Ella ya está pidiendo lo que nos falta e intercede por nosotros ante Dios

Cuando estábamos ya en el último pabellón, el más grande, yo también compartí mi testimonio. El ambiente, en el que se podía respirar la presencia maternal de la Virgen María y Su amor incondicional, hizo que me atreviera a contar la historia de un asunto difícil, del que nunca antes había hablado con nadie. Se trataba de algo que, si no hubiera sido por la misericordia divina, podría haberme llevado a la misma situación en la que estaban ellos, los presos. Me deshice de la máscara de la buena opinión de mi mismo, solté los frenos de mi vergüenza y orgullo, porque en ese ambiente, impregnado del amor incondicional de María, me sentía verdaderamente amado, igual que ellos. Después de compartir mi testimonio, me di cuenta que desde nuestra entrada habían pasado ya cuatro horas y media. ¿Cómo era posible que los guardias no reaccionasen? Y de repente, uno de los guardias se empezó a acercar rápidamente… ¡Me asusté! Sin embargo, para mi sorpresa, ¡preguntó tímida y humildemente si él también podía compartir su testimonio de fe! Es imposible describir la humildad de aquel guardia, también padre de familia, que confesaba su debilidad. Al final de su testimonio pidió a los presos que rezaran por él y en la intención de su familia. Dijo: « – Hermanos, os pido encarecidamente vuestra oración. Vosotros aquí no tenéis tantas posibilidades para pecar, estáis vigilados. Yo, cuando salgo de aquí, a veces caigo y daño a mi familia». Los ratos que pasé entre los prisioneros y aquel momento en el que confesé ante Dios algo que llevaba muy escondido, en la presencia de los hermanos prisioneros, fue un tiempo especial para mí, una experiencia de «culpa feliz» y del amor misericordioso de Dios. Cuando permitimos que el amor incondicional de Dios nos abrace, entonces desaparecen las jerarquías y las consideraciones humanas. En su lugar aparece el deseo de ser abrazados por Él, porque confiamos en la afirmación de Jesús: « […] cuanto mayor es la miseria de un alma, mayor es su derecho a mi misericordia» (Diario de Santa María Faustina Kowalska, núm. 1182).

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