Un cigarrillo: ¿la última tabla de salvación?

autor: testimonio

 

Cuando me dije que se acabó lo de fumar, empecé a fumar el doble... ¡Era horrible!

 

Hacía unos cuantos años que fumaba. Continué haciéndolo incluso al entrar en un coro. Mis amigos son jóvenes y están limpios de las diversas sustancias que nos propone el mundo y a las que yo misma no me resistí. Intenté dejar de fumar por ellos, para agradarles y no pegarles las ganas de probar el tabaco. Mientras fumaba, decía a gente más joven que yo que era malo para la salud, que era un despilfarro de dinero y otras frases hechas. Y aunque lo decía con toda mi sinceridad, sabía que, al verme a mí con un cigarrillo en la mano, no les iba a convencer de nada. Sabía que primero tenía que dejar de fumar yo para poder predicar semejantes eslóganes.

 

De verdad, estaba haciendo lo que podía, pero no me estaba saliendo para nada bien... Cuando me dije que se acabó lo del fumar, empecé a fumar el doble... ¡Era horrible! Cada calada era una tortura psicológica. Luego tiré la toalla definitivamente y seguí fumando.

 

Y así hasta que conocí a Sor Faustina Kowalska. Pedí prestado a una prima mía un libro sobre Su vida, libro que me leí por pura curiosidad. Después me leí el Diario, que se convirtió en mi lectura favorita. ¡Gracias a Sor Faustina, la Secretaria de Cristo, empecé a creer en la Divina Misericordia!

 

El día en el que se conmemora su muerte, el 5 de octubre, decidí terminar definitivamente con el tabaco. Me pasé la Semana de la Misericordia pidiéndole a Jesús por las fuerzas necesarias para resistir en los momentos más difíciles de mi lucha contra este vicio. Los adictos al tabaco saben a qué momentos me refiero. A esos en los que parece que todo se te viene encima, que no queda ninguna esperanza, salvo... un cigarrillo, la última tabla de salvación.

 

¿Que cuál fue el efecto? Desde entonces no me he fumado ni uno. Sólo entonces entendí que mis intentos anteriores habían fracasado porque no le había pedido ayuda a Jesús. Me alegro de que Jesús me haya permitido entenderlo. Dejé de fumar con Él y por Él, por eso tuve éxito; de otra manera nunca lo habría conseguido, puesto que soy muy débil.

 

Se lo agradezco todo y le pido todos los días la gracia de una fe mayor y de un amor más grande, ya que en mí apenas arde. ¡Me gustaría tener la fuerza para dejar por completo mi vida de hasta ahora y seguir a Jesús de verdad! Me encomiendo a Él al ingresar en el Movimiento de los Corazones Puros. Dejo que Jesús me guíe. ¡Mi felicidad está en Él! 

 

Wiesia, 22 años

 

 

 

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