Del pecado a la libertad

autor: testimonio

No voy a firmar esta carta con mi nombre y apellido (la vergüenza es demasiado grande), pero quiero contaros a vosotros el período más doloroso de mi vida. Esta historia la saben pocas personas, puedo contarlas con los dedos de una sola mano. No me resulta nada fácil volver al pasado, pero como el debate sobre el aborto está regresando como un búmeran, quiero dar testimonio de mi propia verdad.

 

Casualmente, me encontré en casa de amigos un número de vuestra revista. Mientras leía las sinceras y dolorosas confesiones de vuestros lectores, experimenté un auténtico shock. De repente me di cuenta de que, lo que había vivido unas decenas de años atrás, debería salir por fin a la luz del día. Esto quizás sería para alguien una advertencia. Es posible que alguien reaccione con asco o que me tenga lástima, pero ¿qué le vamos a hacer? Yo misma a menudo experimentaba esos sentimientos. No voy a firmar esta carta con mi nombre y apellido (la vergüenza es demasiado grande), pero quiero contaros a vosotros el período más doloroso de mi vida. Esta historia la saben pocas personas, puedo contarlas con los dedos de una sola mano. No me resulta nada fácil volver al pasado, pero como el debate sobre el aborto está regresando como un búmeran, quiero dar testimonio de mi propia verdad.

 

Ya soy una mujer mayor, que está a punto de jubilarse y que ha logrado mucho en la vida. Tengo una familia feliz: tengo a mi marido, a mi hijo, a mis nietos, un buen trabajo y poseo muchos bienes materiales. Pero en el fondo de mi alma no deja de acompañarme el recuerdo de algo que ocurrió hace años y que sigue angustiándome y volviendo constantemente a mi mente. Mi primer amor juvenil acabó con que, forzada a ello, aceptara tener relaciones sexuales y enseguida me quedé embarazada. Los dos éramos estudiantes, jóvenes y rebeldes.

 

En el quinto mes del embarazo me aseguré de mi estado, así que era demasiado tarde como para pensar en un posible aborto. Tanto el parto, como las circunstancias que lo acompañaron, fueron tan desagradables que, cuando seis meses después volví a quedarme embarazada, lo que más temía era a que se repitiera todo lo que había experimentado en el hospital. A todo aquello se sumó la influencia de muchas personas, que parecían ser unos buenos amigos preocupados por mí. Mis amigas y primas se quejaban por la falta de pisos, de dinero y de lo que solían llamar “una pausa en el currículo”. Mi ginecóloga me hablaba de la maternidad consciente, de la carga para el organismo que supondría “un embarazo tras otro”. Me atemorizaban con los medicamentos que antes tomaba y al final, otro ginecólogo, a quien acudí,  me dijo: “¿Damos a luz o abortamos?”. Como si se tratara de decir si prefería helado de nata o helado de chocolate. Todavía tenía dudas, pero me hablaban del “embrión”, de una “aglomeración de células”, y de que era posible que un niño que naciera tan poco tiempo después de su hermano, pudiera nacer discapacitado. ¿Entonces que hubiera sido lo que pudiera dar a esos niños? No dejaba de sentirme culpable. ¡Todavía no entendía que todo aquello era una mentira! Mi joven compañero de vida quería primero licenciarse (estaba escribiendo su tesina), y además alquilábamos un piso. Dijo que era demasiado temprano para tener otro hijo y que la decisión era cosa mía. Sentía una gran responsabilidad: por mí, por mi hijo y por esa pequeña criatura que todavía no estaba con nosotros. También me sentía responsable por la felicidad de mi pareja. Su familia no se mostraba propensa a ayudar, mientras que la mía no dejaba de reprocharme “haber malgastado las posibilidades de hacer una carrera científica”, al igual que lo de “vivir juntos sin casarnos”. Nos dejamos llevar por la ambición y por el rencor, así que no éramos capaces de buscar apoyo. En esos tiempos, nadie presentaba ni fotografías, ni películas que hubieran tratado de la vida del niño en el vientre de su madre. No había debates, libros ni programas dedicados a este tema; por lo menos yo no los encontraba por ninguna parte. Tampoco tuve la suerte de conocer a gente que me hubiera retenido y que me hubiera dicho: “no lo hagas”, o como mínimo: “Tienes otra salida”. Todo el mundo se puso en contra de mi hijo y en contra mía. Era una madre aterrorizada. A pesar de todo, resistía instintivamente, pero no sabía explicarlo. Finalmente, mi mejor amiga, junto con el padre de mi hijo, me acompañaron al consultorio del médico que realizó el aborto: ¡por nuestro dinero! Con todo esto no quiero decir que hubieran sido otros, excepto yo, quienes tuvieron la culpa. Todo lo contrario, fui yo quien tomó esa decisión: no le di a mi segundo hijo la oportunidad de vivir. Justo después de aquella terrible “intervención quirúrgica” (así de elegante resulta el nombre que le dan al aborto), me invadieron pesadillas. Primero sentí un extraño vacío y me encontré paralizada del todo. Me perseguía la pregunta: “¿Qué es lo que he hecho?”. No era capaz de mirar a mi querida pareja, ya que verlo me causaba repulsión. Creo que le echaba la culpa por lo que pasó, aunque intentaba apartar de mi esos pensamientos. Hasta hoy no he logrado comprender cómo pudimos matar a nuestro hijo con tanta facilidad. Y, lo que era peor, viendo a mi hijo mayor, no dejaba de hacerme preguntas sin respuesta sobre el sexo y el aspecto físico del otro. ¿Por qué dejé que este viviera y el otro no? Antes del aborto, nunca había tenido graves problemas de salud, pero después de él padecí disfunción hormonal. También tuve unas menstruaciones en las que cada una duraba más de un par de semanas y los médicos no sabían descubrir la causa de esos problemas. Estos síntomas desaparecieron, pero la aflicción permanecía e iba en aumento.

 

Lo peor fue que yo no era capaz de hablar con nadie sobre lo sucedido, ya que no dejaba de preocuparme por no ser una buena madre. Pensaba que alguien como yo, simplemente, no podía ser una buena madre.

 

En aquel tiempo nunca iba a la iglesia y me consideraba no creyente. No me daba cuenta de que lo que estaba sufriendo era el llamado “síndrome postaborto”. Fue muchos años después, cuando una psicóloga a la que acudí me explicó cuál era mi problema y que no era ningún caso excepcional.

 

Mi actitud frente a mis familiares causaba disputas. Si antes era tranquila y serena, ahora pasé a convertirme en un manojo de nervios. Incluso frente a mi hijo algunas veces actuaba como una madre sobreprotectora, mientras que otras veces me mostraba agresiva, como si me quejara de que uno viviera, mientras el otro estaba muerto. Como si temiera a que él se muriera también. Por las noches soñaba con el aborto y me despertaba hecha un manojo de nervios. El hombre a quien quería me dijo entonces que, como parecía que estaba empezando a volverme loca, debería ir a un psiquiatra. A partir de ese momento ya no le conté nada más sobre este tema. Mi desesperación se volvía aún más grande, cuando por la calle veía a madres jóvenes de paseo con sus cochecitos, o cuando veía a mujeres embarazadas: pude haber sido una de ellas, ¡pero preferí matar a mi hijo! En aquel tiempo mi pareja se interesó por otra mujer y yo, con tal de vengarme, también empecé a serle infiel. Tomaba anticonceptivos orales, que me hacían padecer disfunciones del sistema digestivo y que alteraban mi ciclo menstrual, causándome un gran malestar tanto físico como psíquico. De esta manera, a los problemas de antes, se añadieron otros nuevos. En aquel tiempo no veía ninguna conexión entre el tema del aborto y el de la anticoncepción, pero ahora veo que formaban un todo. El egoísmo, la falta de fe en Dios y la soberbia, engendraron todas mis desgracias. Me parecía que era la persona más infeliz del mundo y que ya no me quedaba ninguna esperanza. En todo eso no manifestaba ni humildad ni arrepentimiento, sino que daba testimonio de nuevas manifestaciones de soberbia. Llegaron días en los cuales pensé que vivir no tenía sentido: lo había perdido todo como madre, como pareja y como mujer; además, mi relación, que era para mí lo más importante en este mundo, se vino abajo como un castillo de naipes. Decidí suicidarme. Todo lo tenía bien planeado: que mi hijo se vaya durante dos días con los abuelos para poderme quedar sola en casa. Hasta escogí la manera de suicidarme. Si mi amante de aquel tiempo no hubiera decidido visitarme, o si hubiera cerrado la puerta con el cerrojo, no me habría quedado más tiempo sobre el mundo...

 

A pesar de todo, me salvaron la vida y me encontré en un hospital psiquiátrico. Allí nadie se tomó a pecho lo que les contaba sobre mi niño perdido. Un día le pregunté sin rodeos a un médico que por qué estaba apuntando muchas palabras mías, excepto las que se referían al aborto. Contestó que un “delete” no podía ocasionar tal depresión, y que debíamos centrarnos en las relaciones con mis padres y con los hombres. No comprendí que otra vez me estaban mintiendo, pero sentía que aquellas conversaciones no me servían para nada. Salí del hospital y volví a mi piso vacío (mis padres se encargaron del niño). Ni mi amante, ni mi primer amor vinieron para visitarme. Me sentía tan mal, como si fuera una anciana cansada. No sabía qué hacer. Después pasaron unos años terribles y extraños. Vivía desesperada y lo único que deseaba era olvidar. Mi ex pareja fundó otra familia, luego se divorció y se casó otra vez. Yo misma tenía miedo de quedarme sola en la vida. Como consecuencia de ello, caí en otra relación sin sentido con un hombre que luego resultó ser un delincuente. De él me quedé embarazada y, como si hubiera olvidado el pasado, aborté otra vez. Me di cuenta tarde de que me encontraba en aquel estado (o quizás, instintivamente, no quería tomar esa decisión). Mi nueva pareja tampoco quería que naciera un hijo. Pronto encontró a un ginecólogo, quien se encargó de la “intervención” ¡cuando estaba ya de 12 semanas! Después, viví en un terrible vacío, todo me parecía insulso y desprovisto de cualquier sentido, el sufrimiento incluido. ¡Así debe de ser el camino que lleva al infierno! Pensaba que mi vida era una cadena de equivocaciones. Incluso llegué a pensar que, como no iba a ser una buena madre y ya que no sabía crear una buena relación ni una casa normal, había obrado bien abortando. El padre del hijo era un mentiroso y tampoco tenía madera de buen padre: me había mentido diciendo que era infértil y lo dijo sólo para que mantuviera relaciones sexuales con él. Después me di cuenta de que, de esta manera, quería evitar el uso del preservativo... Además, mi hígado y los riñones estaban en tan mal estado, que no podía tomar píldoras anticonceptivas. El DIU, las cremas o los anillos anticonceptivos no entraban en juego, ya que padecía erosión cervical en un estado avanzado y tenía tendencia a sangrar. Mi pareja logró estar muy cómodo en la cama a costa de mi salud y de la vida de nuestro hijo.

 

Estoy escribiendo estas palabras con dolor, pero tengo que decir que al aceptar otra vez el aborto, ni siquiera sentía pena, sino rabia y miedo. Una relación basada en la mentira y en la desesperación no podía darme fuerzas, por eso deseaba aún menos tener hijos de ella. Pensando en el hijo y en su padre sin honor sólo sentía aversión. Dicen que uno recibe lo que se ha merecido; en aquel momento tenía a un hombre que se correspondía a mi nivel moral, el cual se podía describir mediante una sola palabra: “degeneración”. Mi amante me mentía en muchas situaciones. Más tarde me enteré de que robaba y que vendía esas cosas provenientes de sus robos. Vivíamos en una juerga sin fin: bebíamos alcohol, tomábamos drogas, hacíamos fiestas muy ruidosas. Intentaba convencerme a mí misma de que no quería estar sola, pero quizás todo me daba igual... Cuando empecé esa relación no sabía cuánto me iba a costar. Lo que pasa hoy en día, es que las chicas jóvenes a menudo no se dan cuenta de lo brutales que pueden llegar a ser los hombres que no las aman de verdad y que sólo quieren seducirlas y aprovecharse de una mujer. Los que son así nunca quieren tomar la responsabilidad por sus familias y por la vida del niño a quien le han dado la vida. Lo tratan como si su existencia fuera consecuencia de un error, una falta de cuidado, o simplemente “mala suerte”, como me dijo mi pareja. La situación que estoy describiendo puede servir de prueba de que, una vez negado un mandamiento de Dios, es fácil poner en duda los demás, quizás todos. De una vida sin estar casados, que era la negación del Mandamiento: “No cometerás actos impuros”, y con la cabeza llena de engaños respecto al amor y a la libertad, pasé con facilidad al rechazo del Mandamiento: “No matarás”. Compartir la vida con un delincuente, el vacío, el desánimo que sentía después de lo sucedido, se estaban manifestando en una repugnancia cada vez más grande hacia mí misma. Volví a pensar en el suicidio. Cuando me pongo a recordar el pasado (desde aquel tiempo han pasado ya 35 años), me pregunto cómo pude aguantar algo así, tanto a mi alrededor, como dentro de mí. El caos, la pérdida de control sobre mi vida, los engaños, las maldiciones, el sexo sin sentimientos profundos, todo eso lo acepté durante muchos años. Quizás no creía que me merecía algo mejor, e inconscientemente quería castigarme hasta el final, o sea, terminar lo que había empezado intentando suicidarme. Me extraña que me hubiera degenerado hasta tal punto o, más bien, que hubiera sido capaz de ser tan indiferente en el sentido moral, como si mi consciencia hubiera dejado de existir. Luego empecé a fijarme en que mi hijo imitaba algunos comportamientos de mi pareja y empecé a preocuparme por él. En aquel momento rompí esa relación malsana. Los restos de responsabilidad que me quedaban, me salvaron de una caída irrevocable e impidieron la destrucción de la vida de mi hijo. No sé por qué milagro logré romper con aquel delincuente, encontrar trabajo y una casa. Quizás dieron resultado las oraciones de mi tía, quien era la única persona de mi familia que creía en mí. ¿Quizás me pasó eso gracias a las oraciones de gente que me deseaba todo lo mejor, o gracias a la intercesión de los difuntos? ¿O gracias a la mediación de algún santo? No lo sé. Estoy segura de que no me merecía recibir ayuda, pero, a pesar de todo, me fue otorgada. La gracia divina es algo incompresible. No obstante, mi vida seguía siendo difícil y la tentación del suicidio volvía a menudo a mi mente. Cuando volví a quedarme sola, era una mujer acabada, tanto en el aspecto físico, como en el psíquico. No soy capaz de describir con exactitud mis vivencias. Sólo puedo decir que, durante muchos años, viví en un infierno. Hasta que justo antes de una fiesta de Pascua, al no poder encontrar un lugar para mí,  llegué finalmente hasta una iglesia. Con un miedo terrible e inquietud, pero guiada por una necesidad interior, fui a confesarme. Primero, porque quería hablar con alguien que no me conociera. No sé qué era lo que estaría sintiendo el sacerdote que me escuchaba. Desde el día de mi Primera Comunión no iba a Misa... Durante la Confesión no dejaba de llorar y había momentos en que no podía hablar.

 

Así empezó mi conversión...

 

Al cabo de un tiempo me di cuenta de que la mayor parte de mis pecados se basaba en una soberbia terrible. Quería decidirlo todo yo sola, porque creía que tenía derecho a juzgar sobre lo que era bueno o malo. Pensaba que podía decidir sobre lo que yo podía hacer o no, al igual que decidir mi propia vida y mi muerte. También me parecía justo tomar decisiones respecto a la vida de mis hijos. Incluso mi consentimiento a todos aquellos engaños relacionados con mi forma de vivir, con el “amor” y el aborto; al igual que el dejarme seducir por gente interesada, ante todo, en que actuara de una forma que les resultara cómoda. Todo eso estaba vinculado con la soberbia. Ahora no quiero juzgar la participación de otras personas en lo de complicarme tan trágicamente la vida (que Dios les perdone), pero a veces vuelvo a sentir un gran rencor respecto a mi entorno. También a menudo me hago la siguiente pregunta: ¿Por qué no fuiste más razonable, más honrada, más pura? ¿Por qué tuve que experimentar todos esos horrores y condenar a muerte a dos hijos que eran míos? ¿Qué les estará pasando? ¿Hay perdón para mis pecados? Estas preguntas seguían atormentándome durante años. Hoy también vuelven a mí de vez en cuando. 

 

Creo que en las situaciones que exigen que uno tome una decisión igual de dramática, se juntan todas las fuerzas del mal para entorpecer nuestra apuesta por el bien, creando una visión falseada de la realidad, en una palabra, para engañar. Saqué estas conclusiones de mis propias experiencias y de las conversaciones que tuve a veces con mujeres que también habían abortado. Ser consciente de que las consecuencias de las propias actuaciones son irrevocables, al igual que lo de sentirse desamparada, provoca un sentimiento de culpabilidad. En esas circunstancias, la esperanza y la dignidad pueden desaparecer. Esta conciencia puede conducir a la desesperación y al suicidio. Una vez leí un librito de pocas páginas, escrito por el padre Jacek Salij OP, en el cual el autor explicaba qué es en realidad el aborto. Fue entonces cuando, con toda claridad, me di cuenta de lo asqueroso que era mi pecado y entendí de una manera más profunda lo que había hecho. Pero, a pesar de todo, lo que antes me empujaba a intentar el suicidio, esta vez creó en mi interior algo nuevo: la humildad. Quería desagraviar el daño que había hecho, expiar mi pecado y salvar de él a otras mujeres y hombres, pero sabía que eso no era posible. Me sentía sola y quizás otra vez me habría entregado a la desesperación, si no me hubiera salvado la gracia divina.

 

Durante una de mis confesiones, me puse a quejar de la falta de sentido en la vida y de que el pecado del aborto era demasiado grave como para poder ser perdonado. El sacerdote me aconsejó que asistiera a un retiro. Durante el retiro me di cuenta de que, otra vez, estaba pecando de soberbia y que la Misericordia de Dios superaba mis pecados. Además, comprendí asimismo que de haber sido juez y verdugo de mis hijos, también era víctima de ese sistema inhumano que dejaba que se engañara a las madres, aprovechándose de su miedo y soledad. Un sistema que permitía matar legalmente a niños no nacidos. Hubo días en que me daba por salir a la calle y gritar: “¡Devolvedme mis hijos!”. A veces dejaba de tener ganas de vivir...

 

No obstante, el Buen Pastor me consoló y me hizo comprender que tenía una tarea por realizar, siendo madre de un hijo, y alguien que mediante la oración y la adopción espiritual podía ayudar a otros niños amenazados por el aborto. Esta misión me llena de paz, pero a veces lloro cuando vuelvo a pensar en el pasado. A pesar de todo, Dios es mucho más misericordioso de lo que imaginamos y otorga sus gracias hasta a los peores pecadores. En el otoño de mi vida, Dios me dejó experimentar un verdadero amor humano. Hace varios años  conocí a un hombre bueno y noble, que también se convirtió después de haber vivido desalentado, durante años, en una secta. Nos casamos por la Iglesia y ahora somos un matrimonio feliz, que experimenta el poder del sacramento del Matrimonio y del Espíritu Santo. Por fin llegué a creer en que era capaz de amar y ser amada. Mi hijo llama “padre” a mi marido. Este último conoce toda la verdad sobre mi pasado, aunque al principio yo temía que el hecho de confesárselo todo pusiera fin a nuestra relación. No obstante, a pesar de mis terribles caídas, me aceptó como a su futura esposa.

 

A veces pienso con una gran preocupación en el Juicio Final, en el cual quizás me acusaran mis propios hijos no nacidos, pero encuentro consuelo confiando en la Divina Misericordia. La noticia de que nunca más iba a poder tener hijos fue para mí una cruz y supuso un gran sufrimiento. Los dos queríamos tener hijos, pero aparentemente Dios, ya que dos veces había renunciado a esa oportunidad por mi propia voluntad, decidió no dármela más... ¿O quizás fue así porque nos casamos cuando tenía más de 30 años?

 

Experimenté otro trauma cuando me enteré, ya después de la boda de mi hijo y el nacimiento de mi primera nieta, de que mi nuera, siendo adolescente, también había abortado. Seducida por un compañero del instituto, quien le aseguró la “infalible eficacia” de los preservativos y de las píldoras, a pesar de sus afirmaciones, se quedó embarazada. No es ningún descubrimiento comprobar cómo la industria dedicada a la fabricación de esos métodos se está aprovechando de la ignorancia e ingenuidad de la juventud... Mi nuera tenía miedo que se burlaran de ella, de tener problemas y que la echaran de la escuela. Le daba miedo pensar que muchas personas podían criticarla y que tendría que hacer frente a la ira de sus padres. Por eso cedió ante las insistencias de su novio.  Nadie sabía cómo había reunido el dinero y “lo arregló todo”. Mi nuera no se lo contó a nadie, ni siquiera a su propia madre. Cuando me lo estaba contando, las dos llorábamos. Mientras escuchaba su historia, pensaba en lo poco que faltaba para que no eligiéramos la muerte. Una sola palabra, pronunciada en el momento adecuado, hubiera podido contener el mal; sin embargo, por desgracia, nadie la pronunció... Mi nuera tenía las mismas dudas que yo, vivía momentos de depresión y desaliento igual que yo hacía tiempo. A pesar de todo, espero que la fe en Dios, el arrepentimiento, la oración y la felicidad conyugal la puedan curar de su tristeza. Procuro, en la medida de lo posible, desaconsejar el aborto a las mujeres de mi entorno, diciéndoles qué es lo que supone tal decisión y cuáles son sus consecuencias.

 

Pero todo esto es poco, por eso os dirijo esta carta. No le conté a mi hijo lo que había hecho. Simplemente no me atrevía. Mi silencio demuestra también lo horroroso que es el aborto, que suprime algo tan básico como el derecho a vivir, la propia maternidad y la naturaleza femenina. ¿Podría mi hijo seguir queriéndome y con toda confianza dejar a mi cuidado sus dos hijos, sabiendo que yo había dejado matar a sus hermanos? Siempre se quejaba de ser hijo único... Me temo que la verdad sobre mis abortos hubiera cambiado totalmente su actitud hacia mí. La verdad es que le tenía compasión a su mujer y la había perdonado. No obstante, cada hijo quiere percibir a su madre como un ser puro, honrado, cariñoso, cuidadoso y protector, que no sea una mujer lista para matar a sus hijos. Por otra parte, un sacerdote y una psicóloga me aconsejaron que no cargara la psique de mi hijo con mis vivencias.

 

Hace poco hablé en la calle con una joven feminista, que defendía el “derecho” de las mujeres a abortar. No quería tomar en consideración ninguno de mis argumentos. Al final le pregunté si alguna vez había hablado con alguien que quisiera quitarse la vida por haber abortado. Contestó que no, pensando que no existían tales mujeres. Sin pensármelo dos veces le dije de todo corazón: “Es que usted está hablando en este preciso momento con una de esas mujeres, y parece que usted más bien procura defender la decisión en cuanto al aborto que defender la verdadera libertad de elegir. La posibilidad de escoger existe cuando se sabe cuáles serán las consecuencias de esa elección. No digamos que matar es un “derecho de las mujeres”. No sé qué fue lo que me hizo pronunciarlo, pero el resultado fue sorprendente: mi interlocutora palideció y se marchó. En su cara se notaba el pánico. De repente, le había desvelado los verdaderos motivos de su actitud feminista. Sé que después de abortar, las mujeres se llenan de amargura y se odian a sí mismas. También intentan proyectar ese odio en los hombres o en otras mujeres o niños. Además, les tienen envidia a las que, a pesar de todo, decidieron dar a luz. Nadie quiere sentirse peor, por eso intentamos justificar nuestra forma de actuar. Por eso las mujeres que han abortado se burlan a menudo de sus coetáneas que están embarazadas, o se ríen de las familias numerosas, escandalizándose con esa supuesta irreflexión y con el “oscurantismo” de esas personas. Esta es posiblemente una de las fuentes del falso feminismo, que hace defender actitudes marcadas por el desdén, o favorece el “victimismo”, al igual que la aversión hacia los hombres. Igual que una ola de violencia en el ejército, el mal es vengativo y contagioso, y toca nuevas generaciones. Sé todo esto porque yo misma experimenté esos sentimientos. Sin embargo, Dios nos deja a veces ver toda la verdad sobre nosotros mismos y da su perdón. Sólo Él. Ningún médico, ni un psicólogo, ni un psiquiatra, ni un familiar cariñoso, o un amigo, tienen un poder así. Las personas no pueden ser más que herramientas de las que el Creador se sirve. Yo misma experimenté el perdón divino y también procuro perdonar a los hombres que, sin pensárselo, hicieron que me quedara embarazada, y que luego no querían a sus hijos y no querían luchar por su vida, porque lo único que deseaban era “quitárselo de encima” para vivir cómodos. Quiero perdonar a los médicos, que no me dijeron la verdad sobre el aborto y sobre sus consecuencias, los cuales, a cambio de dinero, me propusieron sin reparos matar a mis hijos y me incitaron a que lo aceptara; a las terribles, brutales y sobornables matronas sin escrúpulos; a las enfermeras y a las doctoras del hospital donde, en unas condiciones inhumanas y en un ambiente de campo de concentración, di a luz a mi primer hijo, y del que guardo muy malos recuerdos, y que me inspiró miedo ante futuros partos; quiero perdonar a los autores de folletos y artículos que hacen publicidad de los anticonceptivos (no tan eficaces como se cree a menudo); a las amigas que me convencieron para que los usara y que abortara, como si el aborto hubiera sido un método corriente, normal y razonable de “solucionar este problema”; a las vecinas y a los familiares que cotorreaban y mostraban una actitud indiferente o malévola frente a las dificultades que teníamos como pareja joven con un hijo y otro “en camino”; a los curas y a los llamados “creyentes”, quienes hablaban poco o insuficientemente de estos problemas en los tiempos de mi juventud; a los propietarios del piso que alquilábamos, que no querían saber nada de niños; y a mí misma,  por ser una estúpida, ingenua y perdida, llena de miedo. Guiada por mi soberbia, estaba convencida de que tenía todo el derecho a decidir sobre la vida de un ser humano: la mía o la de mis hijos.

 

 El pecado es la muerte de verdad. Lo experimenté de la peor manera posible, aceptando matar a mis hijos e intentando suicidarme. El pecado lleva a desear la muerte y a matar, a la agonía, tanto en el aspecto físico, como psíquico. Una psicóloga (que tenía la edad de mi nuera), a la cual acudí hace unos años incitada por mi marido, después de varias decenas de años que me separaban del aborto, me curó de mi depresión y de ese constante sentimiento de culpabilidad. Una vez me dijo que el ser humano necesitaba algo que fuera más grande que él, encontrarse dentro de un proyecto y tener un punto de referencia en la vida, o herramientas de apoyo. Me dijo que, sin esas referencias, no éramos más que unas partículas que estarían donde soplara el viento, perdidos en el vacío y en la soledad, o unos animales que devorarían sus propios cachorros. Hace poco comprendí todo el significado de esas palabras. Descubrir a Dios me dejó ver lo pecadora que era y su gran bondad. Descubrí al Creador de la Vida, que no quería castigar y destruir, sino salvar a los pecadores.

 

Le doy gracias a Dios por mi vida, tan misericordiosamente salvada, a pesar de tantos intentos míos para destruirla; por la vida de mis familiares: la de mi marido, hijo, nuera y nietos. Le pido perdón por no haber sido capaz de defender la vida en cada momento y por no haber sido capaz de ser madre para todos mis hijos. Ahora que mi hijo tiene sus propios hijitos,  espero que ninguno de ellos cometa algo tan horroroso como lo que hace mucho tiempo hizo su abuela, y ¡que ninguno tenga que sufrir hasta el fin de su vida una carga tan terrible! ¡A vosotros se os fue dada la oportunidad de vivir, por eso dadla a vuestros hijos! Os pido a todos los que estáis leyendo mis palabras: no aconsejéis a nadie el aborto y no os quedéis callados o indiferentes cuando se lo propongan a alguien.

 

También hay algo más que es muy importante y que atañe a todas las personas: no reaccionéis ni con indignación, ni con rabia, ni con observaciones irónicas, risas, ni con escarnio, ni con desdén o irritación cuando oigáis que una mujer se encuentra en esa situación, incluso si fuera muy joven, o si no tuviera marido, o no fuera creyente, si estuviera enferma o anduviera escasa de medios; también si os pareciera una estúpida e irresponsable, o poco seria como para poder ser madre. Tratándola con cariño, quizás salvaréis una vida.

 

Me sentiría aliviada si esta carta ayudara a alguien a tomar una buena decisión. Si por lo menos salvara una sola vida, ya cumpliría su papel. Les doy las gracias a los que decidan publicar mi carta y tratar unos temas tan dolorosos y tan cadentes. Les saludo a todos. ¡Que Dios bendiga a las personas que faciliten mis confesiones a otra gente!

 

Una Abuela Arrepentida            

 

“Una reflexión especial quisiera tener para vosotras, mujeres que habéis recurrido al aborto. La Iglesia sabe cuántos condicionamientos pueden haber influido en vuestra decisión, y no duda de que en muchos casos se haya tratado de una decisión dolorosa e incluso dramática. Probablemente la herida aún no ha cicatrizado en vuestro interior. Es verdad que lo sucedido fue y sigue siendo profundamente injusto. Sin embargo, no os dejéis vencer por el desánimo y no abandonéis la esperanza. Antes bien, comprended lo ocurrido e interpretadlo en su verdad. Si aún no lo habéis hecho, abríos con humildad y confianza al arrepentimiento: el Padre de toda misericordia os espera para ofreceros su perdón y su paz en el sacramento de la Reconciliación. Os daréis cuenta de que nada está perdido y podréis pedir perdón también a vuestro hijo que ahora vive en el Señor. Ayudadas por el consejo y la cercanía de personas amigas y competentes, podréis estar con vuestro doloroso testimonio entre los defensores más elocuentes del derecho de todos a la vida. Por medio de vuestro compromiso por la vida, coronado eventualmente con el nacimiento de nuevas criaturas y expresado con la acogida y la atención hacia quien está más necesitado de cercanía, seréis artífices de un nuevo modo de mirar la vida del hombre”.

 

Juan Pablo II, Evangelium vitae, 99

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