De estar vegetando a vivir, o cómo dejar la locura del sexoholismo activo

autor: testimonio

 

»No te dejes arrastrar por el capricho de tu pasión, para no ser despedazado como un toro: devorarías tus ramas, perderías tus frutos y te convertirías en un tronco seco. Una pasión violenta pierde al que la tiene y hace que sus enemigos se rían de él»

(Sir 6, 2-4).
 

 

Me llamo Daniel. Acabo de cumplir 22 años. Soy “sexohólico en rehabilitación”, es decir: una persona adicta a la pornografía, la masturbación, la seducción, la fantasía, el sexo y las malas relaciones. La cita anterior de la Sagrada Escritura describe mi vida a la perfección.

 

El comienzo

 No sé cuándo empezó todo: ¿quizá tendría unos 4 ó 5 años, cuando por primera vez vi una revista pornográfica? Me crié en una familia católica y practicante; mis padres me enseñaron las verdades básicas de la fe y las oraciones; me dieron ejemplo de un amor fiel y de una vida santa, pero falló algo. Sabía que Dios existía, que me había creado, pero no entablé relación con Él. Rezaba de forma mecánica con mis padres y cuando tuve mi propia habitación, dejé de hacerlo. No conseguía rezar, me resultaba imposible. En cuanto lo intentaba, me entraba una pereza enorme; y así desde mi niñez hasta los 18 años, no recé casi nunca. Iba a Misa porque había que hacerlo. Entre Dios y yo se levantó un muro, un muro que construí yo mismo con ayuda del padre de la mentira. Fui creciendo con la inseparable compañía de la masturbación, cada vez más frecuente, la pornografía, fantasías sobre amigas mías, el amor y el sexo... No me gustaba el mundo que veía a mi alrededor. No era capaz de hacer amigos con la gente de mi edad, vivía más bien apartado. Era un chico bastante listo y no tenía problemas con las notas; me podía pasar días enteros sin otra cosa que leer libros (y, por supuesto, dedicarme a mis prácticas preferidas).

 

En cuarto de primaria me hice monaguillo. Eso tenía que ayudarme a dejar de hacer aquello que me llenaba de vergüenza y rabia contra mí mismo. Al hacer la Primera Comunión, no me confesaba de mis faltas contra la pureza, porque no sabía cómo se llamaba eso; pero sabía que era algo malo y que yo también estaba siendo malo. Así pues, llegué a ser monaguillo y era uno de los que hacía las lecturas de la Misa. Me encantaba leer fragmentos de la Biblia, pero no me creía nada de lo que leía... 

 

La perdición

 Cuando pasé a secundaria, di con gente hostil a la Iglesia. Me fascinó enormemente esa actitud. Siempre me había atraído lo prohibido, lo pecaminoso, lo transgresor, mientras que el bien me resultaba aburrido. Empecé a ofender a Dios, a los santos, a la Virgen, a parodiar los cantos religiosos, a cachondearme de la Iglesia, de los curas, de las monjas; conservando al mismo tiempo hacia el exterior las apariencias de un católico correcto. Mi vicio seguía desarrollándose en paralelo...

 

A partir de los 13 años, empecé a comprar pornografía en los kioscos y a sacar películas de los videoclubs. Para conseguir el dinero, se lo robaba a mis padres, que con tanto esfuerzo lo habían ganado. Me quedaba por las noches viendo la televisión, en busca de programas eróticos, revolvía en los contenedores de basura y entre los arbustos para encontrar lo que tanto ansiaba... Las imágenes en mi cabeza, los contenidos con los que me alimentaba, debían ser cada vez más fuertes. El muro entre Dios y yo se acrecentaba cada vez más. También crecía mi soberbia. Era inteligente (aunque tenía cada vez peores notas), una persona culta. Mi entorno me consideraba como un pequeño genio. Dios no me hacía falta…

 

Cuando mis padres me compraron un ordenador e instalaron Internet, además de navegar en páginas pornográficas, empecé también a “completar mi formación” en otro sentido. Visitaba páginas web de satanistas, o portales racionalistas que probaban que Dios había muerto y que la religión era una enfermedad, etc. Hoy, cuando me acuerdo de mi imagen de aquella época: masturbación varias veces al día, pornografía, fascinación por el satanismo, el ocultismo, el racionalismo, discusiones con mis padres, notas cada vez peores, sesiones de horas enteras delante del ordenador, pereza, rabia, falta de fe, ruido constante de música, televisión, películas..., se me saltan las lágrimas en los ojos. Pero lo peor estaba aún por llegar...

 

Unas esperanzas engañosas

 Alrededor de los 15 años, sentí que tenía un problema que me molestaba. Me di cuenta de que aquello era un vicio y que necesitaba ayuda externa. La primera fuente de ayuda que me vino a la cabeza fue la Iglesia. Es verdad que me había apartado de ella, pero gracias a que mi hermana de vez en cuando me colaba ¡Amaos! y me daba ejemplo de pureza, decidí aprovecharme de esa ayuda. Leí muchos testimonios de personas que habían tenido el mismo problema que yo y que habían salido de él por la gracia de Dios, mediante la oración y el sacramento de la penitencia.    

 

Al llegar al bachillerato, decidí que ahora iba a ser distinto. Me confesaba después de cada masturbación, con la fe puesta en que, en algún momento, dejaría de hacerlo. En las clases de Religión y hablando con gente de mi edad me comportaba como un defensor acérrimo de la Iglesia, de los niños no nacidos y de la castidad. Y de nuevo todo esto era hipocresía, pues seguía viendo vídeos porno, ligaba con chicas a diestra y siniestra, y chateaba para enrollarme con mis amigas. Creía con sinceridad en la doctrina de la Iglesia sobre el respeto a la vida de los no nacidos, sobre la castidad, sobre cómo se debe vivir; quería que todo el mundo viviera así, pero yo mismo no era capaz de hacerlo. Era como si llevara dos personas dentro: un doctor Jekyll, deseando el bien; y un Mr Hyde, impotente ante su inclinación al mal.

 

Las consecuencias de esta disyuntiva no tardaron en llegar: una de mis amigas tuvo la mala suerte de quedarse obsesionada conmigo y acabó cortándose las venas. Por suerte, sobrevivió, pero por primera vez en mi vida vi que aquello no era un juego. Sin embargo, no se cambió nada... En teoría deseaba ser otro, pero no era capaz, porque en el fondo no quería cambiar. Más bien, lo que quería era que Dios me librara de las consecuencias negativas de mis pecados, para que yo mismo no tuviera que cambiar. Por un lado deseaba mi liberación, pero por el otro no quería renunciar al placer y a huir fácilmente de los problemas, que me ofrecía el vicio. Sin embargo, al mismo tiempo sentía cada vez más temores: que no voy a ser capaz de entablar una relación, que voy a violar a alguien, que el mundo en mi cabeza me está confundiendo con el mundo real, que voy a volverme loco y a acabar suicidándome... Miraba a mis compañeros y veía a gente con diferentes inquietudes, gente que se estaba desarrollando, mientras que yo sólo soñaba con sexo, mujeres, dinero y prestigio. No tenía pasiones ni hobbies y todos mis actos eran triste necesidad del vicio... A veces me sentía como si tuviera 80 años y estuviera totalmente quemado, como si ya no tuviera alma. Me despertaba por la mañana y soñaba con la muerte porque sabía que el día iba a ser igual que el anterior y el siguiente: que de nuevo iba a entregarme al vicio, que iba a sentirme como una basura inservible, y que iba a volver a experimentar el mismo sinsentido.

 

Tocando fondo

 Poco a poco se iba acercando mi 18 cumpleaños. Por ello, mis padres me propusieron irnos de peregrinación a pie hasta el santuario mariano de Częstochowa en Polonia, lo cual era un gran sueño mío. Otra tabla de salvación más... Durante la peregrinación me sentía fenomenal. Me encanta caminar, de manera que las caminatas de 30 km diarios constituían un placer para mí. Rezaba, cantaba, me encontraba en un estado de paz que me hacía sentir la presencia de Dios y no pensaba siquiera en el sexo; nuevamente, me sentía libre de mi vicio. Pero, por desgracia, después de la peregrinación las cosas volvieron rápido a su estado anterior…

 

Un tiempo después, terminé en un concierto, más bien de casualidad, de un grupo de rock cristiano. Allí me encontré con Marta, una chica que yo recordaba de la peregrinación. Intercambiamos nuestros números de teléfono y ella me invitó a su casa. Empezamos a mandarnos SMS, a hablar por teléfono y, al final, quedamos para vernos. Era estupendo. Sentía que Marta me gustaba mucho, que podría pasarme horas y horas enteras hablando con ella, que había muchas cosas que nos unían. No podía dejar de pensar en ella. Empezamos a salir juntos y, por primera vez en mi vida, me enamoré. Sentí que ya no necesitaba masturbarme más, ni ver pornografía ni correr detrás de las chicas, porque tenía “novia”; en efecto, durante algún tiempo mi vicio se apagó bastante. Sin embargo, Marta se dio cuenta de que conmigo había algo que no estaba bien del todo. Entonces tomé la decisión de contarle una parte de la verdad, en concreto, decirle de una manera muy genérica que yo era adicto a la pornografía. A Marta esto le sentó fatal, pero me dijo que me iba a curar de ello. Al principio, yo todavía le iba diciendo las veces que caía, pero pasado un tiempo, cuando ya había vuelto a todas mis prácticas de antes de conocernos, empecé a mentirle de forma calculada.

 

A los cuatro meses de estar saliendo juntos, hicimos petting por primera vez. Tenía que suceder, porque yo llevaba tiempo tanteando hasta dónde podía llegar con ella. Fue una experiencia muy fuerte, que superó todas mis experiencias anteriores. Pero hubo “resaca moral” y ambos nos prometimos que nunca más lo haríamos, que elegíamos la castidad, que se acabó el pecado... Sin embargo, fue al revés: caí en una vorágine de sexo, masturbándome con escenas pornográficas, fantaseando sobre Marta, volviendo al petting, masturbándome otra vez, y así vuelta a empezar... Cada vez más y cada vez más fuerte...

 

Veía mi amistad con Marta como un regalo de Dios, porque nos habíamos conocido durante una peregrinación. Pero la verdad es que nunca invitamos a Dios a entrar en nuestra relación. La cosa iba de mal en peor: cada vez menos conversación y cada vez más sexo… Discutíamos porque yo ligaba con sus amigas, porque no le contaba nada de mí, porque estaba siendo insensible y brutal con ella. Cada vez más a menudo tenía ganas de huir de Marta, pero no podía vivir sin ella. Quería ser bueno para Marta, ofrecerle mi apoyo, pero sólo le hacía daño y me aprovechaba de ella... Esta relación me enseñó que yo no era capaz de entablar una relación con otra persona (hoy sé que la falta de unión con Dios se traduce en una falta de unión con la gente), que no estaba presente en esa relación, que no sabía estar con una chica. Estaba muerto por dentro. Incluso durante el sexo no sentía nada especial.

 

En octubre de 2006, empecé la universidad en una ciudad que está a 300 km de mi lugar de nacimiento. Ahora sé que arrastro mi enfermedad allá donde voy. Por aquel entonces todavía tenía la ilusión de que no era así. Conocí a gente nueva, la vida en una gran ciudad, la libertad de no estar vigilado por tus padres. Por el devenir de los acontecimientos, mi relación con Marta se fue diluyendo y acabamos rompiendo. Marta no quería que la tratara como una chica por horas, a la que se miente y engaña. Quería respeto, sinceridad, amor, conversación. Deseaba sentirse importante, y yo no era capaz de darle eso. Ya no creía en mis promesas. Lo mío eran sólo palabras vacías... Me quise morir, porque no me imaginaba la vida sin ella. Era tan adicto a ella como al sexo.

 

En diciembre volvimos a salir juntos, pero lo nuestro iba cada vez peor. Salvo el sexo, ya no había casi nada entre nosotros, pero también aquí surgieron nuevos problemas: empecé a sufrir impotencia, porque mi cuerpo estaba ya agotado con aquella locura de tener sexo sin parar. Además de esto, cada momento de euforia me costaba un sufrimiento psíquico y un dolor físico terribles. Volvieron las discusiones, los reproches, las mentiras y los engaños...

 

En febrero, Marta me llamó por teléfono para decirme que a lo mejor estaba embarazada. En menos de un segundo, sentí como si el mundo se me viniera encima. Durante el día entero que estuve esperando hasta que se hizo el test de embarazo, en mi cabeza daban vueltas un montón de pensamientos: quería suicidarme, quería que el niño se muriera o que Marta lo abortara... Mi miedo demostraba que era un niñato irresponsable y que sólo pensaba en mí mismo, y no en aquello por lo que estaba pasando mi novia. La prueba dio negativo y Marta vio lo inmaduro que yo era. Toda esta situación aceleró el fin de nuestra relación. El Jueves Santo de 2007 nos vimos por última vez. De nuevo me quería morir…

 

Gracias al apoyo de mi familia, no cometí, por suerte, ninguna estupidez, pero con redoblada fuerza me entregué a mi espiral de pornografía y masturbación. Por si este enredo sexual fuera poco, desde el primer curso de la carrera me emborrachaba en las fiestas, llegando a conducir borracho. Estaba bebiendo cada vez más…

 

En verano tenía que estudiar para un examen de recuperación. Mis padres se marcharon de vacaciones y me quedé cuidando la casa durante tres semanas. Pero en vez de ponerme a estudiar, bebía, me pasaba más de diez horas diarias delante del ordenador viendo vídeos porno y ligando por el chat; no me duchaba y andaba sin cambiarme de ropa. En aquel momento, toqué fondo: sentí que sería bueno acabar conmigo mismo, pues de qué sirve vivir sin ningún género de esperanza de tener una vida normal o de formar una pareja... Aquello ya no era vida, sino estar vegetando. En septiembre, cateé el curso, pero me dejaron pasar al siguiente con condiciones. Ya no era capaz de estudiar, de memorizar las asignaturas, de concentrarme en clase... No tenía ni las fuerzas ni el tiempo necesarios, porque el día lo llenaba con mi vicio. No tenía ambición alguna. La vida diaria, el estudio, las obligaciones, el aseo personal, prepararme las comidas: todo esto me suponía un suplicio. Paradójicamente, junto a todo eso me creía el rey del mundo, un dios que está por encima del bien y el mal...

 

A principios de octubre, transgredí el siguiente límite, al intentar convencer a una amiga mía para que tuviera sexo conmigo, durante un paseo por un camino oscuro del parque. Por suerte, me dio calabazas. Me quedé con la sensación de que me faltó poco para violarla... Un par de días más tarde, seguí a una mujer a la salida del cine, con la intención de proponerle sexo. Empecé a pensar en algunos amigos míos como parejas sexuales... Iba a un mercadillo de cosas de electrónica y me gastaba un montón de dinero comprando porno, aunque me estaba faltando dinero para comer…

 

En un espacio de dos años, mi degradación había evolucionado a un ritmo increíble. Con tan sólo 20 años, tenía a mis espaldas una relación tormentosa llena de sexo enfermo; había llegado a un estado en el cual el porno legal ya no me bastaba, y ahora buscaba básicamente el ilegal; estaba enrollado con varias chicas a la vez; me masturbaba muchas veces al día; perseguía a mujeres; pensaba iniciarme en la homosexualidad y recurrir a agencias de contactos y a la prostitución masculina... Tenía claro que para mis 25 años o bien me acababa suicidando, o bien iba a pillar alguna enfermedad repulsiva, como el SIDA, o bien iba a terminar en la cárcel.

 

La luz al final del túnel

 Pero Dios nunca me abandonó, no dejó que arruinara por completo la vida que Él me había dado. En noviembre de 2007, estaba yo sentado por la noche, como de costumbre, delante del ordenador, viendo vídeos porno. Sin embargo, en un momento dado me acordé de que recientemente había oído hablar de una comunidad que ayudaba a los adictos al sexo, basada en el programa de los “Doce Pasos” y las “Doce Tradiciones” de los Alcohólicos Anónimos. Lo busqué en Internet y me encontré su página web. Resultó que no tenían encuentros en mi localidad, pero existía la posibilidad de hablar con uno de sus miembros. Paweł resultó ser más de 20 años mayor que yo, pero la historia de su vida era similar a la mía: una dependencia enorme del sexo, rozando los límites de la muerte, la quiebra de su situación financiera, una familia destruida... No obstante, este hombre llevaba 4 años y medio sin entregarse al vicio y su vida se estaba recomponiendo. Me gustó lo que me estuvo contando. Caí en la cuenta de que las condiciones para curarse eran participar en las reuniones de la comunidad que trataba a los sexohólicos  y trabajar los Doce Pasos bajo la tutela de otra persona en un estado avanzado de cura. Me gustó incluso la idea de tener que reconstruir toda mi vida y que fuera a ser doloroso. Ese hombre me impactó. Tan sólo hubo una cosa que me cabreó: mi condición como hombre soltero para vivir la continencia era la abstinencia total. ¡No! ¡¿Tenía que aceptar eso?! Por un momento me pareció que había dado con uno de esos fanáticos que están grillados por la pureza sexual. «¡Pero si no se puede vivir sin sexo, eso provoca trastornos psicológicos!» —me decía al volver a casa, pero mi intranquilidad persistía. Se me metió en la cabeza la paz de aquel hombre, su serenidad, su alegría a pesar de los 4 años y medio de abstinencia total de sexo, mientras que yo estaba cansado, de los nervios, desesperado... Era yo el que estaba próximo a una enfermedad psíquica, no él. Hice un esfuerzo y di aquel paso, sabiendo que no iba a poder continuar así mucho más tiempo; a fin de cuentas, siempre podía retirarme de la terapia. Llamé a Paweł y nos pusimos a hablar de poner en marcha una comunidad en mi localidad.

 

Pronto encontramos un local. Justo antes de Nochevieja, organizamos la primera sesión. Pero yo seguía activo en el vicio. Durante las Navidades, decidí llevarme el ordenador a un cuarto sin acceso a Internet, para evitar la tentación. Sin embargo, lo traía de vuelta al cuarto con conexión varias veces al día, para, después de recaer en mi vicio, volver a sacarlo, sumido en un gran sentimiento de culpa. ¡Una paranoia! Mi dolor rebasaba con creces al placer... El día 5 de enero de 2008, sucumbí al vicio por última vez.

 

El camino nuevo

 Empecé a asistir con regularidad a las sesiones del nuevo grupo y a rezar. Esto resultaba increíble para alguien que, durante toda su vida, había rezado muy contadas veces. Cada mañana le pedía a Dios poder mantener ese día mi abstinencia, y por la noche le daba las gracias por haber vivido la continencia. Cada día se repetía el milagro. Seguía al pie de la letra todo lo que me sugerían Paweł y los demás sexohólicos en tratamiento, aunque la soberbia también me estaba reclamando su parte. Yo rezaba, hacía trabajos por escrito relacionados con el programa de la cura del sexoholismo, iba a las reuniones. A menudo me ponía en contacto con otros sexohólicos en proceso de curación. A veces los llamaba hasta diez o incluso veinte veces al día, para no volver a caer en mi pesadilla. Sin embargo, en ocasiones me parecía que esa pesadilla no había hecho más que empezar: me dolía todo el cuerpo o padecía delirios nocturnos. Por ejemplo, me despertaba en mitad de la noche, empapado en sudor, convencido de que había un asesino metido en mi cuarto. Me invadían la desesperación, el miedo, me acosaban las visiones sexuales y los sueños eróticos, volvían los recuerdos de las chicas y sentía pánico al ver una revista porno en cualquier kiosco. Todo esto constituía el síndrome de la abstinencia, común para todas las adicciones.

 

Además, tenía mis problemas sin solventar en la universidad, relaciones sin terminar con algunas chicas y mis conflictos en casa. Pero, a pesar de todo ello, vivía mejor que nunca. Empecé a percibir mi dignidad: estaba aseado, comía con regularidad, sentía cada vez más la alegría de vivir y el respeto hacia mí mismo. Había dejado de hacerme daño a mí mismo y a los demás. En los momentos difíciles, acudía a Dios para pedirle Su protección. Por primera vez, estaba cooperando con la gracia divina, en vez de andar pidiendo ayuda sin la intención de cambiar. Sólo durante la abstinencia llegué a ver completamente en qué consistía mi miseria: todas mis relaciones con la gente estaban corrompidas; no sabía hablar con las personas (en particular, con las mujeres); miraba a la gente como objetos; me costaba hacer pequeñas gestiones, por ejemplo, ir a Correos; estaba desequilibrado emocionalmente; no era capaz de estudiar...

 

Dios me dio la gracia de no ahogarme en la pena y aquel marasmo. Empecé a rehacer mi vida. Gracias a Él, ante todo, pero también gracias al grupo de los sexohólicos en abstinencia, todos los campos de mi vida empezaron paulatinamente a recomponerse. Corté mis relaciones enfermizas con chicas, mejoró el trato con mis padres, con mis hermanos y con mis amigos. Me puse a curar todas las dolencias que había contraído mientras estuve activo en el vicio. Recuerdo el día que terminé tanto los exámenes finales como los que tenía colgando: ¡Qué gozada para alguien que llevaba años arrastrando cosas pendientes, y cosas importantes! También dejé de vivir en tantos números rojos: me tracé un plan para mi vida y fui venciendo mi enorme materialismo.

 

Mi curación es un milagro. No dudo en usar esta palabra, pues todo eso no proviene de mí mismo. Es Dios quien me ha concedido la gracia de ver en mí y en los demás la dignidad de ser un hijo Suyo, así como el respeto por esa dignidad y la capacidad para comprender que tenía derecho a una vida mejor y a Su amor. Es Él quien, en Su increíble bondad, me ha otorgado la gracia de curarme. (Imaginaos que no hace mucho, he estado bailando “sobrio” con una chica, por así decirlo; ya me entendéis: yo, un alcohólico del sexo, bailando con una chica sin la intención de aprovecharme de ella.) Es Dios quien ha hecho que tenga amigos con los cuales puedo contar siempre (en mi época de vicio activo, no tenía amigos). Es Dios quien, a través del programa y de la comunidad, me ha ayudado a superar las diferentes dificultades que han ido surgiendo: mis crisis durante la sanación, la amenaza de perder el piso o que me expulsaran de la universidad. Es Dios quien me está permitiendo ahora ayudar a otros sexohólicos a curarse. Me ha convertido en un instrumento de Su paz, me ha enseñado el sentido, la esperanza y la alegría de vivir.

 

No todo está siendo perfecto. Me ha costado mucho —y aún me sigue costando a veces—, vivir sin sexo, sin chicas, sin esa euforia; pero sé que fuera de este camino, no existe otro para mí. Me acuerdo de la primera confesión en la que ya no tuve que confesarme de la masturbación, la pornografía y el sexo. Fue magnífico y me llenó de alegría. A la vez que me reconciliaba con Dios, me estaba reconciliando con la Iglesia. Poco a poco empecé a descubrir en ella mi propia identidad, aunque sigo teniendo bastantes problemas con la fe. Me atengo a que soy como un niño enfermo, que vive su fe y su vida lo mejor que puede; y que Dios, el mejor Padre, está cuidando de mí y me ama. Me ayudo a mí mismo y a los demás. Progresivamente, voy reparando los daños que causé y entrego a Dios mis defectos. Vivo mejor que nunca. Dios ha hecho lo imposible: con Su ayuda, he salido de la perdición de la hipersexualidad. Creo que no hay ruina que Dios no pueda reconstruir, ni árbol seco que por Su mediación no reverdezca. Él lo puede todo, sólo hay que colaborar con su gracia. Lo dice alguien en quien el Señor ha hecho cosas mayores. ¡Hazlo tú también!

 

Daniel, sexohólico

 

 

 

 

 

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