«Trabajen por su salvación» (Flp 2,12)

autor: ks. Mieczysław Piotrowski TChr

Nuestro tiempo de vida sobre la Tierra es breve. Aquí se decide nuestra eternidad: o bien elegimos la felicidad inimaginable del amor eterno en Jesucristo, o bien el terrible sufrimiento del odio eterno. Dios nos recuerda esta verdad mediante las señales y los asombrosos milagros presentes en la vida de grandes místicos, tales como Natuzza Evolo de Calabria, Italia, que falleció el 1 de noviembre de 2009.

En la Misa exequial de Natuzza, el 5 de noviembre de 2009, participaron unos 50.000 fieles, cinco obispos y varios centenares de sacerdotes. La gente congregada lanzaba gritos de forma espontánea: «¡Santa súbito!». Durante la homilía, el Obispo Ordinario Luigi Renzo anunció el inicio del proceso de beatificación de la difunta y afirmó que la presencia de una delegación tan numerosa de obispos y sacerdotes era una señal de aprobación por parte de la Iglesia sobre la santidad de vida y los carismas extraordinarios de Natuzza Evolo, una de las mayores místicas de nuestros tiempos. Jesucristo había llamado a esta simple analfabeta de Calabria para una misión especial, que era sufrir junto con Cristo, mediante el don de los estigmas, el misterio de Su Pasión y Muerte por la salvación de toda la humanidad, y para recordarnos a todos la vida que existe después de la muerte: el Cielo, el Purgatorio y el infierno; todo esto a través de su contacto directo con los difuntos.

 

Infancia

 

El 23 de agosto de 1924, en Paravati, un pueblecito de Calabria, Filomena María Ángela Evolo dio a luz con diecinueve años a su primer hijo, una niña, a quien impusieron el nombre de Natuzza. Un mes antes del parto, su padre, Fortunato Evolo, se había marchado a Argentina en busca de trabajo y dejó de mantenerse en contacto con su familia. A lo largo de los siguientes siete años, la mamá de Natuzza tuvo todavía otros cinco hijos: Domenico, Antonio, Francesco, Vicenzo y Pasquale. Se desconoce quién fue el padre, pero a todos ellos se les concedió el apellido Evolo. Los habitantes de Paravati tenían con qué alimentar sus chismorreos maliciosos y sus comentarios llenos de desprecio contra María Ángela y sus hijos, a quienes llamaban los bastardos.

 

Natuzza se crió en unas condiciones especialmente difíciles y en una pobreza extrema. Con tan solo cinco años se iba hasta la panadería y esperaba en silencio, moviendo a la piedad, y en cuanto recibía algunos panecillos, se los llevaba de inmediato a sus hermanos hambrientos.

 

Debido a la falta de dinero, Natuzza no pudo ir a la escuela y por eso se quedó analfabeta durante toda su vida. A pesar de aquella pobreza extrema, era una niña alegre, preocupada por sus hermanos y otros niños de su edad en Paravati. Nunca se daba por vencida ni se desanimaba frente a las diferentes dificultades o los problemas; al contrario, los superaba con mayor energía si cabe, abriéndose a los demás y ofreciéndoles su ayuda. Era una niña buena, aunque a la vez marcada por el sufrimiento debido a aquella pobreza enorme y por la perdición moral de su madre. Natuzza le pedía ardientemente a la Santísima Virgen por su conversión.

 

Ya a los seis años, la niña recibió el don especial de poder ver a Jesús, a la Virgen María, a los ángeles y a los santos. Cuando la Madre de Dios se le apareció por primera vez, Natuzza no sabía quién era Ella. Todo esto lo guardaba en secreto, ya que el párroco del pueblo así se lo había aconsejado.

 

En 1934, María Ángela, la madre de Natuzza, fue condenada a la cárcel por el robo de una gallina que había matado para después dársela de comer a sus hijos muertos de hambre. Mientras la mujer estaba en la cárcel, la propietaria del piso expulsó sin piedad a los niños a la calle, puesto que no le habían pagado el alquiler. Natuzza se vio tirada en la calle junto con sus hermanos. Los niños tenían que dormir debajo de una escalera. Fueron días muy dolorosos para Natuzza, quien por aquel entonces le suplicaba llena de confianza a la Virgen María que les ayudara.

 

Una vez, mientras oraba, escuchó esta voz: «¡Ánimo!, ahora os voy a encontrar casa». Efectivamente, a los pocos días se dispuso para aquellos huérfanos una de las recién construidas viviendas sociales. Cuando los hermanos se mudaron al piso, a Natuzza se le apareció San Francisco de Paula, quien le dijo que su madre volvería pronto a casa y que ella misma podría ayudar a su familia. Transcurridos tres días desde esa aparición, la madre de hecho salió de la cárcel y regresó a casa. A Natuzza, en cambio, le ofrecieron un puesto de sirvienta en casa de un abogado apellidado Colloca. Desde aquel instante, Natuzza podía ayudar cada mes a su familia con un modesto salario.

 

Encuentros con los difuntos

Durante ese periodo, Natuzza hablaba a menudo con Jesús y con la Virgen María, y portaba en su cuerpo unos estigmas invisibles que le producían unos dolores enormes cada viernes y durante la Cuaresma.

 

A finales del verano de 1939, Natuzza recibe de Dios el don de encontrarse con personas difuntas. Al principio le resultaba difícil diferenciarlas de las personas vivas sobre la Tierra. Solo transcurrido algún tiempo se acabaría acostumbrando a su presencia y dejaría de tenerles miedo. Las trataba como personas cercanas y amigables. Dios permitía a esos muertos trasmitir a sus familiares, a través de Natuzza, que hay vida tras la muerte, y que existen el Cielo, el Purgatorio y el Iwnfierno. Ellos les llamaban a la conversión y a una vida acorde con el magisterio de la Iglesia Católica, a la oración diaria y perseverante, y a que se confesaran y comulgaran regularmente.

 

Los primeros destinatarios de estos mensajes fue el matrimonio de Silvio y Alba Colloco, en cuya casa trabajaba Natuzza. Al principio ambos cónyuges dudaron y no le daban crédito a la muchacha, puesto que experimentaba aquellos extraños fenómenos a diario. Al final se decidieron a informar de ello a las autoridades eclesiásticas, que decidieron someter a Natuzza, una chica de quince años, a un exorcismo. Aquello supuso para ella una dolorosa humillación, pero lo aceptó con obediencia y humildad. Durante el exorcismo les dijo a los sacerdotes: «Recen para que Dios me libre de los demonios, pero aquí no hay ninguno; en cambio que están presentes muchos ángeles».

 

Sin lugar a dudas, los exorcismos demostraron que Natuzza no se encontraba bajo el influjo de ningún espíritu maligno. Tras esa experiencia humillante, cuando la muchacha iba por la tarde de regreso a casa, se encontró por el camino a un monje vestido con el hábito de los dominicos, quien la bendijo, diciéndole que era Santo Tomás de Aquino. También le contó que desde aquel día se encontraría, tanto de día como de noche, con las almas del Purgatorio. Esa bendición de Santo Tomás de Aquino reafirmó a Natuzza en la certeza de que sus encuentros con los muertos provenían de la voluntad e iniciativa del mismo Dios. Al poco tiempo, las autoridades eclesiásticas reconocerían su autenticidad.

 

Los primeros estigmas y las bilocaciones

 

En 1938 surgió un fenómeno extraño: en aquellos lugares del cuerpo de Natuzza donde Jesús padeció sus heridas, empezó a brotar sangre a diario. Los análisis médicos de la muchacha dieron como resultado que estaba sana y que no sufría ninguna herida, pero, a pesar de ello, le brotaba sangre por la piel. En las vendas y pañuelos con los que se enjugaba la sangre de Natuzza, aparecían imágenes de Cristo, de la Virgen María, de santos, pero también inscripciones con oraciones en latín, francés, inglés, alemán, griego o arameo; es decir: en lenguas que la muchacha en absoluto conocía.

 

Estos extraños fenómenos fueron documentados científicamente por los médicos por primera vez en 1939. El doctor Domenico Naccari, después de aplicar y retirar un vendaje a Natuzza, fue testigo de cómo apareció sobre él el texto de una oración al Niño Jesús. Cuando colocó sobre la herida de la chica la siguiente venda, apareció sobre ella la continuación del texto de aquella misma oración. El asombro de los médicos era enorme, máxime cuando habían sido ellos mismos quienes habían aplicado los vendajes y supervisado para que nadie pudiera escribir nada sobre ellos. Las vendas con las inscripciones y los símbolos de santos se han conservado hasta hoy día. Natuzza quería ocultar a cualquier precio ante otras personas aquel hecho de sus misteriosas hemorragias. Sin embargo, eso resultaba imposible: las hemorragias y las inscripciones aparecían independientemente de su voluntad.

 

En 1939 se empezó a hablar de los casos de bilocación de Natuzza. Mediante la bilocación, la chica visitaba a diversas personas que necesitaban ayuda espiritual; a menudo se aparecía en compañía de ángeles o de personas fallecidas. Las noticias sobre todos estos carismas sobrenaturales de Natuzza Evolo se propagaron rápidamente entre la gente. Empezaron a acudir a ella no solo laicos, sino también personas de vida consagrada, sacerdotes y obispos.

 

La curia episcopal observaba con discreción a Natuzza. Con esa misión fue asignado el párroco de la catedral de Mileto, el sacerdote F. Pititto, quien mantuvo varias conversaciones con la chica y describió diferentes fenómenos sobrenaturales de su vida, adjuntando la documentación médica. Los chequeos médicos que fueron realizados a cargo del doctor Giuseppe Naccari descartaron la posibilidad de que las hemorragias de Natuzza fueran resultado de estados de histeria; asimismo, los psiquiatras confirmaron que la chica se encontraba psíquicamente sana y que todo apuntaba a la autenticidad de sus visiones sobrenaturales, de sus éxtasis y de sus conversaciones con los muertos. Las autoridades eclesiásticas se inclinaban a admitir que lo que estaba pasando con Natuzza era fruto de la acción divina, pero no de la injerencia de espíritus impuros.

 

El escepticismo del obispo Albera y del doctor Gemelli

En diciembre de 1939, Paolo Albera, el obispo de la diócesis de Mileto, le pidió su opinión sobre Natuzza al famoso doctor converso Agostino Gemelli, rector de la Universidad Católica de Milán (el mismo que había afirmado que los estigmas del santo padre Pío tenían carácter psicopatológico e histérico). En su respuesta, el Dr. Gemelli ponía en tela de juicio los análisis médicos realizados hasta entonces a Natuzza, criticaba severamente al Dr. Naccari y al final afirmaba que todos esos fenómenos sobrenaturales eran fruto de la histeria. Su consejo era que las autoridades eclesiásticas dejaran de ocuparse del asunto y  así todo aquel revuelo se silenciaría y acabaría pronto.

 

El obispo Albera siguió las indicaciones del Dr. Gemelli. Sin embargo, a pesar de ello nada se apaciguó ni cesó en torno a Natuzza. El Dr. Naccari, presionado por las críticas del doctor Gemelli, cambió su parecer respecto a Natuzza, inclinándose hacia la opinión del famoso profesor de que aquellos hechos extraordinarios, que ocurrían en torno a ella, encontraban su explicación en la histeria.

 

El 29 de junio de 1940, el obispo Albera se encontraba administrando el sacramento de la Confirmación en Paravati. Cuando ungió con el santo crisma la frente de Natuzza, la muchacha sintió de repente un dolor intenso en la espalda. Pasado un rato, resultó que allí  le acababa de salir una gran herida en forma de cruz, de la cual brotaba sangre, y que fue visible ante los ojos de todos los presentes al haberse quedado estampada sobre la blusa blanca de la muchacha. De esta manera, Jesucristo iba conduciendo progresivamente a Natuzza por el misterio de hacerla copartícipe de su sufrimiento por la salvación de toda la humanidad.

 

En 1967, Jesús le dijo a Natuzza lo siguiente: «Te pregunté en 1938: “¿Puedo apoyarme sobre ti con un solo dedo?”. Me respondiste: “Sí”. En otra ocasión, en 1944, te pregunté: “¿Puedo apoyarme sobre ti con una mano?”. Me contestaste: “Sí”. En 1966 te pregunté: “¿Puedo apoyarme en ti con mis brazos?”; y entonces me replicaste con alegría: “Sí, ámame y guíame con Tus cruces”».

 

Unos días después de recibir el sacramento de la Confirmación, a Natuzza se le apareció la Virgen María anunciándole que el día 26 de julio experimentaría una muerte aparente. Natuzza no sabía qué significa eso de una “muerte aparente” y lo que entendió es que ella misma se iba a morir el día 26 de julio. La noticia corrió como la pólvora por toda Italia, suscitando un gran interés entre los periodistas. El día pronosticado para la muerte de Natuzza, ante la casa de los señores Colloci se congregó una gran muchedumbre; acudieron, entre otros, reporteros de los periódicos más importantes, pero también doctores listos para dispensar ayuda médica.

 

La tarde del 26 de julio, Natuzza entró en letargo, perdiendo por completo el contacto con el mundo exterior, y su cuerpo se volvió rígido. Fue un letargo que duró siete horas. Los médicos administraron a la muchacha diferentes inyecciones para despertarla, pero ninguna surtió efecto. Transcurridas siete horas, Natuzza volvió de repente a la normalidad como si nada hubiera pasado. Durante aquellas siete horas de su muerte aparente, Natuzza vio en una visión, entre otras cosas, la iglesia y los demás edificios adyacentes que en el futuro iban a ser construidos en Paravati. La gente congregada quedó decepcionada por no haberse cumplido la profecía y empezaron a dudar de todo lo que había dicho Natuzza.

 

Después de este suceso, el obispo dispuso que se tratara sin demora a Natuzza en el hospital psiquiátrico de Regio Calabria. Del siguiente modo recordaba Natuzza el verano de 2009 su estancia en aquel hospital: «Me mandaron al manicomio. Me dijeron que era una histérica enloquecida y que tenía que someterme a tratamiento. Me fui allí con la cabeza bien alta, puesto que lo consideraba la voluntad divina, porque allí también podía ayudar a todos aquellos que lo necesitaran, sirviéndoles en aquel lugar».

 

Durante su estancia en el hospital, el único consuelo para Natuzza eran las apariciones de la Santísima Virgen, quien le aliviaba su dolor. María le decía que ella era hija de Dios y le pedía que dejara de llorar, ya que, aceptando la decisión del obispo, había elegido obedecer al Señor.

Durante los dos meses que duró su estancia en el hospital psiquiátrico, Natuzza hablaba con los enfermos, rezaba con ellos y por sus intenciones, los consolaba hablándoles de Dios y de Su misericordia infinita. Decía: «En cada enfermo hay que ver a Jesús y tenemos que amarlo como si fuera el mismo Jesús en persona».

 

En el hospital Natuzza recibía frecuentes visitas de las ánimas del Purgatorio, tanto de día como de noche. Asimismo, experimentaba éxtasis místicos. Los médicos seguían asombrados con las hemorragias que brotaban directamente de su piel sana. Mientras le enjugaban la sangre, sobre las gasas y vendas aparecían signos sagrados, inscripciones o textos de oraciones. El director del hospital, el profesor Puca, sometió a Natuzza al test de Rorschach, que sirve para diagnosticar anomalías psíquicas. Los resultados del test no dejaron lugar a dudas de que Natuzza no presentaba ningún síntoma de enfermedad mental. Se dictaminó que la autosugestión quedaba descartada y que los fenómenos observados en la muchacha no podían explicarse conforme al nivel de la ciencia contemporánea; solo se expresaba la esperanza de que quizá únicamente la parapsicología pudiera ofrecer alguna respuesta.

 

El director del hospital, el Prof. Puca, estaba convencido de que el mejor remedio para Natuzza sería casarse, tener hijos y criarlos. Natuzza, en cambio, estaba tan enamorada de Jesús que ni por asomo pensaba en el matrimonio. Así se lo contaba al padre Cordian en 2001: «Cuando vi a Jesús por primera vez, era pequeña y me enamoré de Él; por eso decía: “Nunca me casaré, quiero ser monja. Hoy estoy todavía más enamorada de Él”». Natuzza se dirigió a las religiosas que trabajaban en el hospital, para que la admitieran en su congregación. Sin embargo, las monjas no accedieron a aceptar a una analfabeta.

 

A lo largo de los dos meses que duró su estancia en el hospital, efectuaron a Natuzza todos los análisis posibles y no existía ningún motivo para que permaneciera ingresada. La muchacha volvió a casa antes de las fiestas de Navidad.

 

Los comienzos de su matrimonio

La receta médica más importante era casar cuanto antes a Natuzza.

 

Después de que la muchacha recibió el alta del hospital, sus abuelos maternos, Giuseppina y Antonio, la acogieron con mucho cariño en su casa. Natuzza era una de las chicas más guapas de Paravati y los jóvenes del lugar comenzaron a interesarse por ella, y de un modo especial Pasquale Nicolace. Todos, incluido el párroco, animaban a Natuzza para que se casara con él. Con toda seguridad, la muchacha no se hubiera dejado convencer a ello si no hubiera recibido una señal directa de Jesús y María para contraer el sacramento del matrimonio, y para aprender a ser una esposa y madre amorosa.

 

Los esponsales de Natuzza con Pasquale se llevaron a cabo en presencia del párroco. Como continuaba la Segunda Guerra Mundial, Pasquale fue llamado a filas y enviado al frente. Las autoridades eclesiásticas decidieron adelantar la boda, que se celebró el 14 agosto de 1943 en la catedral de Mileto por poder, es decir: no estando el novio presente. Cuando Pasquale regresó el 14 de enero de 1944, junto con Natuzza ambos recibieron la bendición nupcial del párroco y empezaron a vivir juntos en una vivienda muy pobre del centro de Paravati. Pasquale era carpintero.

 

En contra de lo que habían previsto los médicos, tras su boda la recién casada no dejó de experimentar estados místicos; le seguían saliendo las misteriosas hemorragias y los estigmas; continuaba teniendo apariciones de Jesús y de la Virgen María, así como sus encuentros con las benditas ánimas del Purgatorio. A su casa acudía gente sin cesar pidiéndole oraciones.

 

Así recordaba Natuzza en 1989 aquel periodo: «Jesús siempre viene a ayudarme. Siempre consigo compaginar lo que tengo que hacer por mi familia con lo que debería hacer por la gente. Todos los días me levanto temprano y me acuesto tarde. Siempre termino todas mis tareas domésticas. Nunca he dejado a mis hijos sin comer o sin las camisas planchadas. Cuando me casé, vivía en una casa pobre y fea. Los vecinos me preguntaban: “Natuzza, ¿necesitas muebles?”. Y yo les decía: “Voy sobrada”. Y solo teníamos tres sábanas. Estaba satisfecha y Le daba gracias al Señor, pensando que yo por lo menos tenía tres sábanas, mientras que hay otros que ni siquiera tienen una cama para dormir. Tenemos que estar siempre satisfechos, porque todo es un don y una gracia».

 

Transcurridos tres días de vida conyugal, el 17 de enero de 1944, a Natuzza le asaltan las dudas sobre si su matrimonio, vivido en toda su plenitud, estaba siendo realmente conforme a la voluntad de Jesús. En un momento dado, toda la habitación se inundó con una luz azul y se le apareció la Madre de Dios. Natuzza se disculpó con lágrimas por recibirla en una casa tan fea. Entonces la Virgen le dijo que no se preocupara, porque se iba a construir un nuevo hogar que se llamaría Corazón Inmaculado de María, Refugio de las Almas. De esta manera, la Virgen anunció a la joven esposa la construcción de una nueva iglesia y de un centro de culto mariano en Paravati, el mismo que había visto al más mínimo detalle durante la visión que tuvo durante su “muerte aparente”, el 26 de julio de 1940. Este  santuario tenía que ser un refugio para todos los pecadores, también para las almas del Purgatorio, porque las almas de las personas no mueren nunca.

 

La Virgen le pidió a Natuzza que por el momento no desvelara a nadie sus planes, hasta que se lo indicara de una forma explícita. Lo cual ocurriría 40 años después. Fue entonces cuando, después de una conversación entre Natuzza y el párroco, surgió la Asociación del Corazón Inmaculado de María, Refugio de las Almas, que luego se transformaría en fundación.

 

El 17 de enero de 1944, a Natuzza se le apareció Jesús con el apóstol Juan, que no decía nada, solo se sonreía. Natuzza, anegada en lágrimas, se afligía ante Jesús porque desde el momento de su boda no se sentía digna de Su amor. «Siempre te amo ―respondió Jesús―, y todavía más cuando cumples con celo tus deberes de esposa y madre». Al final, Jesús añadió: «Te doy flores frescas y fragantes, ¡y ay de ti, si no las cuidas!». Apenas tres días después, la Virgen le explicó a Natuzza que las flores de las que hablaba Jesús eran las personas que acudirían a ella, y que su tarea era guiarlas hacia la conversión. Durante la aparición del 17 de enero de 1944, en un radio de 100 metros se oyó el canto extremadamente bello de un coro, que todos los habitantes y transeúntes escucharon con admiración y con mucha concentración. Era un signo evidente para todo el pueblo de que Natuzza había sido escogida por Dios para cumplir una importante misión. Desde aquel momento, cada vez que Natuzza experimentaba arrobos místicos, la gente congregada en su casa oía aquel canto maravilloso que emanaba del pecho de la mística en estado de éxtasis.

 

Los primeros años de servicio

A la casa de los Evolo empezó a acudir muchísima gente que le pedía a Natuzza consejo, oración, información sobre difuntos, o sobre soldados caídos o desaparecidos. Natuzza los recibía y respondía a sus preguntas, demostrando así un conocimiento sobrenatural de todos esos asuntos. Confesaba con sinceridad que no hacía nada más que repetir en voz alta lo que le decían los ángeles custodios de aquellas personas. Natuzza veía a los muertos que acompañaban a aquellas personas, que venían a verla para pedirle ayuda. Al principio no distinguía a los vivos de los muertos, y por eso le preguntaba a cada uno si estaba muerto o no.

 

El Señor había otorgado a Natuzza el don de ver a los ángeles bajo formas humanas hermosas y resplandecientes. Los ángeles son seres puramente espirituales, cuya tarea consiste en acompañar a cada ser humano y ayudarle a vencer las tentaciones, a guiarle a través de los momentos difíciles de la vida terrenal y a fortalecerle mientras sufra las penas del Purgatorio. El ángel de la guarda solo abandona después de la muerte a aquellas personas que con sus pecados se condenan a sí mismas a la pena eterna del infierno.

 

Durante uno de los encuentros con su ángel de la guarda, Natuzza se lamentaba de que no era capaz de ayudar materialmente a los pobres, ya que ella misma vivía en una pobreza extrema. Como respuesta, escuchó estas palabras: «Es mejor ser pobre de bienes materiales que serlo en el alma y en la fe. La mejor ayuda que puedes ofrecerle a la gente es cuando rezas por ella. Orar por el prójimo es la mayor expresión de amor».

 

El ángel de la guarda nos transmitió un mensaje muy importante a través de Natuzza: «No hay cosa más bella en la Tierra que amar a Dios con todo vuestro corazón. Cuando llega la muerte, el mayor remordimiento de conciencia será el hecho de que no hayáis alcanzado la santidad. Minuto a minuto, hacedlo todo por amor y sed santos».

 

Todos los que se encontraban con Natuzza ― también aquellos que acudían a verla por simple curiosidad ―, sentían una fuerte llamada hacia una vida de fe firme y sin concesiones, que se tiene que expresar en la oración diaria y perseverante.

 

A medida que pasaba el tiempo, las autoridades eclesiásticas comenzaron a suavizar su postura respecto a Natuzza. El nuevo obispo, Enrico Nicodemo, consideraba que había que esperar pacientemente y no expresar opiniones prematuras definitivas. Muchos sacerdotes cambiaron radicalmente de opinión sobre Natuzza, pasando de un escepticismo total a la admiración de su humildad, de su profunda y sencilla fe, y a la aceptación de sus dones sobrenaturales.

 

Al lado de cada una de las personas que acudían a ella, Natuzza veía a un ángel con la forma de un niño preciosísimo. Siempre se colocaba a la derecha de los laicos y a la izquierda de los sacerdotes. De esta manera Natuzza reconocía al instante a los curas que querían ocultar su identidad y la visitaban sin llevar sotana.

 

El cuerpo de Natuzza desprendía un hermosísimo aroma a flores, tal y como sucedía con el santo Padre Pío. Ese olor también lo despedían rosarios, cruces o imágenes santas que ella hubiera tocado.

Miles de personas percibieron esa fragancia, incluso en lugares muy lejanos; para ellas constituía una señal de la presencia espiritual de Natuzza. Ese olor milagroso era un signo especial que Dios le había otorgado y que testimoniaba su santidad. La Virgen María, durante una de sus apariciones, le dijo a Natuzza: «El Salvador te ha encomendado cumplir una tarea muy importante, dolorosa y difícil. No te desanimes. Él mismo te va ayudar y te va a acompañar... Con tus sufrimientos salvarás a muchas almas».

 

En su cuerpo Natuzza presentaba estigmas, las heridas que había sufrido Jesucristo durante Su Pasión. Toda su vida estuvo marcada por un gran sufrimiento. Gracias a su oración, cientos de miles de personas recibieron gracias especiales, renacieron espiritualmente, se convirtieron y quedaron sanadas de diferentes enfermedades incurables. La gran humildad de Natuzza la testimoniaban tanto sus obras como sus palabras.           

 

Así hablaba Natuzza de sí misma: «No soy nada. Soy una lombriz de tierra. No sé qué tengo que decir, no soy ni una vidente ni hago milagros. Yo solamente rezo y Jesucristo hace los milagros. El Señor Jesús y la Virgen María me dan la fuerza para que yo infunda en la gente mucha alegría y serenidad de espíritu, tanto a los que ocupan puestos muy altos, como a los más sencillos: a todos sin excepción».

 

En otra ocasión contaba: «Desde mi infancia estoy acostumbrada a encontrarme con los difuntos. La primera vez que me pasó fue cuando tenía 10 años. Para mí resulta igual de cierto que ver a las personas vivas. Es más, tengo mayor intimidad con los muertos que con los vivos. Únicamente los viernes y durante la Cuaresma no los veo, pero el resto de los días siempre me los encuentro. A veces veo a los santos, pero no siempre. La Virgen María y Jesucristo se me aparecen durante la Cuaresma, el Jueves y Viernes Santo. Jesús y María me dicen que deberíamos ser buenos, humildes y misericordiosos; que el mundo no es la luz, ¡sino la oscuridad! Jesús sufre porque el mundo entero está repitiendo Su crucifixión. La Virgen nos dice que debemos orar mucho y rezar el Santo Rosario. Me entero de diversas situaciones gracias a mis informadores, que son los ángeles. Los veo como si fueran niños de diez años, sin alas y, por lo tanto, no como se representan en los cuadros, sino como unos niños hermosos que irradian luz y que siempre están dando buenos consejos. Cada uno de nosotros tiene a su lado a su Ángel de la Guarda. Los veo junto a las personas vivas, pero no junto a los difuntos. Los ángeles custodios sugieren muchas cosas a las personas vivas en la Tierra. Veo cómo están situados de pie al lado derecho de los laicos, pero a la izquierda de los sacerdotes. A veces pasa que un cura viene a verme vestido de laico. Al instante sé que se trata de un sacerdote, porque veo a su Ángel de la Guarda a su izquierda. Le beso en la mano y me dice: “¿Cómo se ha enterado?”. Y yo le respondo: “Veo de pie a su izquierda a su Ángel de la Guarda”».

 

 

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