No desprecien las profecías (1 Tes 5, 20)

autor: Teresa Tyszkiewicz

 

Sorprende el número de intervenciones de la Virgen Santísima en el mundo contemporáneo. A lo largo del s. XX hubo más de 60 apariciones contando sólo las más destacadas y mejor documentadas; 13 de las cuales ha reconocido Iglesia, algunas otras no y, en muchos casos, todavía no se ha pronunciado, a la espera de su finalización o bien porque se está recogiendo la documentación necesaria para su valoración.

 

La Madre de Dios se aparece, habla, sana, enseña, advierte, pide, llora, y a menudo con lágrimas de sangre.

 

Tanto el número como la importancia de esas apariciones de la Virgen María sobre la Tierra con un mensaje para la gente, deberían producir una viva resonancia en los corazones y en las obras de aquellos que se consideran creyentes y devotos de la Madre de Dios. ¿Es así como sucede? ¿Acaso no se quedan los mensajes marianos sin eco transcurrido un breve periodo de interés, durante el cual se busca más la sensación que una verdadera piedad?

 

Ojalá no se refieran a nuestros tiempos aquellas palabras de Jesús, que pronunció al ver su querida ciudad de Jerusalén: «no has sabido reconocer el tiempo en que fuiste visitada por Dios» (Lc 19, 44).

           

Con qué seriedad deberían tratarse las apariciones marianas, nos lo muestra el papa Juan Pablo II, un gran enamorado de la Madre de Dios, entregado plenamente a Ella. En su vida y en su pontificado pueden descubrirse el papel y la unión ―a veces extraordinarios― que existen entre los acontecimientos y las señales dadas por la Virgen María en sus apariciones.

 

Por lo tanto, merece la pena detenerse en algunas de esas grandes señales que tuvieron lugar durante el pontificado de Juan Pablo II. Todas están entrelazadas con su mensaje, mientras que las señales de las lágrimas de sangre que acompañaron a algunas de ellas, nos hablan de la importancia de los tiempos en que vivimos.

 

Akita

 En 1973, por lo tanto todavía antes de la elección de Karol Wojtyła para la Sede de Pedro, en un pequeño convento de las Siervas de la Eucaristía en Akita (Japón), tuvo lugar el siguiente hecho: en la capilla conventual había una talla de madera de Nuestra Señora de Todos los Pueblos (realizada conforme a la visión de Ida Peerdeman en Ámsterdam, el 11 de febrero de 1951; hoy ya reconocida por la curia episcopal de Haarlem).

 

En el convento vivía una novicia, Agnes Katsuko Sasagawa, que padecía sordera. En junio, el obispo John Shojiro Ito, fundador del Instituto de las Siervas de la Eucaristía, estaba en Akita y dio su consentimiento para que Agnes, a pesar de su discapacidad, hiciera sus primeros votos monásticos. Unos días después, en la mano derecha de la novicia apareció un estigma, que sangraba provocando un dolor agudo. Pocos días después, una herida similar apareció sobre la palma de la mano de la talla de la Virgen.  Luego la imagen empezó a llorar lágrimas de sangre, de lo cual fueron testigos no sólo las monjas, sino también gente congregada en la capilla y muchas veces el propio Obispo Ordinario Ito, que había sido informado de aquel hecho sobrenatural. Hasta 1981, la talla de la Virgen María lloró 101 veces.

 

La hermana Agnes también recibió mensajes de su Ángel de la Guarda: «No te sorprendas de ver a la Santísima Virgen María llorar. Una sola alma que se convierta es preciosa a su Corazón». En otra ocasión le dijo: «La herida de María tiene un significado muy importante: Ha sido hecha para obtener vuestra conversión, para implorar la paz, para reparar las ingratitudes, ofensas, ultrajes e injurias que Dios recibe». También la propia Madre de Dios habló a la novicia, entonces la talla parecía que estuviera cobrando vida: «Muchos hombres en el mundo afligen al Señor. Deseo almas para consolarle, para suavizar la cólera del Padre Celestial. Deseo, con mi Hijo, almas que reparen, con sus sufrimientos y su pobreza, por los pecadores y los ingratos».

 

En 1984, el Obispo Ito declaró el carácter sobrenatural de las apariciones de Akita. Las lágrimas de la Virgen María empezaron a aparecer tres años antes de la elección de Juan Pablo II,  y lo acompañaron a lo largo de todo el año 1979 (74 veces); cesaron en 1980, para reaparecer de nuevo algunos días antes del atentado contra su vida y seguir hasta unos días después del atentado.

 

El atentado contra Juan Pablo II

 El papel que la Madre de Dios desempeñó en ese dramático suceso ya ha sido comentado muchas veces públicamente, pero para tener una imagen completa, merece la pena recordarlo aquí de nuevo: Ali Agca, un asesino a sueldo que actuaba por encargo de unos «desconocidos» (pero vinculados con los mandatarios del bando comunista), disparó contra el Papa indefenso el 13 de mayo de 1981, a las 17:13; o sea, exactamente en el 64º aniversario de la primera aparición de la Santísima Virgen en Fátima. El Santo Padre estaba convencido de que había sido Ella, la Virgen de Fátima, la que había evitado que el disparo le asesinara, aunque quedó gravemente herido. Mandó que le trajeran al hospital el texto del tercer misterio de Fátima, para comprender plenamente lo que Dios quería notificarle a través de esas señales marianas. Un año después, tras recobrar las fuerzas, viajó a Fátima para darle las gracias a la Virgen por haberle salvado y para ofrecerle en agradecimiento la bala que le había alcanzado.

 

Todo el tiempo la Madre de Dios le estaba dando pruebas a su hijo predilecto, que se había entregado plenamente a Ella, de que le estaba acompañando en su pontificado.

 

Medjugorje

 Todavía se encontraba el Papa convaleciente, cuando el 24 de junio de 1981 empezaron las más extrañas apariciones de la Virgen, porque duran ya 29 años sin interrupción, en el pueblo croata de Medjugorje. Allí no hay ninguna figura milagrosa ni que llore la Virgen, sino que está la Madre de Dios misma, que se aparece a seis «videntes» escogidos, a quienes transmite mensajes destinados para ellos mismos o bien para ser anunciados a todo el mundo. Como Ella misma afirma, está continuando sus mensajes de Fátima, pidiendo ayuno, confesión, penitencia, pero sobre todo oración, una oración perseverante para que el mundo pueda salvarse. Esta llamada a la oración se repite en cada uno de los mensajes que emanan de Medjugorje.

 

Hoy, 29 años después, este pueblo se ha convertido en uno de los santuarios marianos más visitados del mundo, en un lugar de oración, de conversiones, de cambios espirituales, de peregrinación y de penitencia. Aunque la Iglesia no puede dar su opinión al respecto, porque las apariciones todavía duran, sin embargo sabemos con qué atención Juan Pablo II seguía las propias apariciones y sus frutos. En 1987, durante un encuentro con una de las videntes, el Santo Padre dijo: «Si no fuera el Papa, estaría ya en Medjugorje confesando; pero aunque incluso no pueda ir allí, lo sé todo, yo lo he estado siguiendo todo. Pidan a los peregrinos que oren por mis intenciones. Protejan Medjugorje, porque Medjugorje es la esperanza para el mundo entero».

 

En Medjugorje, la Virgen pronunció en 1993 unas palabras de mucha trascendencia. Pidiendo a los videntes y a toda la humanidad que rezaran y se convirtieran, dijo: «cada uno es importante en mi plan de salvación. Yo los invito a ser portadores de bien y de paz. Dios puede darles la paz sólo si ustedes se convierten y oran» (Mensaje, 25 de mayo de 1993). En otra ocasión afirmaba: «únicamente con la oración y el ayuno pueden también detenerse las guerras» (Mensaje, 25 de enero de 2001). En 1991 decía lo siguiente: «Hoy, como nunca antes, Yo los invito a la oración. Su oración debe ser una oración por la paz. Satanás es fuerte y desea no solamente destruir la vida humana, sino también la naturaleza y el planeta que ustedes habitan […] Dios me envió a ustedes para que Yo los ayude» (Mensaje, 25 de enero de 1991).

 

Civitavecchia

 A comienzos de 1995, D. Pablo Martini, el párroco de una parroquia situada cerca de Roma, en Pontano (Civitavecchia), fue de peregrinación a Medjugorje y se trajo de allí una figura de escayola de la Virgen, que quería regalar a unos parroquianos suyos, la familia Gregori.

 

El 2 de febrero, a las 16:30 h., Jessica, la hija mayor de cinco años, al entrar en la habitación donde habían puesto la imagen, se dio cuenta de que en la esquina del ojo de la Virgen María había una gota roja. Llamó a su padre. Enseguida acudió el resto de la familia y los vecinos, para contemplar cómo desde ambos ojos de la figurita brotaban lágrimas de sangre. Los días siguientes se repitió dicho fenómeno. La noticia se difundió inmediatamente, provocando diversas reacciones.

 

El más escéptico resultó ser el obispo de Civitavecchia, Girolamo Grillo: se llevó la imagen con intención de destruirla, pero mientras la encerró en un armario de la curia: «¡Vaya historia más horrible eso de las Vírgenes que lloran!» ―anotó en su diario― «siempre hay algún gracioso que embadurnara con algo objetos sagrados…».

           

El 15 de marzo, convencido por su hermana, sacó la figura del armario y en compañía de su hermana, de su cuñado y de las monjas de la curia, empezó a rezar la Salve. Al llegar al «vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos», la estatua empezó a llorar. Entonces el obispo sintió una profunda conmoción y comprendió que estaba siendo testigo de un milagro. «Fue una experiencia que me cambió» ―dijo.

           

Nada más enterarse de lo que había acontecido en Civitavecchia, el Santo Padre Juan Pablo II reaccionó con gran interés. El Papa, que era informado a menudo sobre sucesos de carácter sobrenatural, en esta ocasión mostró un interés como si hubiera recibido con ello una señal inteligible sólo para él.

 

Juan Pablo II no hablaba nunca con nadie sobre su vida espiritual. Sin embargo, la gente que le rodeaba se percataba de muchas cosas. Desde los tiempos de su juventud, a partir de los 26 años, tenía experiencias místicas. Cuando rezaba, estaba tan concentrado que parecía que el mundo exterior dejara de existir para él. Muchas veces, mientras hacía la oración, parecía que estaba hablando con alguien invisible; algunos sucesos los conocía antes de que se produjeran. Ahí es donde hay que buscar el origen de su reacción, cuando se enteró de que la Madre de Dios llora lágrimas de sangre en Civitavecchia.

 

El Santo Padre se dirigió al Obispo Grillo, transmitiéndole su deseo de que velara por la figura milagrosa, y transcurrido cierto tiempo, le pidió que se la trajera al Vaticano, pues quería venerarla. Así fue. Estaba claro que el Santo Padre estaba convencido del carácter sobrenatural de las lágrimas de la Santísima Virgen en aquella imagen. A renglón seguido, toda la documentación y los análisis llevados a cabo en los laboratorios de la Clínica Gemelli confirmaron que las lágrimas de sangre que brotaban de la figura eran auténticas lágrimas humanas, quedando así descartada cualquier sospecha de falsificación; eran una certificación en toda regla del carácter milagroso de aquel prodigio.

 

Además, comenzaron a incrementarse las conversiones y las gracias concedidas en Civitavecchia. La figura fue colocada en la iglesia parroquial, y desde el primer instante atrajo a los peregrinos en masa: sólo en 1996 hubo 300.000. En los años siguientes no sólo acudían de Italia y Europa, sino también de Asia, África y de las dos Américas. Había y sigue habiendo muchos casos de conversiones y curaciones milagrosas. A la Fe en Dios y su Iglesia están retornando ateos convencidos, fieles de otras religiones y miembros de sectas. Incluso en 1996 tuvo lugar una conversión asombrosa y el regreso al seno de la Iglesia Católica de todo un grupo local de testigos de Jehová, 120 en total; este hecho fue confirmado por la comisión teológica que estaba investigando las lágrimas de sangre de la figura de Civitavecchia (los testigos de Jehová no reconocen a la Virgen María como Madre de Dios, ni a Jesucristo como Hijo de Dios).

 

En el Jubileo del año 2000, el Santo Padre Juan Pablo II decidió hacer público el contenido del tercer misterio de Fátima. En la visión allí descrita hay todavía un llamamiento más a la penitencia. De este modo, las apariciones marianas de Fátima, Akita, Medjugorje y Civitavecchia encuentran un broche en común: son instrumento de la acción y del plan salvador de la Virgen María para el papel que Ella tiene que desempeñar en la lucha y la victoria sobre satanás, profetizado ya en el Génesis: «Pondré enemistad entre ti y la mujer» (Gén 3, 15).

 

María nos asegura sin cesar que está con nosotros, con cualquiera que La llame. Estuvo también junto al Papa cuando terminó su Ministerio Petrino. La imagen de Civitavecchia lloró entonces, pero no con lágrimas de sangre. Jesucristo también había llorado la muerte de su amigo Lázaro, aunque sabía que pasadas unas horas lo iba a resucitar. Las lágrimas de pena y luto son unas lágrimas muy humanas, pero no las que nacen del dolor de Dios frente al mal y las iniquidades del ser humano: esas son de sangre. En su agonía, el Santo Padre dio gloria a Dios en su último camino, tal y como lo había hecho a lo largo de toda su vida.

 

Unas horas después de la muerte del Papa, el «vidente» Ivan Dragiciević vio a la Madre de Dios y a su lado a Juan Pablo II, alegre, rejuvenecido, vestido con un hábito de color dorado. Los dos se estaban sonriendo mutuamente. La Virgen María dijo: «Mi querido hijo está ahora Conmigo».

 

En la Tierra continúa la lucha contra satanás. En el mensaje transmitido a un alma piadosa, el Arcángel San Miguel le dijo sobre los tiempos presentes: «prácticamente todo el infierno ha salido a la Tierra. El diablo está luchando con empeño por cada alma». El siervo de Dios August Hlond, Primado de  Polonia, en su lecho de muerte pronunció estas palabras proféticas: «La victoria, cuando llegue, será a través de María».

 

De lo que se trata es de lo que la Virgen María espera de nosotros, de cómo quisiera que participemos en esta lucha y en la victoria.  En cada uno de sus mensajes nos pide y nos recuerda la oración, constante y confiada. Cada mal hace que se le salten las lágrimas, muy a menudo de sangre, por eso está esperando nuestra conversión, nuestra penitencia y una vida en gracia santificante. Nos pide que recemos por los sacerdotes, Sus hijos más queridos, porque satanás quiere exterminarlos.

 

Podemos ofrecerle a María nuestra propia vida. Se sabe que se la ofrecieron Juan Pablo II, el Padre Pío, pero también cientos y miles de «amigos de Dios» anónimos, que consiguen ofrecerle a la Divina Misericordia, por la salvación del mundo, su vida cotidiana y gris, sus enfermedades, discapacidades, pobreza, persecuciones, dificultades en la vida, su esfuerzo agotador para zafarse de las caídas morales. Siguiendo su ejemplo, cada una y cada uno de nosotros puede hacerlo.

  

Hasta la vida más anodina ―podría parecerlo― puede convertirse en un tesoro si, de la mano de la Virgen, se entrega a Jesús para luchar en su obra salvífica. En concreto, lo que no tiene precio es el sufrimiento, aceptado y ofrecido. Con María se puede salvar el mundo, mientras quede tiempo.

 

Teresa Tyszkiewicz

 

 

 

 

 

 

Fuentes

 

Teiji Yasuda: Akita. Łzy i posłanie Maryi [Akita. Las lágrimas y el mensaje de María]. Katowice, 1994; Heather Parsons: Matka Boża i Marija [La Madre de Dios y Marija]. Poznań, 2008; Antonio Socci: Tajemnice Jana Pawła II [Los secretos de Karol Wojtyla], Cracovia, 2009.

 

 

 

 

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