Lo absurdo de no creer en Dios

autor: ks. Mieczysław Piotrowski TChr

A la gente que vive como si Dios no existiera, o que niega Su existencia, el Creador les dirige unas palabras de advertencia y las llama a la reflexión: “El necio se dice a sí mismo: «No hay Dios»” (Sal 53,2).

 

A continuación añade: “ya que sus atributos invisibles –su poder eterno y su divinidad– se hacen visibles a los ojos de la inteligencia, desde la creación del mundo, por medio de sus obras. Por lo tanto, aquellos no tienen ninguna excusa” (Rom 1,20). ¿Quiénes? Los “que por su injusticia retienen prisionera la verdad” (Rom 1,18). Todos los que sinceramente buscan la verdad y que por la injusticia no la retienen prisionera, tarde o temprano encontrarán sin falta la única fuente de felicidad y amor, que es Dios.

 

Fred Hoyle, eminente astrofísico británico, habla de lo absurdo de no creer en Dios, al igual que de lo insensato que resulta imaginar una creación accidental de la vida. Considera que resulta tan absurdo como si creyéramos que un chorro de aire, tras atravesar un depósito de chatarra, podría ensamblar un nuevo Boeing.

 

Antony Flew, destacado filósofo inglés, quien desde 1950 era símbolo y gurú del ateísmo científico, en 2004 confesó públicamente su fe en la existencia de Dios-Creador. El descubrimiento del código ADN le convenció de la existencia de una Inteligencia Divina Suprema, que había creado todo el universo.

 

Sin embargo, el reconocer la existencia de Dios no es más que la primera etapa en el camino que lleva al conocimiento de su Ser. Es Dios quien, convirtiéndose en un hombre de carne y hueso, en Jesucristo, reveló plenamente la verdad sobre sí mismo. Aceptando la Epifanía y entrando en unión con Cristo, uno emprende el fascinante camino de la vida interior y del conocimiento ―gracias a la fe y al amor― de la verdad sobre el único Dios en Tres Personas.  Sólo este Dios es el amor que nos reveló esta verdad sobre sí mismo.

 

Jesucristo no deja de apelar a nuestra conciencia para que establezcamos con Él una relación personal en la oración diaria, a través de una fe viva. Él podrá entonces, en el sacramento de la Penitencia, liberarnos del poder de los pecados y en la Eucaristía, curar todas nuestras heridas e introducirnos en la vida y en el amor de la Santísima Trinidad. Ayudándonos a emprender el difícil camino de la fe, Jesús nos ofrece unas señales inteligibles que llaman a la conversión del alma: “Jesús les dijo: «Si no ven signos y prodigios, ustedes no creen».” (Jn 4,48).

 

Algunas de las señales más inteligibles ofrecidas por Dios, que llaman a la conversión, son las tres imágenes que no fueron pintadas por la mano del hombre y que son obra de Dios mismo. Son las siguientes: 1ª La imagen tridimensional en negativo fotográfico de la sábana mortuoria, que representa el cuerpo de Jesús en su totalidad. 2ª La imagen del rostro de Jesús Resucitado del velo de Manoppello. 3º La imagen de la Virgen de Guadalupe.

 

Diversas investigaciones científicas han confirmado que todas esas imágenes son unos archeiropoietos, es decir: ningún genio humano de los más grandes hubiera sido ni es capaz de pintar algo parecido. Las investigaciones científicas confirman estos hechos. Si el ser humano las acepta, y con humildad abre su corazón al amor y a la infinita misericordia de Dios, comenzará entonces el proceso de su transformación interior. Emprenderá un camino que lo llevará hasta una felicidad imperecedera de comunión con Dios. Si, en cambio, “por su injusticia retuviera prisionera la verdad” y rechazara las señales dadas por Dios, que lo llaman a la conversión, seguirá por un camino hacia la eterna falta de sentido y condenación sin fin.

 

 

 

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