La medicina que da la inmortalidad

autor: ks. Mieczysław Piotrowski TChr

El milagro eucarístico de Sokółka, al igual que otros milagros eucarísticos que han tenido lugar en la historia de la Iglesia, es signo de una revelación particular de la omnipotencia
de Dios, que nos llama
a convertirnos a la vez que nos forma y nos educa

A través de señales extraordinarias como son los milagros eucarísticos, Cristo confirma que en la Eucaristía se encuentra presente su Pasión, Muerte y Resurrección; que, bajo forma de pan y vino, Él está realmente presente en su naturaleza humana resucitada y gloriosa.

El corazón de Jesús

Contrastemos los resultados de las investigaciones científicas de los tres milagros eucarísticos más conocidos.

En el Milagro Eucarístico de Buenos Aires (1996), una Hostia consagrada que había sido profanada por personas de identidad desconocida, también se convirtió en miocardio humano. Así lo constataron en 1999 científicos estadounidenses en Nueva York, bajo la dirección del profesor F. Zugibe, conocido cardiólogo y patólogo forense. Antes de examinar la muestra enviada desde Buenos Aires, los investigadores neoyorquinos no habían sido advertidos de dónde provenía. Constataron que el material analizado era un fragmento del corazón, de la pared ventricular izquierda, en proximidad de las válvulas. Estaba inflamado y se encontraban en él numerosos leucocitos, lo cual indicaba que el corazón estaba vivo en el momento de la extracción de la porción. El hecho de que los leucocitos penetraran en el tejido indica que aquel corazón estaba sufriendo, como sucede, por ejemplo, en caso de una persona golpeada brutalmente en la región 
del tórax.

Uno de los milagros eucarísticos
más famosos de la historia se produjo en el siglo VIII en Lanciano, Italia. Un monje basiliano, mientras estaba celebrando la Santa Misa, tuvo dudas acerca de si, en la consagración, el pan de verdad se convertía en el Cuerpo de Cristo y el vino en su Sangre. Cuando estaba pronunciando las palabras de la consagración, el pan se convirtió en Cuerpo y el vino en Sangre, y eso de tal manera que uno podía comprobarlo por medio de los sentidos.

El 18 de noviembre de 1970, el papa Pablo VI encargó a un equipo de investigadores italianos examinar detalladamente aquellas santas formas eucarísticas. Los resultados de los peritajes científico finalizados el 4 de marzo de 1971, corroboraron lo transmitido por la tradición. Desde el punto de vista cientifico, en la Hostia milagrosa se halla un corazón humano completo. Contiene todos los elementos que lo integran. La investigación demostró que el corazón estaba disecado, sin huella alguna de incisión, y que dentro de los tejidos se encontraban leucocitos vivos. También se conservaron cinco grumos de sangre coagulada. Los análisis mostraron que se trataba de auténtica sangre humana, del grupo AB. El mismo grupo sanguíneo fue hallado en el Sudario de Turín, la sábana con la cual el cuerpo de Jesús fue cubierto tras su muerte, y en el cual se encuentra su imagen en negativo fotográfico. En 1976, médicos delegados por la ONU quisieron verificar la investigación de los científicos italianos de 1971. Tomaron muestras del Cuerpo y de la Sangre del milagro eucarístico de Lanciano, y las sometieron a análisis. Los resultados de su investigación corroboraron el dictamen de los médicos italianos de 1971.

En Sokółka, la mayor parte de la Santísima Hostia se transformó en miocardio humano en estado de agonía y sometido a un intenso sufrimiento. La estructura de las fibras del miocardio está tan estrechamente integrada a la estructura de la oblea que queda totalmente excluida toda intervención humana.

¿Qué más podía hacer Jesús por nosotros?

A través de las señales extraordinarias que constituyen los milagros eucarísticos, Cristo, de manera clara e inequívoca, desea volver a concienciarnos de que, durante la Eucaristía, se hace presente todo el drama de su pasión, muerte y resurrección. De ese modo, cualquier persona puede participar de la victoria de Cristo sobre la muerte, sobre Satanás y sobre el pecado. “¿Qué más podía hacer Jesús por nosotros? Verdaderamente, en la Eucaristía nos muestra un amor que llega «hasta el extremo» (Jn 13, 1), un amor que no conoce medida” (Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, 11). La Eucaristía es un hacerse presente sacramentalmente la pasión, la muerte y la resurrección de Cristo. “Es el sacrificio de la Cruz que se perpetúa por los siglos. (...) Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía –escribe beato Juan Pablo II–, memorial de la muerte y resurrección de su Señor, se hace realmente presente este acontecimiento central de salvación y «se realiza la obra de nuestra redención». Esta no queda relegada al pasado, pues «todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos...» (EE, 11).

En Dios, hay un “ahora” continuo; no existe pasado ni presente. Por ello, Jesucristo, como verdadero Dios y verdadero hombre, tomó de la historia de cada ser humano todo sufrimiento y pecado; experimentó las consecuencias de los pecados de todos los seres humanos en su pasión y su muerte en la cruz. En aquella experiencia del máximo mal, Él, verdadero Dios y verdadero hombre, se confió y se ofreció –a Sí mismo y a todos los hombres–, a Dios Padre. El beato Juan Pablo II subraya que es “«sacrificio que el Padre aceptó, correspondiendo a esta donación total de su Hijo que se hizo ´obediente hasta la muerte´ (Fl 2, 8) con su entrega paternal, es decir, con el don de la vida nueva e inmortal en la resurrección»” (EE, 13). A través de su pasión, muerte y resurrección, Cristo quitó todos nuestros pecados, venció definitivamente a Satanás, abrió a todos las “puertas del cielo” y dio sentido a nuestro sufrimiento y a nuestra muerte. Gracias a Cristo, todo sufrimiento nuestro, si se lo entregamos y nos unimos a Él en su sufrimiento por la salvación del mundo, se convierte en nuestro camino de salvación y fuente de las mayores gracias. Gracias a Cristo, también nuestra muerte supondrá participar de su victoria última sobre la muerte en la resurrección, siempre que confiemos en Él y nos reconciliemos con Dios a través de Él.

Si te afecta el sufrimiento, de la índole que sea, y en particular, el sufrimiento no merecido, da gracias a Jesús por esa experiencia y encomiéndate a Él rezando la siguiente oración: ”Señor Jesús, uno mi sufrimiento al tuyo. Deposito en tus heridas todo mi ser, mi dolor físico y mi angustia espiritual, pues en tus heridas está mi cura”.

Antídoto contra la muerte

Gracias al sacramento de la Eucaristía podemos unirnos a Cristo en el sacrificio de su cruz, experimentar la alegría de la resurrección y participar de la vida y del amor de Dios Uno y Trino. Deberíamos acordarnos siempre de que “el sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son, pues, un único sacrificio” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1367) y de que, cuando tomamos parte en la Santa Misa, hemos de entregarnos, junto a Cristo, a Dios Padre.

En la Eucaristía, Cristo resucitado se hace por nosotros “pan de Vida” (Jn 6, 35). El Señor Jesús dice: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo le daré es mi carne para la Vida del mundo” (Jn 6, 51); “Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; (...). El que coma de este pan vivirá eternamente” (Jn 6, 55-58).

La Eucaristía es tensión hacia la meta,–dice el beato Juan Pablo II–, pregustar el gozo pleno prometido por Cristo (cf. Jn 15, 11); es, en cierto sentido, anticipación del Paraíso (...). Quien se alimenta de Cristo en la Eucaristía, no tiene que esperar el más allá para recibir la vida eterna: la posee ya en la tierra como primicia de la plenitud futura, que abarcará al hombre en su totalidad. En efecto, en la Eucaristía recibimos también la garantía de la resurrección corporal al final del mundo: « El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día» (Jn 6, 54). Esta garantía de la resurrección futura proviene de que la carne del Hijo del hombre, entregada como comida, es el cuerpo glorioso del Resucitado. Con la Eucaristía se asimila, por decirlo así, el «secreto» de la resurrección. Por eso san Ignacio de Antioquía definía con acierto el Pan eucarístico como «medicina de inmortalidad, antídoto contra la muerte»” (EE, 18).

¿Esto los escandaliza? 

Los judíos se escandalizaban y sufrieron un shock al oír lo que Jesús decía acerca de la Eucaristía; y preguntaban: “¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?” (Jn 6, 52).

“¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?” (Jn 6, 60), decían, a su vez, sus discípulos. Entonces Jesús pronuncia unas palabras que explican el quid de la Eucaristía: “¿Esto los escandaliza? ¿Qué pasará entonces, cuando vean al Hijo del hombre subir donde estaba antes? El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida” (Jn 6, 61-63). Cuando Jesús dice: “cuando vean al Hijo del hombre subir donde estaba antes”, apunta al misterio de la adoración (el levantar en alto) de su naturaleza humana (cuerpo y sangre) en su muerte en la cruz, su resurrección y su ascensión.

En otro lugar, dice Jesús a los apóstoles: „Cuando ustedes hayan levantado en alto al Hijo del hombre, entonces sabrán que Yo Soy” (Jn 8, 28); es decir, que por su Muerte y Resurrección reconocerán que Él es Dios. El levantar en alto apunta, pues, a la transformación de la naturaleza humana de Cristo que se llevó a cabo en su Muerte, Resurrección y Ascensión. Entonces, la naturaleza humana de Cristo fue glorificada y transfigurada de modo que “en él habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad” (Col 2, 9; cf. Col 1, 19).

A partir de aquel momento, Jesucristo terminó su presencia físicamente perceptible en la tierra y empezó, en su naturaleza humana, un nuevo modo de existencia. Después de la Resurrección y la Ascensión, Cristo es invisible pero es omnipresente en su naturaleza humana; por ello se hace posible su presencia real y sustancial en la Eucaristía. “El que descendió es el mismo que subió más allá de los cielos, para colmar todo el universo” (Ef 4, 10), según dice San Pablo.

La naturaleza humana (cuerpo y sangre) de Jesús en su muerte, resurrección y ascensión, fue glorificada por el poder del Espíritu Santo y se convirtió en verdadero alimento espiritual. La Eucaristía es Cristo resucitado en su naturaleza humana gloriosa, que se nos da entero para hacernos “partícipes de la naturaleza divina” (2 Pe 1,4).

Al establecer el sacramento de la
Eucaristía durante la Última Cena, Jesús anticipó los acontecimientos salvadores de su Muerte y Resurrección, e hizo a los apóstoles consumir, bajo formas eucarísticas, su Naturaleza Humana gloriosa (Cuerpo y Sangre).

En la Eucaristía, el Señor Jesús se nos da, nos da su verdadero Cuerpo y Sangre, pero ya en estado glorioso. Al dársenos, bajo forma de pan y de vino, nos transforma, mediante poder del Espíritu Santo, para que, desde ahora, en la tierra, participemos del amor y de la vida eterna de la Trinidad. Por ello, Jesús nos advierte: “si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes” (Jn 6, 53). En otras palabras, si no vivimos en estado de gracia santificante y no comulgamos con fe en la presencia misteriosa de su Cuerpo y Sangre en ella, asimismo nos privamos de ser partícipes de la vida eterna.

Cuando Jesús terminó de explicar el misterio de la Eucaristía, dijo así a los apóstoles: “«Pero hay entre ustedes algunos que no creen». En efecto, Jesús sabía desde el primer momento quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar” (Jn 6, 64). “«¿No soy yo, acaso, el que los eligió a ustedes, los Doce? Sin embargo, uno de ustedes es un demonio». Jesús hablaba de Judas, hijo de Simón Iscariote, que era uno de los Doce, el que lo iba a entregar” (Jn 6, 70-71). La traición de Judas empezó al no creer lo que Jesús decía sobre la Eucaristía. De la misma manera traiciona a Cristo todo aquel que rechaza o menosprecia la verdad revelada de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, o aquel que comulga indignamente.

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