El poder sanador de Cristo

autor: ks. Mieczysław Piotrowski TChr

El Señor Jesús, perpetuamente presente en la Eucaristía, nos invita a cada uno de nosotros a acudir a Él con todos nuestros problemas: “Vengan a mí los que van cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré” (Mt 11, 28)

Para acudir a Jesús, primero hay que creer en su presencia real en la Eucaristía. El milagro eucarístico de Sokółka es una voz poderosa de Dios, que nos llama a darnos cuenta de que la Eucaristía es el don más grande y precioso que poseemos, ya que es el propio Señor resucitado, en tanto en cuanto don “de sí mismo, de su persona en su santa humanidad y, además, de su obra de salvación” (Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, 11).

Las curaciones de Sokółka

En la colegiata de San Antonio de Sokółka se practica la adoración perpetua al Santísimo Sacramento. Las personas pueden acudir a Jesús y, en la Santa Misa y en la adoración, presentarle todos sus males, sus alegrías y sus problemas. Si el hombre empieza a apartar de su corazón todas las barreras y los obstáculos que bloquean la acción del amor omnipotente de Cristo, entonces Él podrá actuar en su vida y realizar la milagrosa cura de su alma y de su cuerpo.

En los archivos de la parroquia de Sokółka se hallan numerosos testimonios documentados de curaciones milagrosas. He elegido nada más que un par de ejemplos.

Vino a Sokółka una mujer de Suecia que sufría mucho por un cáncer avanzado. Al rezar ante el Santísimo Sacramento, confió a Jesús todo su dolor, sus temores y angustias. A través del Sacramento de la Penitencia, confesando a Jesús todos sus pecados, se sumergió en el océano de la Divina Misericordia. Pidió una misa por su salud y se entregó en ella por entero a Dios. Tras la Eucaristía, permaneció con Jesús presente en el Santísimo Sacramento, rezando con ardor durante mucho tiempo. A lo largo de varios días, el insoportable dolor fue cediendo poco a poco, hasta desaparecer por completo. Un detallado examen médico comprobó que la mujer había sido totalmente curada: no quedaba ni rastro del cáncer.

Existe documentación médica de la curación milagrosa de un niño, Jakub Rapier, afectado de una enfermedad muy grave, el llamado síndrome de Asperger. La abuela de Jakub pidió una misa por su curación, que fue celebrada el 29 de julio de 2011 en la colegiata de San Antonio en Sokółka. Poco después de ello, los padres constataron que en Jakub todos los síntomas de la enfermedad habían cesado. El examen médico confirmó que el niño había sido curado completamente. Los padres y la abuela vieron claro que se trataba de una acción extraordinaria del poder sanador de Cristo en la Eucaristía.

El Señor Jesús presente en la Eucaristía hace obras increíbles en la vida de aquellas personas que se le encomiendan por completo, rompiendo toda atadura de pecado. Si empezamos a eliminar de nuestro corazón todas las barreras, entonces Cristo, mediante el poder curador de su amor, primero hace lo más importante: curar el espíritu; y si lo considera necesario, también cura las enfermedades de nuestro cuerpo. En los archivos de la colegiata de Sokółka se halla, entre otras cosas, la documentación de la sanación milagrosa, en febrero de 2011, de Anna Jazurek, de 25 años, que padecía un cáncer de mama avanzado; también la de Justyna Popowczak, una adolescente enferma de cáncer de hígado. Los médicos, unánimes, se dicen incapaces de explicar estos casos desde el punto de vista científico.

Para Jesús, que nos acompaña a través de la Eucaristía, no existen situaciones desesperadas.

En agosto de 2011, en un vertedero cerca de Sokółka, se produjo un trágico accidente: un empleado, Jacek Dębko, quedó atrapado en el engranaje de la máquina prensadora de basura. Cuando lo trasladaron al hospital, los médicos calificaron su estado como muy grave, sin posibilidades de sobrevivir. Entonces el párroco de San Antonio, Stanisław Gniedziejko, animó a  su familia a confiar sin límites en Cristo: a confesarse y a entregar su dolor a Jesús, a participar en la Santa Misa y a permanecer rezando ante Jesús presente en el Santísimo Sacramento. La acción sanadora del amor de Jesús fue inmediata; se produjo el milagro: el paciente con la cabeza aplastada recobró la salud.

La documentación médica de esa curación inaudita se encuentra en los archivos de la colegiata de San Antonio en Sokółka.

Sin embargo, las más importantes son las curaciones espiritules que Jesús presente en la Eucaristía realiza en dicha iglesia: conversiones, liberación de diferentes vicios y rupturas radicales con la vida pecaminosa.

Llamamiento a la conversión

El milagro eucarístico de Sokółka es un llamamiento dirigido a todos nosotros, para que recordemos que en cada iglesia en donde esté el Santísimo Sacramento y se celebre la Santa Misa, Cristo resucitado, presente en la Eucaristía, desea curarnos en el alma y en el cuerpo, y también llevarnos por el camino más recto al cielo. De ahí que debamos acudir a Jesús, participar en el sacrificio de la Santa Misa y adorarlo en el Santísimo Sacramento. “Es hermoso estar con Él –escribe el beato Juan Pablo II–, y, reclinados sobre su pecho como el discípulo predilecto (cf. Jn 13, 25), palpar el amor infinito de su corazón. Si el cristianismo ha de distinguirse en nuestro tiempo sobre todo por el «arte de la oración», ¿cómo no sentir una renovada necesidad de estar largos ratos en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento? ¡Cuántas veces, mis queridos hermanos y hermanas, he hecho esta experiencia y en ella he encontrado fuerza, consuelo y apoyo!” (EE, 25).

Solo accederá Cristo a nuestros corazones, para curar nuestras almas y nuestros cuerpos, cuando con sincero arrepentimiento y decisión firme de no volver a caer, confesemos todos nuestros pecados en el sacramento de la Divina Misericordia. Cuando el Señor Jesús realice el milagro del perdón de todos los pecados, podrá curarnos con su amor en el misterio de la Eucaristía.

Recibir la Sagrada Comunión es la unión más plena a la persona de Jesús Resucitado, que desea curarnos en nuestras almas y en nuestros cuerpos. No obstante, dicha unión no se dará si el hombre se encuentra en estado de pecado mortal. Por ello, Dios nos advierte: “Que cada uno se examine a sí mismo antes de comer este pan y beber esta copa; porque si come y bebe sin discernir el Cuerpo del Señor, come y bebe su propia condenación. Por eso, entre ustedes hay muchos enfermos y débiles, y son muchos los que han muerto” (1 Cor 11, 28-30).

El beato Juan Pablo II, en su encíclica sobre la Eucaristía, clama, citando a San Juan Crisóstomo: “«También yo alzo la voz, suplico, ruego y exhorto encarecidamente a no sentarse a esta sagrada Mesa con una conciencia manchada y corrompida. Hacer esto, en efecto, nunca jamás podrá llamarse comunión, por más que toquemos mil veces el cuerpo del Señor, sino condena, tormento y mayor castigo». Precisamente en este sentido, el Catecismo de la Iglesia Católica establece: «Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar». (...) Así pues, si el cristiano tiene conciencia de un pecado grave, está obligado a seguir el itinerario penitencial, mediante el sacramento de la Reconciliación para acercarse a la plena participación en el Sacrificio eucarístico” (EE, 36-37).

“Para Dios todo es posible” (Mc 10, 27)

Hace poco, conocí a un doctoren medicina que me contó cómo trata a sus pacientes. Antes de aplicar tratamiento farmacológico, durante la entrevista preliminar, les propone entablar un contacto personal con Dios. Anima a perdonarlo todo a todos, a no guardar rencor a nadie, a romper con todas las prácticas ocultistas y, sobre todo, a deshacerse del resentimiento hacia Dios por estar enfermos; también, incita a agradecer a Dios esta experiencia y a entregarle todo el sufrimiento y la enfermedad. A continuación, los anima a confesarse, a reconocer a Cristo todos sus pecados, a arrepentirse, a desear enmendarse, y a recibirlo en su corazón a través de la Sagrada Comunión.

El médico me enseñó la documentación de curaciones espectaculares de enfermedades incurables en muchos pacientes suyos que habían roto con el pecado y se habían reconciliado con Dios, despejando su corazón de todas las barreras que hacían imposible la acción del amor curador divino. Vi los resultados de los análisis y la radiografías de antes y de después de la curación de personas en fase terminal de cáncer que, sin embargo, cedió totalmente. Vi la documentación médica de uno de los pacientes, que prueba el hecho insólito de reconstruírsele espontáneamente un pulmón extirpado unos años antes; en otro caso, la documentación mostraba la reconstrucción espontánea del lóbulo del cerebro. También vi muchos otros casos de curaciones pasmosas, inexplicables para la ciencia.

Para Dios, no hay nada imposible. Hay que acordarse de que las curaciones físicas no son sino señal externa de lo más importante, es decir, de la curación espiritual.

Al rechazar y aborrecer de todo pecado, al perdonar los agravios y entregarnos a la total disposición de Dios Misericordioso, es seguro que quedamos curados en nuestro espíritu y volvemos al camino de la salvación. Entonces Cristo también podrá curarnos físicamente, dando así una señal para otras personas y una confirmación de la curación principal, la espiritual, de la liberación de la eslavitud del pecado y de Satanás. Dios no cura a todos físicamente pero curará a todos en el espíritu si se lo permitimos. A algunas personas les confiere una misión especial: las deja con la enfermedad física para que puedan unirse a Él en su sufrimiento, para la conversión y la salvación de los mayores pecadores.

El Señor Jesús murió y resucitó por todos, y su infinita Misericordia abraza a todos. Son los más grandes pecadores quienes tienen el mayor derecho a su Misericordia. Solo dejarán de salvarse quienes desprecien su Misericordia y la rechacen.

Para someterse a la cura de Cristo, primero hace falta confesarle todos sus pecados en el Sacramento de la Penitencia y, tras recibir la Sagrada Comunión, confiarle la vida entera, para que Jesús se convierta en nuestro único Señor y en el amor más grande de nuestra vida. A continuación, hace falta cambiar radicalmente los hábitos y constumbres pecaminosas. Con ese fin, hay que elaborar un programa del día, con un horario fijo para la oración, el trabajo y el descanso. En nuestra oración diaria debemos incluir una decena de rosario, la Coronilla a la Divina Misericordia y la lectura de un fragmento de la Biblia. A ser posible, os animo a participar diariamente en la Santa Misa y a hacer adoración al Santísimo Sacramento. El principio fundamental que debe observarse sin excepciones es procurar mantenerse en estado de la gracia santificante, pues permanecer en pecado mortal es la circunstancia espiritual más trágica en la que se pueda encontrar el hombre. Por lo tanto, debemos decidir firmemente y prometernos acudir al confesionario en cuanto hayamos incurrido en un pecado mortal.

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