Contra los hechos, no hay argumentos

autor: Mirosław Rucki

El verdadero científico examina los hechos y saca conclusiones. Si no hiciéramos más que ajustar nuestras conclusiones a una ideología impuesta, la ciencia se quedaría estancada. En cambio, examinando con exactitud los hechos, descubrimos la Verdad objetiva

El científico ante el milagro evidente

La profesora en Medicina Maria Sobaniec-Łotowska es una especialista de reconocida categoría, con un currículo incuestionable, reconocido e los círculos médicos de Polonia y del extranjero. Sus dictámenes suelen considerarse decisivos, pues en sus análisis y en las conclusiones procedentes se guía por su conciencia y por los estándares de la Comisión de la Ética en las Ciencias, adjunta a la Academia de las Ciencias Polaca. Por ello mismo, cuando me enseñó las sorprendentes fotografías relizadas con un microscopio óptico y con uno electrónico de transmisión, no quedó lugar a duda. Lo que vi era sobrecogedor.

La ciencia se rige por el principio de lo verificable. Lo que descubre u observa un investigador debe reconocerse como hecho objetivo si otro investigador, con independencia del primero, advierte lo mismo. No tuve la oportunidad de encontrarme para hablar con el profesor Stanisław Sulkowski, que examinó las mismas muestras y obtuvo los mismos resultados; pero su firma al pie del informe de la investigación me bastó. Dos profesores me confrontaron con un hecho indiscutible, comprobado científicamente: una Hostia consagrada se había transformado en tejido del miocardio humano.

He visto distintos objetos y estructuras al microscopio: yo mismo he realizado análisis microgeométricos de distintas superficies. Por ello, no me costó nada reconocer en las fotografías la estructura de una Hostia, así como un tejido muscular y finos vasos sanguíneos que parecían fundidos en ella. Dichos elementos tan dispares estaban tan integrados que constituían una estructura única, continua y sorprendente que a la vez era pan y carne humana. Es absolutamente imposible fabricar tal combinación, por lo que los dos profesores se vieron obligados a reconocer que la materia de la Hostia misteriosamente había cobrado forma de miocardio.

La profesora Sobaniec-Łotowska me explicó que los fragmentos de carne observados bajo microscopio procedían, sin duda alguna, del corazón humano y que tenían el aspecto de haber sido extraídos del corazón de un hombre vivo en estado de agonía. Se constatan todas las alteraciones morfológicas conocidas por la medicina. Como experta con treinta años de experiencia en patomorfología, la profesora describió con seriedad los resultados de su investigación en el informe fechado a 21 de enero de 2009 y depositado en la Curia Metropolitana de Białystok. Desde octubre de 2009, cuando se publicó el comunicado de la Comisión Eclesiástica, no hubo por parte de medios científicos, ninguna objeción en cuanto a la fiabilidad de los resultados del peritaje. Por lo tanto, un científico honesto, independientemente de su talante ideológico, debe simplemente afirmar que se encuentra ante un milagro. 

Relación entre los hechos

Los científicos también deben saber relacionar los hechos. Si durante una comida viéramos como el pan se nos está transformando en trozos de carne humana, nos quedaríamos atemo-rizados e inducidos a buscar respuesta a la pre-gunta: ¿por qué ocurre esto? La comunidad de creyentes que fue testigo de la milagrosa transformación de la Hostia en tejido de un corazón agonizante conoce la respuesta a la pregunta sobre la índole del fenómeno.

En este punto, quisiera recordar al lector que, tal y como se entiende en el Evangelio, un “milagro” no es para nada un fenómeno pasmoso e inexplicable. Lo que se suele traducir a la lengua polaca  como “milagro”, en los idiomas originales de la Biblia significa “poder, manifestación del poder de Dios”, o “señal, confirmación sobrenatural”. Dios no es un malabarista que pretenda causar asombro entre los humanos con sus números. Dios tiene algo que transmitir al hombre y confirma la veracidad de sus palabras con una manifestación concreta de su poder.

En el caso de la Eucaristía, las palabras de Jesucristo son sencillas, inequívocas y, traducidas literalmente del griego, suenan como sigue: “tomad, comed (mascad-morded), esta es  mi carne”. Conceptos muy concretos designan una realidad inconcebible: los discípulos de Cristo han de ir mascando y comiendo su carne,
y bebiendo su sangre. Los apóstoles debían de estar aterrados al escuchar esas palabras durante la Última Cena. Con anterioridad, el discurso eucarístico había causado la marcha de varios discípulos (Jn 6, 60-66); y ahora, inducía finalmente a Judas Iscariote a la traición (Lc 22, 19-21; Jn 13, 21-22). Simplemente, era algo demasiado difícil para la mente humana. Solo después de la resurrección del Señor Jesús y del descenso del Espíritu Santo, los discípulos pudieron aceptar plenamente la verdad de la transformación del pan eucarístico en verdadero Cuerpo de Cristo. Y san Pablo, ausente de la comunidad de los apóstoles en la Última Cena, debió “retomar” dicha enseñanza sin reservas, le gustara o no (véase I Cor 11, 23-29).  

De acuerdo con el magisterio de la Iglesia, la ofrenda realizada una vez por Cristo se sigue haciendo presente en los altares del mundo entero, en la Eucaristía. Esta verdad ha sido escrita de un modo asombroso en los relatos de los evangelistas, donde aparece la palabra ανάμνησις, la cual suele traducirse como ´recuerdo´. No obstante, en su origen, se trata de algo más que un recuerdo o una conmemoración. En el contexto judío, sobre todo, esta palabra significa el hacerse presente, el volver a hacerse realidad algo que sucedió una vez. Los judíos, celebrando cada semana el shabat, lo hacen como para “conmemorar los días de la creación del  mundo”: para ellos supone hacer presente, volver a vivir como una realidad aquel día de descanso que sucedió entonces, al principio mismo. Al celebrar cada año la Pascua, lo hacen como si cada uno de ellos participara, de manera real, en los acontecimientos de Egipto. Es este sentido, precisamente, el que encierran las palabras de Jesús: hacedlo viviendo de manera real el sacrificio de mi cuerpo en la cruz.

El Señor Jesús habló de entregar su cuerpo y derramar su sangre de manera que los apóstoles que lo escuchaban entendieron que aquello justamente se estaba llevando a cabo (y no que fuera ocurrir en el futuro). Podía parecerles raro: pues seguían viendo a Jesús vivo que participaba con ellos en la cena. Sin embargo, a partir de que Jesús pronunciara dichas palabras, empezó el “ahora” continuo de su sacrificio, el cual se hizo una vez pero que se vuelve realmente presente en cada Eucaristía celebrada.     

Dios, cuando revela su voluntad en Israel, utiliza con particular consecuencia esas formas gramaticales al hablar de ciertos hechos del futuro como si ya hubieran ocurrido. De hecho, para Dios ya han ocurrido, aunque el hombre todavía no lo ha vivido en su pellejo. Jesucristo, al revelar a Israel su naturaleza divina, actúa igual. El ejemplo más claro de ello son las palabras: “los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen” (Jn 20, 23). La realidad humana está vinculada al tiempo y los apóstoles solo podrán absolver de los pecados en el futuro; pero para Jesús, todos están absueltos. Él hizo el sacrificio y Él los ha perdonado.

El milagro eucarístico cuyos testigos fueron los discípulos de Cristo de la parroquia de San Antonio de Sokółka y que ha sido corroborado por los profesores de patomorfología de la Universidad Médica de Białystok, es una señal lógica que vuelve a confirmar la seriedad de las palabras de Jesucristo.

La estructura peculiar e inimitable de la Hostia parcialmente transformada confirma la proveniencia sobrenatural del poder que la creó. A su vez, el tejido del corazón aplastado por el sufrimiento apunta hacia el incesable y real hacerse presente del sacrificio de Cristo en la Eucaristía. Muestra como las palabras de Jesús escritas en tres Evangelios y en la I Carta a los Corintios no son una declaración vacua, una metáfora o un símbolo. Son, simplemente, una realidad.

De ahí que estemos ante una serie de hechos nada fortuitos y sí ligados entre ellos: Jesús pronunció unas palabras, en consecuencia de las cuales hizo un sacrificio y resucitó; de acuerdo a ello, la Iglesia, desde hace veinte siglos, cada día hace presente su Sacrificio y su Resurrección en la Eucaristía. El milagro de  la Eucaristía viene a ser una señal, una confirmación de que todo aquello es verdad objetiva; de que nuestra fe tiene sentido y de que de manera real conduce a la resurrección y a la salvación.

Descrédito de los ”racionalistas”

Los hechos citados son objetivos y la relación de unos con otros es lógica y racional. No obstante, personas quese autodenominaban “racionalistas”, al enterarse del milagro de Sokółka reaccionaron de una manera extremadamente irracional: pusieron una denuncia a la Fiscalía, sugiriendo que, dado que el cura estaba en posesión de un fragmento de un corazón humano, debía de haber cometido un asesinato. Se inició un procedimiento judicial y el párroco recibió la visita de la policía.

Desde luego, el párroco señaló tanto a los autores del crimen como a la víctima. Tanto Pilato como Jesucristo son personas reales y toda persona que piense de forma racional, debe reconocerlo. Del mismo modo que ningún hombre racional va a presentar cargos hoy contra Pilato por haber asesinado a Jesús hace dos mil años. Lo único que hoy podría levantar sospecha es cómo el párroco de Sokółka habría entrado en posesión de un fragmento del corazón de Jesús, asesinado hace tantos años en Jerusalén. Sin embargo, siguiendo los procedimientos establecidos, una Comisión Eclesiástica reunió toda la información asequible y entrevistó a todos los testigos. Con absoluta claridad se estableció quién, en qué circunstancias y por qué motivo depositó la Hostia consagrada en un recipiente con agua y la colocó en una caja fuerte, así como quién guardaba las llaves y quién percibió primero la inusitada transformación. Es difícil ver un crimen en actividades cotidianas que se realizan en millones de iglesias en toda la Tierra, de modo que la Fiscalía sobreseyó la investigación.

Hay un chiste sobre dos tipos que ven por primera vez una jirafa en un zoo. Tras una reflexión prolongada, uno dice: “No creas lo que ven tus ojos. Un animal así no puede existir”. Me pre-gunto por qué personas que niegan hechos evidentes e incontestables se au-
todenominan “racionalistas”. La rea-lidad objetiva sigue siendo realidad objetiva independientemente de que la consideremos posible o imposible. La Hostia transformada de Sokółka no es una anomalía de la naturaleza ni un objeto falsificado: corrobora la transformación real del pan en Cuer-
po de Cristo que comemos en cada Eucaristía en la comunidad de sus discípulos. Se trata de una confirmación sobrenatural pero perfectamente real e incuestionable, visible para cualquiera que desee cerciorarse con exactitud de la Verdad.  

Dios espera tu respuesta

Es inconcebible el amor humilde de Dios, que “se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz” (Flp 2, 8). Dios, que dispone del poder absoluto sobre el universo, se entrega en manos del hombre, deseando tan solo nuestro amor y nuestra confianza. ¿Se puede hacer oídos sordos a su corazón paciente, entregado una y otra vez por nuestros pecados? ¿Se puede rechazar un amor tan grande?

Los hechos hablan por sí mismos. Jesucristo no hizo promesas falaces: Él de veras hizo el sacrificio de su cuerpo, salvando nuestra vida. Él mismo atravesó la experiencia de la muerte y de la resurrección para hacer posible nuestra salvación. Él hizo presente su sacrificio y las consecuencias del mismo en la vida de cualquiera que confíe en Él: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré 
en el último día” (Jn 6, 54).

Ahora todo depende de ti y de mí. Se nos pide tan poco: confiar y aceptar lo que Jesús nos da. No despreciemos esta única posibilidad que lleva a la vida eterna. Rechacemos todo pecado y siga-mos a Jesús hacia la santificación, hacia la verdadera vida y el verdadero amor.

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