Ubi Petrus, ibi Ecclesia

autor: Sebastian Bednarowicz

Paul Thigpen y Marcus Grodi, dos pastores protestantes, tras largas búsquedas espirituales acabaron descubriendo que solamente en la Iglesia Católica se encuentra la plenitud de la Verdad revelada. Porque la unión con Cristo se realiza de la manera más plena en la comunidad única e indivisible de la Iglesia Católica, congregada en torno al sucesor de Pedro.

La primera conversión

 

  Paul Thigpen, un estadounidense procedente de una familia presbiteriana, había perdido la fe de joven tras leer algunas obras de Voltaire. Al mismo tiempo, empezó a interesarse por la parapsicología, el ocultismo y otras corrientes de este tipo, que él mismo definiría más tarde como «basura espiritual». Quería analizar esos fenómenos desde un punto de vista científico y experimentaba con sesiones espiritistas, la levitación y otras prácticas semejantes. Durante sus estudios universitarios, en los años 60 del s. XX, Paul se implicó en la lucha contra el racismo. Estaba persuadido de que el hombre por sí mismo podía crear una sociedad armoniosa y que la vía para mejorar el mundo era la educación. Sin embargo, pronto sus sueños se vinieron abajo como un castillo de naipes. Los disturbios de carácter racista que estallaron en el campus de su Universidad pusieron en tela de juicio la motivación de sus aspiraciones hasta aquel momento y, sobre todo, removieron las bases de su humanismo ateo.

 

  Por aquel mismo tiempo, se hicieron patentes los efectos perjudiciales de su interés por el ocultismo, que le conducirían a un intento de suicidio. Solo la intervención de unos amigos le salvó de morir ahogado en un río, al que se había arrojado influido ―como él mismo cuenta― por una «fuerza demoníaca».

 

  Este suceso hizo reflexionar a Thigpen sobre el problema de la existencia del mal en el mundo. Gracias a las lecturas que le recomendó uno de sus profesores, Paul empezó a creer en la existencia de un mundo espiritual que ya no era para él solamente un ámbito que podía ser analizado y explicado científicamente. Esto supuso el reinicio de su relación con Dios, aunque al principio le resultaba francamente difícil creer en Él. Pese a ello, el hecho de reconocer la existencia de una realidad inmaterial le llevaría con el tiempo a intentar rezar, a meditar sobre la Biblia, a tener fe en Jesucristo y en la Revelación Divina.

 

  En todo ello influyó considerablemente el testimonio de vida de sus amigos, que eran cristianos, y que le invitaban a rezar en sus propias casas.

 

El culmen de esta etapa de peregrinaje espiritual para Paul fue confesar públicamente su fe durante un encuentro de cristianos evangélicos en Dallas, que tuvo lugar nada más terminar sus estudios: «Me convertí de mi incredulidad y sus nefastas consecuencias. Reconocí ante Dios que Jesucristo es Su Hijo y Le pedí que fuera mi Señor y mi Salvador. Al final mi mente había dejado que mi corazón creyera, que fuera obediente y que adorara».

 

  El camino hacia la unidad

 

  Después de su conversión, Paul participó activamente durante veinte años en el campo de la evangelización protestante. Trabajó como misionero en Europa, fue pastor de una congregación carismática y colaboró con editoriales cristianas. También fundó una familia y tuvo dos hijos. Parecía que ya no le hacía falta nada más para ser feliz. A pesar de ello, en el alma de Paul persistía cierta insatisfacción, el anhelo de algo más pleno que se reflejaba, entre otras cosas, mediante su deambular errante de una rama protestante a otra. Siendo él mismo presbiteriano, buscó la paz de corazón entre los metodistas, los baptistas, los episcopalianos, los pentecostales y los neopentecostales, pero en ningún sitio se sentía como en casa. Al mismo tiempo, y en contra de su mentalidad protestante, empezó a atraerle la Iglesia Católica.

 

  Paul mantenía en general buenas relaciones con los católicos. De joven, gracias a una amiga católica, acudía de vez en cuando a la Misa católica y mostraba su respeto frente a la fe de ella. Durante su estancia en Europa, le impresionaron mucho la belleza y la majestuosidad de las catedrales góticas, fruto de la piedad de generaciones olvidadas de constructores. El canto gregoriano le hablaba al corazón con su serenidad y sencillez.

 

  Sin embargo, serían sus estudios de Historia de la Teología los que desempeñarían un papel decisivo en su caminar hasta la Iglesia Católica. Cuando leía las obras de San Agustín, de Santa Catalina de Siena o de San Juan de la Cruz, tenía la impresión de que, a pesar de la distancia de siglos enteros, estaba hablando con estos santos y los entendía perfectamente. En los escritos de San Agustín dirigidos contra los donatistas, que en el s. IV se separaron de la Iglesia, escuchó el llamamiento a sí mismo para que no siguiera separado de Roma. La lectura de las obras de Erasmo de Rotterdam y del Beato Cardenal Newman le hizo darse cuenta que la Iglesia no es un fósil, sino que es el cuerpo místico de Cristo, un organismo vivo en crecimiento y desarrollo a lo largo de dos mil años.

 

  Paul también se percató de que el rechazo al magisterio de la Iglesia Católica había supuesto una gran pérdida espiritual para los fieles de protestantismo. Eso le resultó especialmente evidente por la ausencia en las iglesias protestantes de los sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía, que habían sido instaurados por el mismo Cristo para evidenciar Su obra salvífica, liberar a la gente de la esclavitud del pecado, santificarla y unirla con Él. Ningún movimiento carismático está en condiciones de suplantar esa falta de vida sacramental. Aunque una muestra de ello lo constituye el hecho de que hayan aparecido infinidad de consultas psicoterapéuticas allí donde la gente ha rechazado el sacramento de la Penitencia. Para Thigpen resultó muy importante descubrir que las normas litúrgicas de la Santa Misa, al contrario que la opinión general de los protestantes, habían existido en la comunidad de los primeros cristianos. Allí no había lugar ―como quieren los carismáticos―, para una total arbitrariedad.

 

  Tras terminar sus estudios de Historia de la Teología y obtener el título de doctor, Paul estaba convencido de que solamente en la Iglesia Católica se encuentra la plenitud de la Verdad revelada y que él mismo debería hacerse católico. Poco tiempo después, a esta misma conclusión llegaría su esposa y juntos, el mismo día, fueron solemnemente recibidos en la Iglesia Católica, la gran familia de Cristo.

 

Cuando ustedes digan «sí», que sea sí, y cuando digan «no», que sea no

 

  Diferente fue la suerte que corrió otro protestante norteamericano, Marcus Grodi, que había sido educado en una familia de cristianos evangélicos, y ya desde su infancia había tratado de descubrir en su vida la voluntad de Dios. Tras concluir una carrera técnica, trabajó en algunos lugares como ingeniero, pero crecía continuamente en su interior la sensación de estar llamado al servicio exclusivo del Señor. Por eso decidió ingresar en una Facultad de Teología para más tarde acabar recibiendo la ordenación como pastor.

 

  Desempeñando esa función de pastor protestante, Marcus se tomaba muy en serio sus obligaciones. Se esforzaba por ser el mejor pastor que conduzca hacia la salvación a los fieles que tenga encomendados. Desde el comienzo, precisamente debido a su celo pastoral, tuvo que hacer frente a varios problemas trascendentales. Se trataba, sobre todo, de cómo interpretar la Sagrada Escritura. Marcus se dio cuenta muy pronto de que el enfoque protestante de la exégesis bíblica no garantiza una comprensión correcta de la Palabra de Dios ni, por consiguiente, tampoco de cómo orientarse con ella en la vida. Lo que antes se presentaba como libertad, se había transformado en anarquía. Cada uno de los pastores tenía su propia opinión en cuestiones de interpretación bíblica, lo cual, en caso de dudas, impedía hallar una respuesta correcta. «¿Dónde está la verdad?» ―se preguntaba Marcus. Desgraciadamente, no conseguían mostrarla ni él mismo, ni sus compañeros pastores, ni sus superiores religiosos, ni tampoco los libros exegéticos protestantes.

 

  La noticia más chocante para Marcus fue enterarse de que su congregación aceptaba e incluso financiaba abortos. Decidió que no iba a permanecer más dentro una rama protestante que consentía matar a niños no nacidos, y empezó a buscar otro sitio donde pudiera realizarse como pastor. Al ir conociendo las doctrinas de diversas congregaciones, sin embargo, no halló ninguna que le convenciera plenamente. Desanimado, decidió renunciar al servicio como pastor y regresar a su labor profesional en el campo de la ingeniería genética y la bioética.

 

  «Para que sean uno»

 

        El verdadero comienzo de la senda que le llevaría hasta la Iglesia Católica fue su encuentro con Scott Hahn, un eminente teólogo protestante, que en 1987 se había pasado al catolicismo. Marcus conocía a Scott todavía desde su época universitaria y nunca se hubiera imaginado que Hahn se pudiera volver católico. Con asombro leyó en un periódico local que Hahn, presentado como teólogo católico, iba a dar una conferencia en una de las iglesias. Marcus acudió a aquel encuentro que había visto anunciado, cruzando por primera vez en su vida el umbral de un templo católico. Después de la conferencia, intercambió un par de frases amables con Scott, quien le sugirió que se comprara una copia de la grabación en la cual se narraba la historia de su conversión, y el libro de Karl Kaeting: Catolicismo y fundamentalismo.

 

  Tanto la audición de la cinta como la lectura del libro ofrecieron a Marcus las respuestas a los interrogantes que le asediaban. Empezó a leer otros libros católicos que le reafirmaron en el convencimiento de que la Verdad se encuentra dentro de la Iglesia romana.

 

  Basándose en sus desagradables experiencias con su anterior congregación, Marcus comprendió cuál fue el principal error de Martín Lutero. Es decir, llegó a la conclusión de que Lutero no debería haber reformado la Iglesia separándose de Roma, sino haberlo hecho mediante la oración, la penitencia y dando buen ejemplo. Desgraciadamente, cada rama protestante particular, en caso de dificultad y siguiendo el ejemplo de Lutero, multiplica sus divisiones. Actualmente hay muchos miles de ellas y continúan apareciendo más. En cambio, esta regla de la división no es bíblica y se opone al designio de Cristo: «para que sean uno» (Jn 17, 11).

 

  La desintegración interna del protestantismo, la falta de unanimidad en cuestiones doctrinales y éticas, la interpretación individual de la Sagrada Escritura, al igual que otros errores son resultado de poner la propia opinión por encima de la autoridad de la Iglesia. Los protestantes creen que «solo la Sagrada Escritura» (sola Scriptura) constituye la mayor autoridad y que cada fiel es capaz de interpretar correctamente el sentido de la Biblia. Los católicos, por el contrario, creen que ha sido Jesucristo quien fundó instituciones tales como la Iglesia y la Tradición, que deben guiar a los fieles en la interpretación auténtica de la Sagrada Escritura. Hay que recordar que la Sagrada Escritura surgió en el seno de la comunidad de la Iglesia. Pues la Biblia cimienta la existencia de la Iglesia. Primero Cristo fundó la comunidad de la Iglesia y única y exclusivamente en dicha comunidad, bajo la inspiración del Espíritu Santo, empezaron a aparecer los libros del Nuevo Testamento. No solo los respectivos libros del Nuevo Testamento dependen de la existencia de la Iglesia, sino también el hecho de que fueran reunidos en un único libro. Solo a partir del Sínodo de Roma (382 d. C.), y de los concilios de Hipona y Cartagena (años 393, 397 y 419 d. C.), la autoridad de la Iglesia fijó qué libros habían sido inspirados por el Espíritu Santo y tenían que encontrarse en el canon de los escritos cristianos del Nuevo Testamento, y cuáles no. Para averiguar la verdad sobre la Iglesia, primero hay que acudir a la Iglesia que ya existía antes de que apareciera la Sagrada Escritura; a la Iglesia en la cual fueron escritos los textos del Nuevo Testamento; a la Iglesia que reunió esos textos en un único libro. La misión de interpretar de modo infalible la Sagrada Escritura y de llevar a cabo su magisterio ha sido encomendada por Cristo a la Iglesia, en virtud de la sucesión apostólica: «El que los escucha a ustedes, me escucha a mí» (Lc 10, 16). Únicamente el arraigo en la Tradición permite una interpretación correcta de la palabra de Dios y su aplicación práctica en la vida cotidiana.

 

  El elemento definitivo que convenció a Marcus de que debía pasarse al catolicismo fue su estudio de la Biblia, de los documentos conciliares y el libro del Beato Cardenal Newman: An Essay on the Development of Christian Doctrine [Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana]. Dicho libro disipó sus dudas y comprendió que la Iglesia Católica es la verdadera Iglesia de Cristo, la cual, como heredera de la tradición de los apóstoles, transmite la fe y la ciencia de la moral de un modo infalible.

 

  El Papa es el timonel de la Iglesia

 

  Cada barco tiene que tener un timonel. De lo contrario, no es capaz de arribar a su destino y en caso de tormenta está condenado al naufragio. El timonel en la Iglesia es el Papa, que junto con los obispos nos guía, nos enseña y nos da la seguridad de que estamos navegando en la buena dirección. Esta verdad la han descubierto Paul, Marcus e incluso muchas más personas, las cuales han comprendido cuántos numerosos errores cometen las iglesias protestantes: la falta de respeto hacia la vida humana, la profanación del sacramento del matrimonio o el mismo rechazo de los sacramentos; y que todo ello resulta incompatible con el cristianismo. Los que actúan de este modo ―y al mismo tiempo se están remitiendo a la autoridad de la Biblia―, están caricaturizando las enseñanzas de Cristo y los apóstoles.

 

Al mismo tiempo, el ejemplo de Paul y Marcus debe recordarnos qué grande es el tesoro que poseemos por el hecho de pertenecer a la Iglesia. No lo olvidemos ni tratemos de poner nuestras opiniones personales por encima de su magisterio.  

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