Los mitos en torno a la Edad Media

autor: Grzegorz Kucharczyk

 

Acusar a la Edad Media de ser una época oscura y supersticiosa no es otra cosa que hipocresía en nuestros tiempos, en los que basta abrir cualquier periódico o mirar cualquier programa de televisión para ver la popularidad de la cual gozan los distintos clarividentes, especialistas en tarot y curanderos de Filipinas...

 

La época de la Edad Media no goza de buena opinión. De hecho, desde los tiempos del llamado Renacimiento Humanista (s. XVI), pasando por la Ilustración (s. XVIII) y el positivismo, hasta las diferentes visiones del mundo de los siglos XIX y XX (encabezadas por el marxismo), no ha cesado de ampliarse continuamente la leyenda negra sobre el Medievo. Normalmente, se presenta este como un período de retroceso de la civilización, oscuro y supersticioso, cruel y repleto de odio hacia las otras religiones. Resulta significativo el hecho de que la Edad Media fuera la que, en la historia de Europa, se aproximara más a la denominación de “época cristiana”. Entonces existía realmente la christianitas, la comunidad de pueblos y naciones cristianos, donde el cristianismo se daba no sólo en el ámbito privado, sino también en el público. Como es sabido, para los autores de la llamada Constitución Europea, rechazada hace un par de años, la descripción que en su Preámbulo se hacía de las raíces de Europa quedaba limitada a la Antigüedad y a la Ilustración. Del cristianismo (el más visible como factor civilizador) no se decía ni una palabra...

 

Al mirar las acusaciones vertidas a lo largo de los siglos contra la Edad Media, se aprecia  esa típica mezcla de ignorancia y de hipocresía. Porque no constituye otra cosa que hipocresía acusar a la Edad Media de ser una época oscura y supersticiosa, en los tiempos en los que basta abrir cualquier periódico o mirar un programa de televisión para ver la popularidad de la que gozan los distintos clarividentes, especialistas en tarot y curanderos de Filipinas... Otro tanto sucede con recriminar una crueldad particular a la gente de la Edad Media. Desde la perspectiva del siglo XX, la época de los genocidios masivos, resulta una recriminación ridícula. En este sentido, el Medievo, si lo comparamos con el recién concluido siglo de los totalitarismos, más bien parece un oasis de calma y paz.

 

El desarrollo de la ciencia en la Edad Media

 

No se trata tan sólo de hacer comparaciones. Aquí nos topamos con el problema de la ignorancia de los detractores de la “época oscura”. Recordemos, no obstante, que el Medievo constituye un período de un progreso continuo del conocimiento humano y de las ciencias (también de las ciencias exactas). Hasta hoy en día, el mundo académico de la civilización occidental se basa en una institución que se creó ―principalmente bajo el patrocinio de la Iglesia―, durante la Edad Media, a saber: la Universidad. Las primeras universidades fueron creadas a principios del siglo XII (Bolonia). Las más prestigiosas también se remontan al Medievo. Baste recordar las de Oxford y Cambridge, la de Salamanca o Coimbra, la Sorbona y la Universidad de Montpellier, o Praga y Cracovia.

 

El desarrollo de la ciencia medieval estuvo condicionado por la apertura de esa época al legado intelectual de la Antigüedad. Puesto que el Renacimiento del siglo XVI no fue el primero en la historia de la civilización europea. En los siglos VIII y IX se da el llamado renacimiento carolingio, mientras que el del siglo XII fue una época de descubrimiento de la gran obra de los filósofos de la Antigüedad, sobre todo de Aristóteles.

 

Un mérito, que perdura como patrimonio de la Edad Media, es también la creación de la comunidad científica internacional. Fue entonces cuando se hicieron habituales los viajes de científicos a diferentes centros. El latín, el idioma reconocido universalmente por la comunidad académica europea, permitía una comunicación fluida. El cronista polaco del siglo XII, Wincenty Kadłubek, hizo estudios universitarios en la Sorbona y trabajó luego en Cracovia; Santo Tomás de Aquino, un italiano, estudió con San Alberto Magno en Colonia, para convertirse después en profesor de la Sorbona. Ejemplos como estos abundan. Una cosa resulta cierta: la Edad Media no fue una época de barreras, sino de una creación orgánica de la comunidad espiritual europea. Los muros son más bien una especialidad del siglo XX y de nuestros tiempos (baste citar el muro de Berlín o el reciente logro de este tipo: el que separa Israel de la Autonomía Palestina).

 

La apertura intelectual y la curiosidad propia de la Edad Media las corrobora mejor el desarrollo de las ciencias exactas que se hizo efectivo en aquel tiempo. Ese proceso vino condicionado por la creación de universidades, las cuales, a su vez, eran resultado de la apertura de la Iglesia a la Ciencia. Otro factor sumamente importante fue la adopción del legado de los filósofos de la Antigüedad (empezando por el citado Aristóteles), a través de las traducciones árabes. Pues la lucha contra el Islam en los planos religioso y político, para la christianitas europea no significaba cerrarse a las relaciones científicas con el mundo árabe, sobre todo en lo relativo a la renovación del patrimonio grecorromano.

 

Los investigadores contemporáneos de la Historia de la Ciencia subrayan que fue el Medievo el que sentó las bases para la ciencia de los tiempos modernos. Por ejemplo, se destaca la aparición en las universidades, a caballo de los siglos XII y XIII, de un fenómeno tan inusual como son los teólogos-filósofos de la naturaleza. Eran, sobre todo, representantes de la tan calumniada en siglos posteriores Escolástica (teología católica medieval que maneja el aparato conceptual retomado de Aristóteles). Esos filósofos se dedicaban no sólo a investigar la ontología de la creación, sino también su aspecto físico. Después fueron puestos en ridículo como aquellos que se dedicaban a considerar “el número de ángeles que pudieran caber en la punta de un alfiler”, pero de sus escritos es de donde se desprenden las bases de la cinemática y de la dinámica modernas, así como las primeras deliberaciones relacionadas con el posible movimiento de la Tierra alrededor de su eje (lo cual anunciaba ya la revolución copernicana). Sus investigaciones acerca de un espacio vacío infinito contribuyeron en gran medida a conformar la imagen del espacio que ha dominado la ciencia moderna.

 

Según afirma el historiador británico contemporáneo E. Grant: “Muchos de los problemas sustanciales que se presentaron a los científicos de los siglos XVI y XVII, y que estos se plantearon, eran legado espiritual de la Edad Media. Si no fuera por él y por la larga tradición de la Filosofía de la Naturaleza en las universidades medievales, el siglo XVII difícilmente hubiera encontrado temas que abordar. Sin el apoyo de los teólogos y de la Iglesia, las universidades medievales no habrían podido incluir entre las materias que impartían las ciencias exactas, la Lógica y la Filosofía de la Naturaleza, lo cual dio pie a que la Europa Occidental se implicara a largo plazo y de forma continuada en el pensamiento y los problemas de la ciencia”.

 

¿Qué pasa con la Inquisición?

 

Una de las acusaciones bandera contra la Edad Media es recriminarle que entonces reinara una “profunda intolerancia”. En este sentido, se apunta sobre todo contra la institución de la Inquisición. La Inquisición ―sinónimo y símbolo de opresión y de persecución por las ideas―, es una institución que, según sus detractores, contiene todos los rasgos de una concepción pre-totalitarista del Estado y de la sociedad.

 

De entrada, cabe distinguir ―cosa que muchos críticos dejan de hacer― entre la llamada Inquisición de Roma, creada a finales del siglo XII y que dependía del papa o de otros obispos; y la Inquisición española, creada en el siglo XV, y que dependía en un grado mucho mayor de la autoridad seglar. Por cierto, ese hecho fue causa de varias amonestaciones de los papas (en los siglos XV y XVI), enviados a la Iglesia española desde Roma. Por lo general, la leyenda negra de la Inquisición es la de la Inquisición española (véase, por ejemplo, la archiconocida figura del Gran Inquisidor Torquemada).

 

Cabe recordar que la Inquisición ―entendida como el acto de la Iglesia para examinar los asuntos relativos a la herejía―, apareció en Europa en un contexto histórico determinado, cuando en el sur de Francia, en la Provenza y en el Languedoc, empezó a propagarse la peligrosa ―no sólo religiosa, sino también socialmente―, herejía de los cátaros (o albigenses). Hablando en lenguaje de hoy en día, era una secta peligrosa, con toda la “metodología” sectaria de la captación de sus adeptos (lavado de cerebro, gestión de sus bienes materiales, etc.). Los albigenses estaban influidos por la antigua herejía del maniqueísmo, el cual se reduce a la noción de que la creación es algo malo, obra de un “Dios malo”. Como consecuencia de ello, el cuerpo humano también es algo malo y no es “templo del Espíritu Santo”, como enseña la Iglesia; de ahí que se pueda e incluso se deba destruirlo, por ejemplo a través de una lujuria desenfrenada. También es mala la sociedad. Cuantos padres contemporáneos, cuyos hijos han caído en las redes de alguna secta, desearían que el Estado actuara con firmeza poniendo fin a esas sectas. La Inquisición respondía a este tipo de necesidades. Según señala Régine Pernoud, una historiadora francesa contemporánea de la Edad Media: “La institución de la Inquisición también tenía un aspecto positivo en la vida práctica. En lugar del procedimiento de investigación, introducía el de acusación. No obstante, ante todo, en unos tiempos en los que el pueblo no se mostraba indulgente con los herejes, implantaba un sistema judicial normativizado”. El procedimiento de acusación conllevaba, por ejemplo, en el caso de la Inquisición romana, el derecho del acusado a presentar ante el tribunal una lista de personas que, por diversas razones, pudieran ser enemigas suyas (por ejemplo, por motivos de dinero), y cuyas declaraciones por lo general no se tendrían en cuenta durante el procedimiento inquisitorial.

 

Una segunda cuestión es la de las penas dictaminadas por la Inquisición. Tanto en el caso de la romana como de la española, la gran mayoría de ellas tenía un carácter de penitencia religiosa; por ejemplo, se mandaba hacer una peregrinación a un santuario o se ordenaba llevar una prenda de vestir especial a los penitentes, que en España se llamaba sambenito. La pena de cárcel era la segunda en cuanto a la frecuencia con que se dictaminaba en los tribunales de la Inquisición. Sin embargo, cabe recordar que una condena a prisión no equivalía a un encarcelamiento de hecho. En el caso de la Inquisición española, la práctica era más bien la de cumplir la pena de arresto domiciliario. Las famosas “mazmorras de la Inquisición” también forman parte de la leyenda negra. En realidad, su rigor no era mayor que el de las prisiones del Estado. Todo lo contrario, según comenta el investigador de la Inquisición Henry Kamen, en los siglos XVI y XVII no era raro que las personas fingieran ser herejes para ser trasladados de una cárcel ordinaria a una de la Inquisición.

 

Las sentencias de muerte eran escasas, sobre todo en comparación con la facilidad con la que las prodigaban los juzgados del Estado. En palabras del susodicho investigador británico: “El número de ejecuciones, relativamente bajo, contradice la leyenda de tribunal sanguinario [de la Inquisición española]”. Según cita el mismo científico, entre los años 1540-1700 la pena capital se hizo efectiva con respecto a menos del 2% de los acusados. En términos prácticos, eso significa que la Inquisición condenaba a muerte a menos de 3 personas al año en todo el Estado español (incluidas las colonias).

Pese a las afirmaciones de los autores de la leyenda negra de la Inquisición, los inquisidores no eran unos crueles estúpidos. Varios, después de muertos, fueron elevados a los altares (el papa Pío V, del siglo XVI, era inquisidor). En segundo lugar, eran muy escépticos ante las acusaciones que revestían un carácter de difamación o de simple fantasía. Si recordamos los llamados juicios por brujería, su momento de auge recae en los siglos XVI y XVII, cuando la “Edad Media supersticiosa” había pasado a la historia.

 

Pues resulta un hecho documentado que a lo largo del siglo XVI la Inquisición española se mostró muy reticente frente a las acusaciones de brujería contra las mujeres. En 1614, las autoridades supremas de la Inquisición adoptaron una instrucción oficial relativa a los llamados juicios por brujería, la cual ordenaba un alto grado de precaución. Se prescribía “examinar en primer lugar si los acusados están sanos en su mente o calmados o melancólicos”. Se puede decir que la postura de los inquisidores españoles seguía la opinión del obispo de Chartres, Juan de Salisbury (siglo XII), quien, en referencia a los “juicios por brujería”, afirmaba: “El mejor remedio contra esa enfermedad es seguir firmemente la fe y no hacer caso a las mentiras ni a esas locuras patéticas”.

 

Grzegorz Kucharczyk

 

Libros interesantes para leer:

Edward Grant: The Foundations of Modern Science in the Middle Ages: Their Religious, Institutional and Intellectual Contexts, Cambridge, 1996.

Henry Kamen: La Inquisición española, Barcelona, 1999.

Régine Pernoud: Para acabar con la Edad Media, Palma de Mallorca, 1998.

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