La conversión de Hermann Cohen

autor: Katarzyna Czarnecka

Esta es la breve historia de la conversión de Hermann Cohen, un gran pianista de origen judío, que vivió entre los años 1820-1871. Hermann Cohen formó parte de la flor y nata de la sociedad parisina durante el periodo romántico; fue un admirado virtuoso del piano y durante varios años se aprovechó de su posición para llevar una vida disoluta y permitirse todo lujo de caprichos. Fue amigo de Franz Liszt y se veía con George Sand. El 28 de agosto de 1847 recibió el bautismo, adoptando los nombres de Agustín-María y Enrique. Desde ese día comenzaría su nueva vida...

Tocado por Dios

 

Era mayo de 1847. París, como siempre, parecía una ciudad mágica: su mero nombre era para algunos promesa de felicidad. Miles de personas tenían la esperanza de hallar en ella fortuna, placeres, momentos de despreocupación y quizá éxito. En los salones se reunían políticos y artistas, aristócratas, librepensadores, buscadores de fama... Una tarde de viernes, el segundo príncipe de la Moskowa estaba buscando a un director que quisiera dirigir el coro de la capilla de Santa Valeria. Aceptó la oferta un brillante pianista, oriundo de Alemania e hijo de un banquero: Hermann Cohen.

 

Procedente de una adinerada familia judía, Hermann Cohen no se pensó mucho la posibilidad de dar conciertos en un templo católico. Le interesaban la música y unos cantantes bien preparados, pero también ganarse el favor del príncipe. El coro tenía que dar esplendor al oficio de los viernes en honor a la Virgen María. Hermann observaba con tranquilidad a los fieles congregados. Le atraía su recogimiento. Cuando la ceremonia parecía acercarse a su fin, el músico advirtió algo incomprensible. Sobre el altar adornado con flores y velas, el sacerdote depositó un objeto dorado con gran unción, y después se arrodilló ante él con ostentosa veneración. Al cabo de un rato, el sacerdote alzó aquel  preciado objeto y trazó con él una cruz sobre las cabezas de la gente... Cohen todavía no entendía el gesto de la bendición con el Santísimo Sacramento. Sin embargo, sintió una emoción interior, como remordimientos pero agradables. Esta sensación continuó a pesar del transcurso de los días. El viernes siguiente, volvió a entrar en la misma capilla. La escena de la bendición se repitió. Hermann, profundamente conmovido, rompió a llorar. Al mirar a la Sagrada Hostia, sintió la presencia de Dios amoroso.

 

Un niño prodigio

 

Hermann Cohen, nacido en Hamburgo el 10 de noviembre de 1820, al principio fue educado en la tradición de la religión judía. Siendo un niño pequeño, sentía inclinación por el misterio y le gustaban los rezos en la sinagoga. Enviado por su padre a un buen colegio protestante, se ganó el cariño de sus compañeros por su forma de ser amable y cordial. Fue un excelente alumno y era consciente de sus propios talentos. Con apenas cuatro años y medio, forzó a sus padres a que le dieran su consentimiento para recibir clases de piano. Gracias a sus rápidos progresos, acabó superando con creces a su hermano mayor. Debido a problemas de salud, durante cierto tiempo se educó en casa. Asistió a las clases de música de un conocido profesor, a quien le gustaban la caza, los caballos y los juegos de azar; en una palabra: la vida mundana, y esto empezó a impresionar al joven. Cualquier formación religiosa suya se desvaneció en la sombra.

 

El entorno de Hermann estaba fascinado por su talento musical y lo consideraban un pequeño genio. Colmado de adulaciones, este niño de diez años no soportaba que le llevaran la contraria y sabía cómo presionar a su familia para que se complacieran sus caprichos. Un viaje a Frankfurt, donde fue recibido con entusiasmo en las cortes los príncipes alemanes, le reafirmó en la idea de que él era alguien extraordinario. Sin embargo, soñaba con París. Habiendo obtenido por fin el oportuno apoyo, se marchó a Francia. Tenía entonces 12 años.

 

Bajo la atenta mirada del maestro

 

A principios de los años 30 del s. XIX, en París estaban desarrollando su labor excelentes artistas. Uno de ellos era Franz Liszt, que entonces tenía 22 años y gozaba de la opinión de ser un buen hombre y honrado. Inicialmente se negó a aceptar a un nuevo alumno, pero, tras su audición, cambió de opinión. Hermann se acabó convirtiendo en su alumno preferido, atraído por su talento y su aspecto agraciado, y seguía a Liszt por los salones, acompañándole al piano. En poco tiempo alcanzó la fama: su nombre aparecía en los periódicos. Estaba orgulloso de ser amigo de George Sand, quien lo mencionaba en sus escritos. París ofrecía una nueva atracción: disfrutar con el virtuosismo de Cohen. Pero estos éxitos no ejercieron la mejor influencia sobre la personalidad de Hermann: tiranizaba a su madre y a su hermano, se entregaba a todos los placeres, sin pararse a juzgarlos. Orgulloso y realmente lleno de soberbia, incluso enviciado, pasaba mucho tiempo con malas compañías. Su vacío espiritual lo delataba, no obstante, una melancolía difícil de disimular, la cual se agravaría aún más con la marcha de Liszt. Pasados unos meses, Cohen pudo reencontrarse por fin con su maestro. Estuvo en Ginebra, donde se volvió adicto a los juegos de azar. Durante los años que siguieron, llevó una vida inquieta viajando por Europa. Fue a parar primero a Inglaterra, y luego a Italia, para, finalmente, regresar a Francia.

 

Tiempo de transformación

 

La oferta para hacerse cargo del coro de aquella pequeña iglesia parisina resultó ser un punto de inflexión en la vida de Hermann Cohen. El encuentro con Cristo presente en el Santísimo Sacramento decidiría el destino del músico. El pianista volvió muchas veces a la capilla de la rúe de Borgoña. Una tarde se puso de rodillas, sin saber todavía ante quién. Asistía, como un observador fascinado, a la santa Misa.

 

Pasado algún tiempo, le pidió ayuda a una duquesa: quería hablar con un sacerdote y comprender aquel misterio. El sacerdote resultó ser un hombre sabio y experimentado, muy distinto de la imagen del religioso que ofrecían los pasquines de moda por aquella época. Poco después, Hermann viajó a Alemania, donde asimismo pudo verse con otro sacerdote que le habían recomendado. Influido por esas conversaciones, decidió poner orden en su vida. Recordando el arrepentimiento que le invadió un día durante la Misa, escribiría más tarde: «Al salir de esta iglesia de Ems, era ya cristiano. Sí, tan cristiano como es posible serlo cuando no se ha recibido aún el santo bautismo...». Esa experiencia la comparaba a una confesión general ante Dios mismo. Cada vez más ardía en deseos de encontrarse con Jesús en la Sagrada Comunión: su cambio de vida lo atribuía unívocamente a Cristo presente en la Eucaristía. Su siguiente experiencia fuerte sería asistir a una ceremonia durante la cual se bautizaron algunas mujeres que, hasta entonces, habían profesado el judaísmo. Hermann se tomó muy a pecho la letra de la letanía que se cantó: «¡Jesús de Nazaret, rey de los judíos, ten piedad de los hijos de Israel! ¡Jesús, divino Mesías esperado por los judíos, ten piedad de los hijos de Israel! ¡Jesús, el deseado de las naciones, Jesús de la tribu de Judá, Jesús que curaste a los sordos, a los mudos y a los ciegos [...] ¡Ten piedad de los hijos de Israel!».

 

Vida nueva

 

Llegó el ansiado momento. Tras haber pasado nueve días de retiro en silencio y soledad, el 28 de agosto de 1847, «tembloroso y, sin embargo, firme», Hermann fue bautizado, tomando los nombres de Agustín-María y Enrique. Al elegir a sus patrones, quiso honrar particularmente a la Virgen María, pues fue una fiesta Suya la que había exigido un arreglo musical y, por ese motivo, Hermann se vio en su día dentro de un templo católico. La fecha del bautizo fue escogida igualmente con esmero: el día en que la Iglesia conmemora a San Agustín, otro gran converso.

 

Su entorno notó enseguida el notorio cambio que se había producido en su, hasta entonces, alocada vida. Ya no era el juerguista, el mujeriego, el despilfarrador que brillaba en sociedad o el deslumbrante virtuoso del piano que podía permitirse cualquier capricho. A Hermann lo que más le hubiera gustado hubiera sido huir del mundo y retirarse a un convento. Sin embargo, eso no era posible, aunque solo fuera por sus deudas descomunales. Durante dos años estuvo dando conciertos y ganando dinero para poder pagar, de esta manera, a sus antiguos acreedores. Al mismo tiempo, iba profundizando en su devoción a la Santísima Virgen María y también empezaba a comprender la necesidad de hacer apostolado. Cada vez más le reprochan que hable demasiado de religión: «Las damas ―dice― sienten que me haya perdido para el mundo a causa de mi devoción» 
y «[la gente] se burla de mi santidad».

 

Sus padres, que desconocían su conversión, estaban preocupados por una carta anónima que habían recibido. Además, alguien andaba calumniando que Hermann se había convertido al catolicismo solamente para lograr un lucrativo puesto de profesor de música en un colegio católico. Poco a poco, Hermann se fue preparando para otros grandes encuentros con Dios: hizo la Primera Comunión y, después, recibió la Confirmación. A menudo rezaba ante Jesús expuesto en el Santísimo Sacramento. Con esta práctica se relaciona un episodio fundamental: una noche, Hermann se sintió agraviado cuando, como hombre que era, le pidieron que abandonara la capilla de adoración, en la cual iban a quedarse unas mujeres para hacer una vigilia nocturna de oración. Así pues, pasado un tiempo, fundó un círculo de hombres que deseaban dedicarse a la adoración nocturna del Señor presente en la Eucaristía, tras haber obtenido el oportuno beneplácito de las autoridades eclesiásticas. Pero Hermann fue más lejos: ante el altar de la Santísima Virgen había hecho votos de que deseaba ordenarse sacerdote y, en concreto, ser carmelita.

 

Las puertas del Carmelo

 

«Santa Teresa va a ser mi madre; el escapulario, mi hábito; una celda de ocho pies cuadrados, todo mi universo» ―escribió Hermann. Realizar una vocación así entendida no iba a resultarle fácil. Este músico, recién convertido desde no hacía mucho tiempo, tenía que solicitar un permiso especial. Durante esa espera, les escribió a su madre y sus hermanos el 16 de agosto de 1849: «[…] me hallo en el noviciado de una Orden religiosa famosa en la historia por sus austeridades, sus penitencias y su amor a Dios». El 6 de octubre de 1849 recibe el hábito religioso y cambia su nombre por el de Agustín-María del Santísimo Sacramento. El 19 de abril de 1851 fue ordenado sacerdote. Emprendió una labor apostólica muy intensa. Se preocupó mucho por la conversión de sus seres queridos y, al cabo de unos años, pudo alegrarse por el bautizo de su propia hermana. Al poco tiempo, también se pasó al catolicismo un sobrino suyo, Jorge, de 11 años, provocando que padre montara en cólera: él también había sido atraído por Jesús presente en la Sagrada Hostia, que Jorge vio durante una procesión del Corpus Christi. El pequeño Jorge conseguiría, posteriormente, convertir a otro familiar más.

 

El cambio radical de vida de Hermann, ahora ya fraile, tuvo gran eco en París. El ejemplo del converso sirvió de ayuda a las personas que tenían dudas, pero por otra parte, sin embargo, la fama a veces constituía una carga. De manera que el padre Agustín de buena gana aceptaba tareas que implicaban hacer largos viajes. Prestó servicio como predicador, fundó conventos en Francia, se encargó de velar por la creada anteriormente Asociación de la Adoración Nocturna del Santísimo Sacramento. Asimismo, concedía gran importancia a la misión de los seglares: «[...] en nuestro siglo, los seglares tienen más influencia en las almas que los mismos eclesiásticos, y las conversiones que conozco hechas por seglares son innumerables». Algunos de sus antiguos conocidos escucharon con gusto la palabra de Dios proclamada por el carmelita (entre ellos, Liszt), y otros se limitaron a hacerle burla. Al poco tiempo, el Papa Pío IX le envió a Inglaterra, encomendándole la misión de colaborar en su conversión.

 

El milagro de Lourdes y el milagro del perdón

       

El trabajo intenso y prolongado a lo largo de tantos años había hecho imposible hasta entonces la realización de la mayor aspiración de este fraile: la de hacerse ermitaño. Su siguiente obstáculo sería la enfermedad de sus ojos, cada vez más grave: el padre Agustín desarrolló un glaucoma, que le imposibilitaba no solo la lectura. El día del arcángel San Rafael, quien ―como enseña la Sagrada Escritura―, había curado de su ceguera a Tobit, Agustín empezó una novena a Nuestra Señora de Lourdes, que culminó con una peregrinación hasta la fuente milagrosa. Su mejora paulatina finalizó con el cese brusco de la enfermedad. El carmelita curado también tuvo la oportunidad de verse con Bernadette. Más tarde se alegraría de que ella entrara en un convento, convencido de que esa decisión protegería a la joven de las malas consecuencias de la fama.

 

También supuso una enorme gracia para él encontrarse con su padre moribundo, a quien Hermann no había visto desde el momento en que ingresó en los carmelitas. Su progenitor, que había maldecido y desheredado al Hermann-apó-stata, ahora deseaba verlo. En el lecho de muerte, le dijo a su hijo: «Te perdono las tres mayores culpas de tu vida: haberte convertido al catolicismo, haber convertido a tu hermana y, finalmente, haber bautizado a tu sobrino».

 

La Eucaristía es la felicidad

 

El padre Agustín desempeñó el cargo de Maestro de novicios y también llegó a sustituir al Provincial. Por un corto período de tiempo se retiró como ermitaño al santo Desierto. El comienzo de la década de los 70 del s. XIX levantó un vendaval político. Debido a la Guerra franco-prusiana, el padre Agustín se vio ante una compleja tesitura: como judío de origen alemán, no estaba bien visto por los franceses. Decidió, por lo tanto, marcharse a Suiza. En Ginebra se hizo cargo de la dirección espiritual de los exiliados.

 

A mediados de diciembre de 1870, el padre Agustín fue llamado por el obispo. Resultó que en Prusia permanecían muchos prisioneros de guerra franceses, y que las autoridades del Estado no habían permitido la entrada de sacerdotes franceses que les atendieran espiritualmente. Surgió la oportunidad de que obtuviera dicha autorización un fraile nacido en el seno de una familia alemana. Hermann aceptó el encargo. Al partir, el 24 de noviembre de 1870, pronunció unas palabras proféticas: «Alemania será mi tumba».

 

Su labor como capellán castrense en la localidad berlinesa de Spandau suponía velar por las necesidades espirituales y materiales de millares de cautivos. Estaba siendo un invierno muy duro y había que esforzarse para lograr medios de subsistencia. Además, las confesiones duraban horas enteras en las frías salas del lazareto. La salud de Hermann Cohen, un carmelita entregado, empezó a debilitarse. Consciente de estar gravemente enfermo, dijo: «¡Cúmplase la santísima voluntad de mi Dios! Por lo demás, si curase, todavía vería cosas tristísimas. Pero hubiese deseado continuar trabajando para ganar almas para Jesús».

 

Se durmió en el Señor el viernes, 20 de enero de 1871. Entre los escritos que dejó se hallan estos magníficos pasajes, que nos hablan de su búsqueda de la felicidad y de su amor por la Eucaristía:

«He recorrido el mundo, he visto el mundo, he amado al mundo... y he aprendido una cosa en el mundo, y es que nadie goza en él de felicidad. ¡La felicidad! Yo la he buscado, y, para hallarla, he recorrido las ciudades, he atravesado los reinos [...]. La he buscado en la posesión del oro, en las emociones del juego, en las ficciones de una literatura romántica, en los azares de una vida aventurera, en la satisfacción de una ambición desmedida. La he buscado en las glorias del artista, en la intimidad de los hombres célebres, en todos los placeres de los sentidos y del espíritu. La he buscado, en fin, en la fe de un amigo, sueño de cada día y de todos los corazones... ¡Ah, Dios mío! ¿Dónde no la he buscado? [...] ¡Escuchadme! Esta felicidad yo la he hallado, la poseo [...] El corazón se me desborda de felicidad. [...] Sólo Dios puede satisfacer esta necesidad del corazón del hombre».

 

«María, la Madre de Jesús, me reveló la Eucaristía, yo conocí la Eucaristía, [...] Jesús está en la Eucaristía, y la Eucaristía es la felicidad, es la vida».

 

«Ya no tengo otra madre sino la madre de la Eucaristía; y no me acuse de tener mal corazón. Mi corazón lo guardo para amar a mi Jesús en la Eucaristía, para amar a María que me lo ha dado».

«¿Comprendéis ahora, queridos hermanos míos, que uno se haga fraile para vengar a este amor desdeñado?».

 

Katarzyna Czarnecka

 

(Para elaborar el artículo se ha consultado el libro de sor María Bautista del Espíritu Santo OCD: Künstler und Karmelit, Wiesbaden, 2002; mientras que las citas en cursiva están tomadas del libro: Hermann Cohen, apóstol de la Eucaristía, de Charles Sylvain, Pamplona, 2005).

 

 

 

 

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