Fiel a su elección

autor: Małgorzata Radomska

Ella llegó corriendo sin aliento a la casa parroquial y, con lágrimas en los ojos, le gritó: «¡Padre, por favor, auxilio…!». Él echó mano enseguida de su brazalete con los colores de la bandera de Polonia y, sin pensárselo dos veces, se apresuró hacia la casa indicada. Cuando llegó hasta allí, los soldados rusos ya estaban introduciendo a la fuerza a dos muchachas jóvenes en un coche que estaba aparcado cerca...

La vida no le mimó demasiado. Nació en 1910, en el seno de una familia numerosa muy pobre. Corrían tiempos muy duros, la vida era sencilla y humilde, y se trabajaba de sol a sol. Con solo seis años, Paweł perdió a su padre, muerto de asma. En su memoria se quedaría grabado únicamente el recuerdo de un hombre enfermo, que recorría todos los días los cuatro kilómetros que le separaban de la iglesia vecina, para asistir a la Eucaristía.

 

Entonces es Paweł quien asume todas las responsabilidades. Se hace adulto deprisa, pues quiere ayudar a su madre a mantener a sus hermanos. En sus ratos libres de trabajo, se oculta en un escondrijo hecho en un pajar, para estudiar. Es muy aplicado, el estudio no le causa ningún problema, de manera que va pasando curso tras curso con facilidad. Sin embargo, su situación no es nada fácil: para seguir estudiando, debe trabajar y ganar dinero para pagarse sus estudios y la estancia en casa de un tío suyo, con quien se aloja durante sus años de bachillerato. Durante las vacaciones realiza asimismo trabajos complementarios en las fincas del campo, en una cerrajería y en una mina.

 

  La decisión

  Paweł es un amante de la naturaleza, le encantan los paseos en bicicleta y la natación. Los juegos y deportes de equipo, especialmente el fútbol, le divierten muchísimo. Con mucho gusto se pone a cantar con otras personas. No obstante, todo esto no termina de colmar cierta nostalgia que anida en su corazón. Al principio no la entiende del todo, pero poco a poco va descubriendo en ella la llamada de Dios, y que se cristalizaría en su respuesta: elegir a Dios en primer lugar. Remata su «sí» en 1932, cuando, tras haber superado su prueba de acceso a la universidad, solicita ser admitido en el Seminario Diocesano de Silesia, con sede en Cracovia. Sin embargo, aún le espera otra prueba: debido al excesivo número de candidatos, no resulta admitido. Acepta esa disposición con humildad, como muestra de la voluntad divina.

 

Y cuando, desde el punto de vista humano, hubiera parecido ya que sus sueños más grandes quedaban descartados, o que Paweł hubiese reconocido mal su vocación y que se había equivocado; se topa con un artículo en la revista católica polaca Przewodnik Katolicki (trad. ‘Guía Católica’), que hablaba de la recién creada Sociedad de Cristo para los Emigrantes Polacos, fundada en la ciudad de Poznań por el cardenal August Hlond. Leyó sobre el carisma y la misión de esta orden, y en su corazón nació el convencimiento de que Cristo quería que él Le siguiera precisamente por ese camino: que Le entregara totalmente su corazón y sus manos, para llevarlo a todos aquellos polacos que, alejados de su patria, tratan de emprender una nueva vida en el extranjero y, más de una vez, acaban extraviados entre los diversos planteamientos que les impone el mundo. Paweł aceptó esa llamada íntima del Señor…

 

  Crecimiento

  En el noviciado, sus compañeros pronto se dieron cuenta de su sensibilidad frente a las necesidades de los demás. Era siempre el primero en prestar ayuda, sin esperar a que nadie se la solicitara y sin tener en cuenta si aquello formaba parte de sus obligaciones o no. Ayudaba a todos, sin juzgar tampoco si alguien se lo merecía: el verdadero amor no excluye a nadie. Como recuerda uno de sus compañeros: «aquello no se podría tildar de fervor de seminarista; más bien había en ello una madurez varonil, que no entiende de titubeos en el sacrificio» (cita extraída de W. Łakowicz). La mansedumbre, la humildad, la firmeza, la generosidad y el darse a los demás de forma desinteresada le marcan a Paweł el camino de su crecimiento espiritual. Vive guiado por el lema de la «conspiración para la santidad», fundada por él mismo y en la que participan otros tres compañeros de seminario: «El amor de Cristo me urge a ser todo en todos».

 

El 3 de junio de 1939, de manos del cardenal August Hlond, Paweł es ordenado sacerdote en la catedral de Poznań. Al poco tiempo, parte para trabajar en su primer destino: una colonia de obreros polacos en Kiviõli, Estonia. Allí, durante su ferviente labor pastoral, dirigida en particular hacia los pobres y los más necesitados, se entera del estallido de la II Guerra Mundial. Rechaza la propuesta de trasladarse a la segura Finlandia y regresa, en cambio, a Polonia. Debido a la actividad bélica no puede llegar hasta Poznań, de modo que se detiene en Łuck, en casa de un amigo del seminario, el sacerdote Alojzy Dudek, de la S. Chr. Paweł no se queda de brazos cruzados ni busca un lugar seguro; al contrario: en cuanto los bombarderos alemanes se alejan, sale corriendo del búnker para prestar auxilio a los heridos, para confesar a los que agonizan entre los escombros y administrarles la Extremaunción.

 

  Durante la guerra

  Tras la agresión de las tropas soviéticas contra Polonia, el 17 de septiembre de 1939, Paweł regresa a Paprocany, su localidad natal. Allí reconstruirá, con sus propias manos, una pequeña iglesia, en la que empieza a desarrollar un servicio pastoral para sus fieles. A pesar de las prohibiciones alemanas, predica sermones patrióticos en polaco. El día de la Ascensión del Señor, que las autoridades alemanes trataban como un día laborable, Paweł cambia la hora de la misa para que un mayor número de fieles pueda asistir. Estos hechos sirven de pretexto a la Gestapo para encarcelarlo. Es liberado gracias a un comandante austríaco, que poco después se pasaría del protestantismo a la Iglesia Católica y quien, a su vez, por dicho motivo pierde su cargo y es enviado a un campo de concentración.

 

Recuperar la libertad no supone para el padre Paweł el final de sus dificultades, al contrario: sufre represalias, provocaciones y múltiples registros por parte de la Gestapo. Como no tiene parroquia fija, corre el peligro de ser incorporado al ejército alemán. Al final, encuentra cobijo en la parroquia de la localidad de Lędziny, con el sacerdote Jan Klyczka, a quien había conocido en la cárcel. En esa parroquia asume el cargo de vicario. Con gran desvelo por su parte, se encarga de socorrer a uno de los sacerdotes polacos que huía de la policía alemana: le hace visitas, le confiesa, le lleva la Sagrada Comunión y, en la medida de sus posibilidades, le ofrece ayuda material.

 

Tampoco se olvida de los padres de otros sacerdotes encarcelados de la Sociedad de Cristo: a ellos también les envía paquetes de comida. A diario reza «por todos los que estén tristes, abandonados, necesitados del consuelo divino». En medio de aquel periodo inhumano, confía en Dios todopoderoso: «Quiera Dios que no vayamos a esperar demasiado tiempo un final rápido. Tengamos esperanza»: escribe en una carta a otro miembro de su comunidad.

 

  El sacrificio

  Efectivamente, por fin llega el ansiado final de la guerra. El ejército ruso entra en Lędziny. El padre Paweł no deja de actuar: para ofrecer seguridad a sus feligreses, organiza una policía ciudadana; hace de intérprete y de negociador entre los militares soviéticos y los habitantes del pueblo; entre otras cosas, contribuye a que se liberen 70 prisioneros de guerra, polacos que habían sido alistados por la fuerza al ejército alemán.

 

A los feligreses que durante la ocupación alemana habían ayudado a otros, los moviliza de nuevo para prestar ayuda ahora a los que lo necesiten mucho. Lleva una vida espiritual muy intensa, la cual constituye el motor de las actividades que emprende.

 

Es el 1 de febrero de 1945. El padre Paweł, tras confesarse la tarde del día anterior, ya ha celebrado con un corazón puro la misa matutina. También ha administrado el sacramento de la misericordia en el confesionario. Regresa a la casa parroquial. De pronto, oye el grito de una niña aterrorizada. Por sus palabras entrecortadas, intenta percatarse de qué es lo que ocurre: unos soldados soviéticos borrachos están acosando a su madre. Agarra su brazalete blanco y rojo, con los colores de la bandera de Polonia, y sale corriendo hacia la dirección indicada. La madre, probablemente, había conseguido huir, pero el cura advierte cómo un vil soldado ruso intenta introducir a la fuerza a dos chicas jóvenes en un coche. El joven vicario sabe a qué se arriesga, pero sin pensárselo dos veces corre hasta el soldado. La conversación degenera en discusión. Entre tanto, las muchachas se dan a la fuga. El soldado enfurecido, encañona con su arma al sacerdote. Él mismo intenta huir, pero otros soldados rusos le cortan el paso. Se oyen disparos...

 

Para ocultar el crimen, su cuerpo fue enterrado inmediatamente. Uno de los testigos de lo sucedido les pidió que al menos lo envolvieran en una sábana. Tras la salida de las tropas soviéticas, el cadáver del padre Paweł se traslada en procesión solemne hasta el convento de las Hermanas de la Caridad de San Carlos Borromeo. Sobre su lápida se gravó el siguiente epitafio: «Aquí descansa en Dios el padre Paweł Kontny, que murió como el buen pastor por sus ovejas». Al entierro acudieron muchos feligreses y sacerdotes. Hasta hoy día sigue viva la opinión sobre la santidad de vida del padre Paweł y de su muerte heroica. Asimismo, se ha iniciado su proceso de Beatificación.

 

  A imagen de Dios

  Aunque ahora estemos viviendo en otros tiempos y en otras circunstancias, con otros ídolos; no obstante, en la actitud de este sacerdote de 35 años hay algo que nos conmueve profundamente, algo que nos empuja a imitarlo.

 

Parece como si el padre Paweł hubiera descubierto, ante todo, la verdad de la dignidad humana, cuyo fundamento es el hecho de que el hombre ha sido creado «a imagen» de Dios; y él percibió de modo profundo esta verdad. Recordemos algunas ideas clave del magisterio de Juan Pablo II acerca de esta cuestión. «Decir que el hombre ―escribió Juan Pablo II―, ha sido creado a imagen y semejanza de este Dios quiere decir también que el hombre está llamado a existir “para” los demás, a convertirse en un don»; «la mujer fue confiada al hombre con su diversidad femenina [...] También el hombre fue confiado por el Creador a la mujer. Ellos fueron confiados recíprocamente el uno al otro [...]: para llegar a ser “una entrega sincera” del uno para el otro»; «la mujer debe “ayudar” al hombre, así como éste debe ayudar a aquella; en primer lugar por el hecho mismo de “ser persona humana”»; «En este amor se da una afirmación fundamental de la mujer como persona, una afirmación gracias a la cual la personalidad femenina puede desarrollarse y enriquecerse plenamente. Así actúa Cristo como esposo de la Iglesia, deseando que ella sea “resplandeciente, sin mancha ni arruga” (Ef 5, 27). Se puede decir que aquí se recoge plenamente todo lo que constituye “el estilo” de Cristo al tratar a la mujer. El marido tendría que hacer suyos los elementos de este estilo con su esposa; y, de modo análogo, debería hacerlo el hombre, en cualquier situación, con la mujer» (Cfr. Mulieris Dignitatem).

 

  La tarea de la dignidad

 

  El radicalismo del padre Paweł, quien no dudó en sacrificar su propia vida en defensa de la dignidad y la pureza de la mujer, constituye hoy en día un ejemplo y una inspiración para nosotros, cuando, a pesar de estar en tiempos de paz, se cuestionan ideológicamente y se destruyen los valores más bellos, cuando se está pisoteando de diferentes maneras la dignidad humana.

 

Ante todo, «entre las numerosas agresiones contra la dignidad humana, es preciso condenar con vigor la violación generalizada de la dignidad de la mujer, que se manifiesta con la explotación de su persona y de su cuerpo» (Juan Pablo II, Audiencia, 24 de noviembre de 1999). «Es hora ―escribió Juan Pablo II y sus palabras siguen siendo especialmente vigentes hoy en día―, de condenar con determinación, empleando los medios legislativos apropiados de defensa, las formas de violencia sexual que con frecuencia tienen por objeto a las mujeres. En nombre del respeto de la persona no podemos además no denunciar la difundida cultura hedonística y comercial que promueve la explotación sistemática de la sexualidad, induciendo a chicas incluso de muy joven edad a caer en los ambientes de la corrupción y hacer un uso mercenario de su cuerpo» (Cfr. Carta a las Mujeres).

 

Hay que tomarse en serio este llamamiento, tomárselo de una manera muy personal y, examinando nuestra propia actitud en el día a día, plantearnos la siguiente cuestión: ¿De qué lado estoy realmente en este combate espiritual?

 

«Esta dignidad depende directamente de la misma mujer, como sujeto responsable, y al mismo tiempo es “dada como tarea” al hombre», y él tiene una «responsabilidad hacia la mujer, hacia su dignidad, su maternidad, su vocación». «Cada hombre ―continúa Juan Pablo II―, ha de mirar dentro de sí y ver si aquélla que le ha sido confiada como hermana en la humanidad común, como esposa, no se ha convertido en objeto de adulterio en su corazón; [...] en un “objeto”: objeto de placer, de explotación. […] en todos los casos en los que el hombre es responsable de lo que ofende la dignidad personal y la vocación de la mujer, actúa contra su propia dignidad personal y su propia vocación» (Cfr. Mulieris Dignitatem).

 

También cabe añadir ―citando al beato Juan Pablo II―, que al mismo tiempo «esta dignidad depende directamente de la misma mujer, como sujeto responsable». «Muchas mujeres, debido especialmente a condicionamientos sociales y culturales, no alcanzan una plena conciencia de su dignidad. Otras son víctimas de una mentalidad materialista y hedonista que las considera un puro instrumento de placer […]. A ellas se ha de prestar una atención especial, sobre todo por parte de aquellas mujeres que, por educación y sensibilidad, son capaces de ayudarlas a descubrir la propia riqueza interior. Que las mujeres ayuden a las mujeres, sirviéndose de la preciosa y eficaz aportación que asociaciones, movimientos y grupos, muchos de ellos de inspiración religiosa, han sabido ofrecer para este fin» (Cfr. La Mujer, educadora para la paz. Mensaje de Juan Pablo II para la Celebración de la XXVIII Jornada Mundial de la Paz. 1 de enero de 1995).

 

  Una señal de protesta: el MCP

  En este contexto, presenta una enorme importancia el Movimiento de los Corazones Puros, una comunidad cuyo carisma particular es propagar la verdad revelada por Jesús sobre el amor, la sexualidad humana, el matrimonio y la familia; así como difundir un programa muy concreto para madurar en el amor, cuyo fundamento es entregarse al Señor Jesús.

 

Hace falta que la gente, pero sobre todo que los jóvenes descubran su dignidad como mujeres y como hombres, y que entiendan que la sexualidad es un don especial de Dios-Amor; que toda la sensualidad y los sentimientos deben regirse por la ley del amor, porque la esfera de la sexualidad humana es una esfera sagrada, donde Dios está presente y deseando que la unidad de los cónyuges sea un icono de Su comunión: de la relación de amor mutuo entre las Tres Personas Divinas.

 

Hace falta que esto lo descubran también los cónyuges, quienes, engañados por la tentación de la atracción y el deseo, están rompiendo su unidad matrimonial, sobre todo al inspirarse en la pornografía y al usar anticonceptivos.

 

Hace falta que en estos tiempos de libertad sexual se entienda globalmente la verdad de que «en los planes de Dios, la unión íntima del hombre y la mujer en el acto conyugal debe tener lugar solamente dentro del vínculo sacramental del matrimonio, ya que únicamente ahí el acto conyugal puede expresar el don desinteresado y absoluto de sí mismo al cónyuge, en Jesucristo para siempre. Solamente dentro del vínculo sacramental del matrimonio el acto conyugal contribuye a santificar a los esposos y a que participen en la vida y en el amor de Dios Uno y Trino» (cita extraída del padre M. Piotrowski).

 

Quien, de forma consciente y voluntaria, elige mantener relaciones sexuales fuera del matrimonio, se está apartando de la fuente de Amor y de Unidad; y, eligiendo el pecado, le está transmitiendo paradójicamente sus consecuencias a la persona que “ama” en ese acto sexual: ruptura y destrucción, que no solo afectan a sus dos protagonistas...

 

   El camino de la felicidad

  «Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios» (Mt 5, 8). Que la muerte por martirio del padre Paweł Kontny dé fruto en nosotros, para que ansiemos experimentar esa promesa en nuestra vida diaria, en nuestra vocación, la cual, por la gracia de Dios, estamos realizando. Que su intercesión nos obtenga una conversión real y profunda, y que podamos cortar con todo lo que reduzca la dignidad humana.

 

Que la elección radical de un corazón puro ―inspirada en la figura del padre Paweł―, les brinde a todos los sacerdotes y a las personas de vida consagrada la alegría de unirse con Cristo. Que sea una renovación del «amor primero», del primer «sí» a Jesús. Que se convierta en el camino de una entrega diaria, real y total.

 

Que la elección de la pureza de corazón traiga consigo una nueva calidad de unión a todos los matrimonios. Que les dé valor para que puedan construir la civilización del amor.

 

Por último, que todos los jóvenes descubran la pureza como un camino para hallar la riqueza de su propia dignidad, para reconocer su propia vocación y para realizarse plenamente, que es darse desinteresadamente al prójimo.

 

  Tu aportación

  Todos hemos sido llamados a construir la civilización del amor. Si dejamos de elegir valores supremos, si nos conformamos con ser mediocres, con el materialismo y el hedonismo, nos estamos privando a nosotros mismos del amor y también a las generaciones futuras. Dios ha depositado en nuestros corazones grandes deseos y ya va siendo hora de que los pongamos en práctica: «No es éste el momento para indecisiones, ausencias o faltas de compromiso. Es la hora de los audaces, de los que tienen esperanza, de los que aspiran a vivir en plenitud el Evangelio y de los que quieren realizarlo en el mundo actual y en la historia que se avecina» (Cfr. Homilía de Juan Pablo II durante la misa para los jóvenes en el hipódromo de Monterrico, Lima. 2 de febrero de 1985).

 

Tengamos el valor de vivir con un amor verdadero, no lo perdamos, no lo desperdiciemos... Con total seguridad, pueden ayudarnos a ello el Movimiento de los Corazones Puros, el Movimiento de los Corazones Puros para Matrimonios y el Movimiento de los Corazones Fieles.

 

En los momentos de tentaciones fuertes contra la fe y la castidad; al experimentar nuestra debilidad e impotencia para vencer nuestros vicios; cuando falta unidad en el matrimonio; cuando sentimos temor a confesar nuestros pecados ante Jesús en la Confesión; cuando aparece el pensamiento: «Dios esto a mí no me lo va a perdonar»; cuando nos parece que «con este pasado no se puede volver a empezar»; en el desánimo, en la duda, en el vacío espiritual y al emprender la lucha interior; cuando hace falta dar testimonio y nos falta valor; frente a cualquier dificultad que tengamos para reconocer la voluntad de Dios en nuestra vida cotidiana: pidamos la intercesión del padre Paweł y dejemos que nos entregue a Jesús, quien nos ama a cada una y cada uno de nosotros de manera personal, con un amor infinito.

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