Breve historia de un régimen impío

autor: Grzegorz Kucharczyk

Puede decirse que
el nacionalsocialismo, al expresar su declarada hostilidad hacia el cristianismo, traslucía características no solo de las izquierdas del s. XX,
 sino también de la época “posmoderna”

El cristianismo, ”la mayor desgracia de la humanidad”

En 1942, Hitler, en compañía de colaboradores cercanos, declaró sin rodeos: “Con trece, catorce, quince años, yo ya no creía en nada; y a decir verdad, ninguno de mis compañeros creía ya en la llamada comunión, ¡salvo algún empollón estúpido! Solo que yo entonces era de la opinión de que todo ello ¡había que hacerlo saltar por los aires!”.

Los líderes de la NSDAP buscaban modelos para la lucha contra el catolicismo en el pasado reciente de Alemania, en el Kulturkampf desatado por el canciller Bismarck. A la vez, declaraban que serían aún más eficaces en su lucha contra la Iglesia que el “canciller de hierro”. A través de los testimonios de H. Rauschning –en su momento, estrecho colaborador de Hitller–, sabemos que el líder del III Reich criticaba a Bismarck por sus tentativas de hacer frente al catolicismo “a base de leyes y del sargento prusiano”. Y para –según decía el Führer a sus colaboradores–, “acabar con los cuervos”, sobre todo había que utilizar la técnica de “hacerlos aborrecibles y risibles” y mostrarlos así “al pueblo y a la juventud”.

En uno de los monólogos que pronunció ante sus más estrechos colaboradores, el líder del III Reich confesó con sinceridad: “La mayor desgracia de la humanidad es el cristianismo. El bolchevismo es hijo ilegítimo del cristianismo. Ambos son obra de judíos. A través del cristianismo, el mundo está siendo engañado a propósito en cuestiones de religión”. También manifestaba hostilidad hacia el cristianismo el que fue el ideólogo principal del nacionalsocialismo, junto a Hitler: Alfred Rosenberg. Su libro El mito del siglo XX era de obligada lectura para todos los miembros del NSDAP, junto a Mein Kampf de Hitler; y a partir de 1933, pasó a ser uno de los compendios ideológicos del “Reich milenario”; por cierto, pronto fue inscrito en el Índice de libros prohibidos eclesiástico.

En su libro, escribía Rosenberg: “Iglesias de todos los credos afirmaron: la fe moldea al hombre... Pero la Religión Nórdica-Europea, conscientemente o no, anuncia: es el hombre el que moldea su fe o, para ser mas precisos: es el hombre el que determina la clase y el contenido de la fe que profesa [el subrayado es mío - GK]”. El lider ideológico del nacionalsocialismo postuló, además, la creación en Alemania de la “Iglesia popular” (“Volkskirche”), la cual debía velar ante todo por la “honra nacional” y por el “cristianismo alemán”. También interpretó de una manera peculiar la figura de Jesús: “Jesús se nos aparece hoy como un maestro consciente de Sí mismo (...). Para los pueblos germánicos lo que cuenta es su vida y no su muerte, glorificada por las razas alpinas y mediterráneas”.

Puede decirse que el nacionalsocialismo, al propugnar un programa de espíritu inventivo del hombre en el campo de la religión; al reivindicar la reducción de Cristo a una dimensión meramente terrenal; al expresar una hostilidad declarada hacia el cristianismo, manifestaba no solo todas las características propias de las izquierdas del s. XX, sino propias también de la época “posmoderna”. Como vamos a ver a continuación, a estas últimas le acercaba también el gusto por la blasfemia anticristiana.

Cualquier absurdo, mientras no sea cristianismo

Tras haber experimentado el odio hacia el cristianismo, Hitler dedicó sus años juveniles, de formación, a profundizar en los escritos de los “ariósofos” austríacos activos a caballo de los siglos XIX y XX; los “ariósofos” unían la mitología política pangermánica al ocultismo (teosofía) y a la gnosis. En obras de los autores como Guido von List o Jörg Lanz von Liebenfels (monje cisterciense expulsado del monasterio por su homosexualidad), el joven Hitler leía sobre la antigua civilización ario-germánica (la llamada civilización armánica), destruida principalmente por la Iglesia católica (evangelización de Germania); leía sobre la magnífica “religión de Wotan” que guarda sus secretos en los signos rúnicos (entre otros, la esvástica). Todo es posible de recuperar aún, argüían los creadores de la variante ocultista del racismo. Primero, hay que acabar con el enemigo número uno de la “civilización aria”, es decir, el catolicismo; a continuación, con las llamadas razas inferiores (Lebenfels recomendaba, por ejemplo, quemarlas como “sacrificio a Dios”). De ese modo, será posible el retorno a la “moral aria”, incluida la “moral sexual aria”. Liebenfels, quien estaba bastante enterado del tema, recomendaba, entre otras cosas, que se crearan monasterios eugenésicos especiales, donde “sementales arios” aseguraran la prolongación de la pureza de la sangre aria.

Después de 1933, las que podrían haber parecido ideas locas de autores de revistillas de tercera, se convirtieron en política oficial de la Alemania nazi. Heinrich Himmler, el jefe de las SS, incluso procuró que las ideas de Liebenfels se hicieran realidad bajo los auspicios de dicha formación, en forma de la llamada Lebensborn (la “fuente de la vida” aria; en otras palabras, prostíbulos para oficiales de las SS seleccionados según criterios raciales). Por cierto, el Reichsführer, entre la élite del III Reich, se encontraba entre los más fascinados por el ocultismo, la gnosis (que era de donde manaba la propia idea de las SS, la “élite elegida”) y las filosofías del Extremo Oriente. No fue casualidad que Himmler organizara, en 1938, una expedición al Tíbet, para familiarizarse con el “legado intelectual” del Dalái Lama y buscar en el Himalaya a los “arios perdidos” (parece que el jefe de las SS leía apasionadamente obras hinduistas y budistas).

Las SS, creadas y dirigidas por Himmler, debían ser una forja de la “raza de señores”. Se velaba, pues, no solo por la pureza de la sangre, sino también por las necesidades espirituales de sus miembros. Éstas suponían ante todo abandonar el cristianismo y volver a la “antigua religión germánica”, lo cual habían propuesto ya los mencionados “ariósofos”. Himmler difundió, pues, la costumbre de celebrar en la SS el equinoccio de primavera como “fiesta de la vida”; y el equinoccio de otoño como “fiesta de los héroes caídos”. Se trataba de reemplazar las fiestas cristianas del recuerdo de los muertos y de Pascua.

La mano derecha de Himmler en ese tipo de iniciativas fue Karl Wiligut, ocultista, miembro de distintas asociaciones esotéricas secretas, del tipo de Novus Ordo Templi. En 1924, fue internado en Salzburgo, en un centro para enfermos psíquicos (diagnosis: esquizofrenia grave); en cambio, en el III Reich, a partir de 1933, hizo una carrera vertiginosa. En la SS, fue ascendido al grado de Brigadeführer y aconsejaba a Himmler, por ejemplo, en cuestiones de localización de los centros de formación de la SS en lugares que él identificó como “centros de energía” (como el castillo Wawelsburg, en el sur de Alemania). Wiligut, que en honor al antiguo dios germánico Thor adoptó el apodo de Weisthor (Sabiduría de Thor), se consideraba heredero de una línea secreta de reyes germánicos, devotos de la “religión primitiva de los germanos”. Su dios era “Krist”, usurpado posteriormente por los cristianos bajo el nombre de Cristo. 

El historiador estadounidense T.W. Ryback, que investigó la colección de libros privada de Hitler, que en 1945 pasó a manos del ejército de EEUU, constató que el líder del III Reich hasta el final, hasta en el búnker berlinés, leía con atención literatura ocultista y espiritista. En los estantes del Führer se encontraban, por tanto, libros como Verstorbenen leben! (¡Los muertos están vivos!), volumen que contiene, por ejemplo, la descripción de “pruebas indiscutibles” de la veracidad de los contactos con los espíritus; o también, Annulus Platonis, reimpresión de un tratado ocultista del siglo XVIII sobre alquimia, magia y cábala.

También está marcado con el ex libris de Hitler un libro de Ernst Schertel sobre “historia, teoría y práctica” de la magia. El autor afirmaba en él, entre otras cosas, que “en nuestro cuerpo está contenida toda la historia del mundo, empezando por el nacimiento de la primera estrella. Lo recorren energías cósmicas, desde la eternidad y hasta la eternidad”. Tal panteísmo, harto guarnecido de ocultismo, lo encontramos en un comentario de Hitler que pronunció discurriendo a solas acerca del suicidio, a finales de 1941: “hasta cuando nos privamos de la vida, simplemente volvemos a la naturaleza, como materia y como alma”.

Lo interesante es que ese mismo hombre, Hitler, quien –al igual que la mayoría de la élite del poder de la Alemania posterior a 1933, creada por él–, creía en mitos y leyendas ocultistas, afirmara, refiriéndose a la doctrina católica de la Presencia Real de Cristo en el Santísimo Sacramento del Altar: “Un negro con sus tabúes es muy superior al hombre que crea de verdad en la transustanciación”.

Juventud nueva, alegre e impía

Como todos los movimientos impíos, el nacionalsocialismo alemán se esforzaba particularmente por convencer a los jóvenes de su ideología anticristiana. Tras llegar Hitler al poder en 1933, se liquidaron todas las organizaciones de jóvenes que no eran nazis, ante todo las vinculadas a la Iglesia católica. Los nacionalsocialistas con razón consideraban que el modelo formativo que proponía la Iglesia era, por cuestión de principios, incompatible con su ideología, anticristiana hasta el tuétano.

Después de 1933, quedó en Alemania una única organización de jóvenes, las Hitlerjugend (“Juventudes Hitlerianas”), la cual, al igual que su homóloga de la Unión Soviética, el Komsomol, debía comprometerse a fondo a educar a “nuevos alemanes”, liberados de “las cadenas de la Iglesia romana”.

Dichos objetivos se perseguían con celo. Según rezaba una de las canciones de las Hitlerjugend,

Somos la alegre juventud de Hitler.

No necesitamos de la virtud cristiana,

pues nuestro adalid es Adolf Hitler,

él es nuestro salvador e intermediario.

Tal y como se ve en la citada estrofa, no se vacilaba en yuxtaponer blasfematoriamente la figura del líder del III Reich al Hijo Único de Dios, Salvador del Mundo. Es sintomático que semejante modo de actuar no se limitara a las canciones que cantaban en la organización juvenil hitleriana. En 1945, Joseph Goebbels, jefe del Ministerio de Propaganda, apuntó en su diario, escrito en el búnker de Berlín en el que pasó las últimas semanas del III Reich: “Cuando habla el Führer, es como una misa”.

“Hacer aborrecibles y risibles”

Hitler posponía el momento de acabar con la Iglesia católica para después de que el III Reich ganara la guerra. Como es sabido (véase arriba), planificaba iniciar su campaña anticatólica por “hacer aborrecible y risible” al clero. Por cierto, la propaganda anticatólica así planteada había empezado antes de la II guerra mundial.

La encíclica del papa Pío XI Mit brennender Sorge (Con ardiente inquietud), publicada en 1937, en la cual el Santo Padre condenaba formalmente la doctrina y el régimen nacionalsocialista en Alemania, fue pretexto para un hostigamiento antieclesiástico. Poco más tarde, en la prensa hitleriana (y es que no había otra en la Alemania de entonces) se desató la campaña para “hacer aborrecible y risible” al clero. Todo se controlaba desde el Ministerio de Propaganda del III Reich, dirigido por Goebbels. Fue por su inspiración que en 1937, de improviso, en la prensa alemana aparecieron noticias de supuestos abusos sexuales de clero católico; de pronto, en la prensa controlada por los nazis, surgían “testimonios conmocionantes” de personas que, pasados varios decenios, “se acordaron” de cómo habían sido abusadas por representantes de clero en su juventud temprana. Hoy, cuando se han examinado exhaustivamente los archivos del Ministerio de Propaganda hitleriano, sabemos que todo fue fabricado para uso de la propaganda anticatólica ideada para vengarse de la mencionada encíclica de Pío XI.

De la misma índole eran las noticias de la propaganda goebbeliana de 1937 sobre delitos relacionados con el manejamiento deshonesto de divisas, perpetrados por curas católicos. De ese modo se referían a la actividad de recoger medios économicos para la actividad misionera en otros continentes en iglesias o conventos de órdenes religiosas.

Un sangriento preludio de lo que iba a caer en suerte a toda la Iglesia después de la guerra ganada por el III Reich tuvo lugar en las tierras polacas ocupadas por Alemania en los años 1939-1945. En esa época en dicho territorio se produjo un auténtico homicidio colectivo de sacerdotes organizado por el aparato de terror del III Reich. En aquellas tierras polacas que fueron incorporadas a Alemania de manera directa tras la invasión de septiembre de 1939: la Gran Polonia, Pomerania y la Baja Silesia, fue fusilada o murió en campos de concentración alrededor de la tercera parte de los sacerdotes que trabajaban allí antes de la guerra.

Para los nacionalsocialistas también era insoportable la Reina de Polonia del santuario de Jasna Góra en Częstochowa. El semblante de la Virgen Negra, aún antes de la guerra, se describía en la prensa hitleriana como “algo intermedio entre una negra y una mongola”.

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