«Y nada sería imposible para ustedes» (Mt 17,20)

autor: Sebastian Bednarowicz

Con frecuencia se escucha que santa Rita es únicamente la «patrona de los imposibles». Sin embargo, si contemplamos de cerca su vida, centrada en Jesucristo muerto y resucitado, enseguida nos daremos cuenta de que se trata de algo más. La eficacia de la intercesión de santa Rita a la hora de resolver los problemas humanos, es consecuencia de su participación en la passio Christi, passio hominis, es decir: en la Pasión de Cristo, en la cual está contenido el sufrimiento de cada ser humano.

Santa Rita vivió unos tiempos agitados a caballo de los siglos XIV y XV en Casia, Italia. De joven, fue entregada en matrimonio a un hombre alejado de Dios, a quien con su paciencia y con su ejemplo ella lo llevaría a la conversión. Desgraciadamente, poco tiempo después su marido sería asesinado. Rita se quedó sola con dos hijos adolescentes.

 

La costumbre local italiana de aquellos tiempos establecía que los familiares de la víctima tenían que ejecutar una vendetta de sangre contra los responsables del asesinato. Para una mujer piadosa como era Rita, aquello resultaba algo impensable. Pese a ello, sus hijos, y a pesar de las súplicas e imploraciones de su madre, estaban listos para vengar a su padre, aunque de hecho se estaban conduciendo ellos mismos hacia su propia muerte: o bien mediante una sentencia del tribunal de la ciudad como castigo por el crimen; o bien como víctimas a su vez de la vendetta de la familia de los asesinados. Rita, consciente de que al poco de haber perdido a su marido, podía perder también a sus propios hijos, no dejaba de rezar para que Dios los librara de cometer aquel pecado mortal de homicidio.

 

Poco tiempo después estalló en la ciudad una epidemia, durante la cual murieron los dos hijos de Rita, tras haber perdonado antes a los asesinos de su padre y haberse reconciliado con la Iglesia. Después de este suceso, Rita deseaba ingresar en la Orden de las Agustinas. No obstante, sabía que si sus familiares no se reconciliaban con los asesinos de su marido, ella no iba a ser admitida en ningún convento. A pesar de las numerosas humillaciones y del desprecio que había experimentado, Rita logró al fin y al cabo que las familias en liza se reconciliaran. Desde entonces pudo consagrarse a la vida monástica, sobre todo contemplando la Pasión de Jesucristo. Por su entrega y su piedad fue distinguida con el estigma de la herida de una púa de la corona de espinas, que durante 15 años llevó sobre su frente. Cuando falleció, su cuerpo se mantuvo incorrupto y está expuesto hasta el día de hoy en un ataúd de cristal en el convento de Casia.

 

Santa Rita posee el carisma especial de ayudar a quien se dirige a ella, a entrar en la experiencia salvífica del sufrimiento de Cristo durante Su Pasión y Muerte; recordándonos que desde el momento del nacimiento de Jesús, hasta Su entrega total por nosotros, Dios en Jesucristo cuida de nosotros y está unido a nosotros, sobre todo en los momentos más difíciles de nuestra vida, es decir: en el sufrimiento y en la muerte.

Desde este punto de vista, las peticiones “imposibles” de miles de devotos que están implorando su ayuda se convierten en “posibles”, ya que santa Rita ayuda a sus amigos a entregar su vida a Jesús. Es entonces cuando el hombre, unido a Jesucristo por la oración diaria y la vida sacramental, empieza a ver sus propios problemas desde otra perspectiva, conforme a Sus palabras: «Para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible» (Mt 19,26).

 

Santa Rita nos enseña de qué manera hay que unir los propios sufrimientos con el sufrimiento de Cristo, con Su experiencia de haber sido abandonado por la gente, condenado, humillado y muerto en la cruz. Ese grito estremecedor lanzado a las tres de la tarde de aquel viernes, cuando murió Jesús: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46), sigue estando presente en las dificultades, en las pruebas, en la enfermedad de un miembro de la familia, en la pérdida del empleo, en ser abandonado por tu cónyuge, en el fallecimiento de un hijo...

 

Jesucristo hace que comprendamos que el sufrimiento y el dolor que experimentamos, si los sobrellevamos junto con Él, gracias a Él se convierten en una inmensa gracia, que nos hace copartícipes de Su sacrificio por la salvación de toda la humanidad. Los que sufren con Cristo se convierten en canales de la gracia divina para el mundo, en «cerrajeros del Padre», que abren los corazones de quienes están cerrados a Dios.

 

La experiencia de Rita, quien se unía ante cualquier situación con Jesús, nos da la seguridad de que en cada dolor y tragedia Dios viene a nosotros con Su gracia, ya que sufrir con Cristo siempre es fuente de una gran bendición. No malgastemos nunca nuestro sufrimiento, sino que ¡ofrezcámoselo a Jesús!

 

  Oración para ofrecer el sufrimiento:

 

Jesús, Salvador Divino, por el Inmaculado Corazón de la Virgen María te ofrezco mis sufrimientos psíquicos, físicos y mis dolores espirituales. Te pido por la Santa Iglesia, por los sacerdotes, por la redacción de ¡Amaos! y por el apostolado de la vida [se pueden añadir otras intenciones].

 

Derrama sobre el mundo el torrente de Tu misericordia. Convierte a los incrédulos; libera a los esclavos de sus vicios; envuelve de protección a la familia para que, por el poder de Tu gracia, resista mejor las trampas del maligno. Une a los matrimonios amenazados por la separación. Concede a los padres el amor y el valor para aceptar a cada hijo concebido y para que sean defensores de la vida hasta la muerte natural. Otorga a los ancianos la gracia de unirse Contigo en sus sufrimientos. A los jóvenes y a los niños dales un corazón puro, libre de cualquier adicción y dispuesto a cumplir la voluntad de Dios.

 

Haz que el sufrimiento no me quite la esperanza, que mi fe no se apague y que mi amor no se interrumpa. Y cuando mi vida llegue a su fin, ven a buscarme y llévame a Tu Reino. Amén.

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