Una señal de luz en defensa de los no nacidos

autor: Teresa Tyszkiewicz

En abril de 2007 las autoridades municipales de la capital de México, Ciudad de México, legalizaron el aborto hasta las 12 semanas de embarazo.

 

El día 24 de abril, en la Basílica del Santuario de la Virgen de Guadalupe se celebró una Misa por la intención de los niños, víctimas del aborto. En la celebración participaron varios miles de personas. Durante unos instantes apareció sobre la milagrosa imagen algo así como una luz que brotaba desde su interior, a la altura del abdomen de la Santísima Virgen. Esa luz fue volviéndose más y más intensa, y tomó la forma de un embrión humano. La luz era muy clara y blanca, aunque no deslumbrante, de manera que se podían ver algunos rasgos y movimientos del embrión, que son característicos del feto en el vientre materno. Las fotografías tomadas por los testigos son pruebas de este fenómeno.

 

A la Virgen de Guadalupe se la venera como cuidadora de los niños no nacidos. En su imagen milagrosa está encinta. El día 24 de abril de 2007 hizo un milagro, mostrando a los que Le estaban rezando a Jesús, el Verbo encarnado, todavía no nacido. De esta manera, nos estaba convocando a una defensa valiente de la vida de los niños no nacidos.

 

La vida humana comienza en el momento de la concepción y es sagrada. Cada ser humano, en todas las etapas de su desarrollo, pero especialmente cuando está en el vientre de su madre, o es anciano o padece una enfermedad incurable, tiene derecho a la vida y a ser respetado sin condiciones. Tanto la eutanasia como el matar a los niños no nacidos al amparo de la ley, constituyen unos crímenes espantosos, son signos de una terrible falta de justicia, y son el peligro más grande para la humanidad y la civilización contemporáneas. Jesús mismo, a través del Magisterio de la Iglesia, nos dice que: “[…] el aborto y la eutanasia son crímenes que ninguna ley humana puede pretender legitimar. Leyes de este tipo no sólo no crean ninguna obligación de conciencia, sino que, por el contrario, establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de conciencia” (Juan Pablo II, Encíclica Evangelium vitae, 73).

  

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