Un sueño de amor

autor: testimonio

Desde hace unos años sigo recordando cierta imagen de unas vacaciones del invierno. Vi a mi hermana discutir con nuestro padre. Ya que no sabía de qué se trataba, pregunté por qué estaba ofendida.

Tenía tan solo nueve años y no entendí nada de las palabras que mi papá me dirigió a mí en ese momento: “Sabes, Tomasz, a veces pasa que dos personas no saben encontrar un lenguaje común y ya no son capaces de vivir juntos. Así es entre yo y tu mamá. También pasa a menudo que uno se enamora de otra persona con la que tiene más en común y de quien está enamorado. Pues yo me he enamorado de “ella” porque compartimos los mismos intereses, nos entendemos perfectamente y estamos bien juntos”.

Mirando a mi padre a los ojos, del todo inconsciente, le dije unas palabras que hasta hoy no dejan de herirme: “Está bien, papá...Entiendo”.

Poco después mis padres decidieron separarse y vista la situación tan difícil en la que nos pusieron a mí y a mi hermana, decidieron ampliar un poco el espacio de nuestra libertad para suavizar las consecuencias de su separación. Con el paso de los años podía volver a casa cada vez más tarde, ir de viaje adonde quisiera y traer a casa a cualquier conocido. A mi padre lo veía raras veces. Sobre los restos de su autoridad, al igual que en la aceptación de mi círculo más cercano, que me exigía ciertas características o maneras de comportarme, apoyaba mi propia autovaloración. Ya en la primaria tuve el problema del onanismo. Todos se reían y motejaban a quien no lo hiciera. Cuando estudiaba en el instituto, pronto me di cuenta de que debería tener una novia con quien acostarme y que eso garantizaría una relación feliz.

En aquel tiempo mi papá me llevaba a menudo a unas “fiestas de integración” de su empresa a las que iban también otros conocidos de los que la mayoría vivía en relaciones libres; esa gente creía que el matrimonio no le hacía falta a nadie.

No veía nada malo en ello. Más aún cuando mi padre también tenía a una novia y se acostaba con ella, pues ¿por qué yo tendría que renunciar a eso?

Usaba todo el repertorio de mi experiencia con el fin de demostrar “respeto” a mis chicas, hablarles con palabras hermosas y aprovechar la situación de modo que las citas acabaran en la cama. Si aparecía el tema de “salir juntos” o el de reconocer que éramos pareja, inmedietamente contestaba: “no hay de que hablar”. Me prometí a mí mismo que no me dejaría atar. Cada problema un poco más serio era para mí motivo para romper una relación y para quemar las naves. Cada relación me servía para satisfacer mis propios deseos y no prestaba atención a lo que necesitara otra persona. Siempre todo acababa de una forma igual o parecida.

Le estoy agradecido a mi mamá por rezar por mi intención (unos años después me enteré de ello). Gracias a sus rezos y a la gracia del Señor, mientras estudiaba el quinto curso en el instituto, volví a la Iglesia y recibí el Sacrameno de la Confirmación. En ese momento tuvo lugar mi gran conversión. Estaba ansioso por romper con el pecado y por construir lo que mis padres no habían sido capaces de crear: una relación basada en el amor verdadero de Jesucristo, con una sola persona y en la castidad.

Desgraciadamente seguía demasiado débil; ni siquiera sabía definir el amor, aunque hacía esfuerzos; los errores del pasado seguían presentes de un modo palpable. Caí en un letargo. Iba a la iglesia una vez por semana y los criterios según los que definía los pecados iban palideciendo cada vez más. Vivir en la castidad entendía como “no hacer el amor”. Y no lo hacía, no obstante dormía en casa de mi novia, la besaba apasionadamente y además la arrastré a la adicción al onanismo...Además de hundirme cada vez más, también estaba hundiendo a la persona con la que salía desde hacía dos años y durante todo ese tiempo mantenía la esperanza de que fuéramos capaces de perdurar en el amor.

Por muchas razones nos separamos, bastante pacíficamente. Volví a rendirme y entonces ni siquiera intentaba luchar con las dificultades que nos rodeaban.

Me dije que esto no podía ser así y que no quería rendirme, huyendo de la responsabilidad o de los compromisos por los que a veces hay que decidirse.

Poco después de separarnos, conocí por casualidad a mi mujer, Ewa. Fue a través de ella que el Señor actuaba en mi vida y me reclamaba, acercándome a Sí mismo. También gracias a ella y más precisamente, gracias a una amiga nuestra, conocí al MCP (el Movimiento de los Corazones Puros); si no hubiera sido por mi mujer y por la gracia de Jesucristo, jamás me habría apuntado a esa comunidad.

Puedo afirmar sinceramente que el MCP rescató nuestro matrimonio y me enseñó lo que estaba buscando desde hacía mucho tiempo... el amor. Solo allí oí que el amor es el don ilimitado de uno mismo para el otro y que si quiero aprender a amar, el mejor maestro del amor verdadero es Jesús y no los medios de comunidación o los amigos del colegio.

Junto con Jesús logramos vencer muchas dificultades y problemas. Estoy absolutamente convencido de que solo y exclusivamente con Él se está haciendo realidad mi sueño de una relación y un amor verdaderos.

 ¡Alabado sea Dios!

Tomek

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