Amor y fecundidad

autor: Mirosław Rucki, ks. M. Piotrowski

El beato Juan Pablo II enseña: “Así el cometido fundamental de la familia es el servicio a la vida, el realizar a lo largo de la historia la bendición original del Creador, transmitiendo en la generación la imagen divina de hombre a hombre” (Familiaris consortio, 28)

Toda la historia de la salvación descrita en el Nuevo y en el Antiguo Testamento da pruebas de que Dios había creado al hombre por amor y para el amor. Se puede decir que en la Santa Trinidad Dios era “autosuficiente” y que nadie más le hacía falta; sin embargo creó al ser humano, con quien quiso compartir el amor. El misterio de fe en Dios Uno y Trino dice que Dios Hijo procede de Dios Padre, mientras que el Espíritu Santo procede del Padre z del Hijo. De alguna manera, la familia humana tiene que reflejar las relaciones mutuas entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; por eso la mujer fue creada a partir de un fragmento del cuerpo masculino y el amor mutuo y la unión íntima de marido y mujer da comienzo a una nueva vida humana. El beato Juan Pablo II afirmó: “La fecundidad es el fruto y el signo del amor conyugal, el testimonio vivo de la entrega plena y recíproca de los esposos” (FC, 28).

De esta manera, Dios transmitió al ser humano la participación en la obra de la creación. El amor conyugal debía llevar a su cumplimiento la tarea: “Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla” (Gen 1, 28). El  Catecismo subraya: “Llamados a dar la vida, los esposos participan del poder creador y de la paternidad de Dios (...) cumplirán su tarea con responsabilidad humana y cristiana”  (Catecismo de la Iglesia Católica, 2367).

La responsabilidad es la clave para cumplir la voluntad de Dios en el sacramento del matrimonio. Unidos en un solo cuerpo, marido y mujer no pueden sumirse en el egoísmo, pensando solo en sus propias sensaciones y sentimientos. Tienen que tener en cuenta la razón por la cual son capaces de vivir el amor mutuo y la alegría de la unión matrimonial; esta razón es Dios mismo, que les otorgó la vida y les dio el poder de transmitirla: „Salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido de amor mutuo y verdadero y su ordenación a la altísima vocación del hombre a la paternidad” (Catecismo de la Iglesia Católica, 2369). Dicho con otras palabras, buscar de una forma egoísta tan solo el placer sexual y negar la fecundidad, es lo que destruye la naturaleza misma del amor conyugal y arruina el orden que Dios había establecido en el principio.

Somos partícipes de una guerra que satanás declaró al mundo, deseando destruir la obra de Dios. Recurriendo al egoísmo y al orgullo de los primeros seres humanos [“ustedes serán como dioses” (Gen 1, 5)], satanás contribuyó a que se rompiera la unión entre Dios y el ser humano, es decir, al pecado que lleva 
a la muerte.

De la misma forma nos tienta a que busquemos sensaciones y placeres, ofreciéndonos ideas que llevan seguramente a la muerte espiritual; la pornografía, la prostitución, el sexo extramatrimonial, la masturbación, la contracepción, el aborto, la fecundación artificial, etc. Cuando los cónyugues olvidan su responsabilidad de transmitir la vida, se convierten en portavoces y partícipes de la “civilización de la muerte” que recoge su cosecha de sangre de 50 millones de niños abortados al año, cientos de miles de seres humanos concebidos con el método in vitro y congelados, por no hablar de las lágrimas y del sufrimiento de maridos y mujeres traicionados, niños abandonados y abusados, o de mujeres que venden sus propios cuerpos...

No obstante, tenemos que saber y recordar constantemente que quien perdió esta guerra es satanás, ya que Jesucristo, al morir en la cruz y al resucitar venció la muerte misma y condenó a satanás, salvando al ser humano de su poder. Junto con Cristo podemos triunfar en la vida cotidiana, poniendo el amor y la responsabilidad ante Dios por encima de todo. Tenemos que poner toda la carne en el asador, atarnos a Jesús con todo el corazón y someterle toda nuestra vida, nuestros matrimonios y familias. De esta manera cumpliremos la misión apostólica que Dios nos había confiado, tal y como afirmó Juan Pablo II: “Este apostolado se desarrollará sobre todo dentro de la propia familia, con el testimonio de la vida vivida conforme a la ley divina en todos sus aspectos, con la formación cristiana de los hijos, con la ayuda dada para su maduración en la fe, con la educación en la castidad, con la preparación a la vida, con la vigilancia para preservarles de los peligros ideológicos y morales por los que a menudo se ven amenazados” (FC 71).

Un amor conyugal bello y verdadero, vivido conforme al proyecto de Dios, siempre conduce a la alegría. Es una alegría de compartir el amor y transmitir la vida; una alegría de padres que ayudan a su hijo a dar los primeros pasos, que oyen sus primeras palabras y abrazan a ese pequeño que con toda confianza busca  el consuelo y la ayuda de sus progenitores. Tal alegría, resultado del don mutuo de sí mismo, se llama  “civilización de la vida”.

“La civilización del amor evoca la alegría: alegría, entre otras cosas, porque un hombre viene al mundo (Cf. Jn 16, 21) y, consiguientemente, porque los esposos llegan a ser padres. Civilización del amor significa «alegrarse con la verdad» (Cf. 1 Co 13, 6); pero una civilización inspirada en una mentalidad consumista y antinatalista no es ni puede ser nunca una civilización del amor” (Gratissimam sane 1994, 13).

Dios es creador de la civilización del amor. En cambio, satanás nos propone el egoísmo y la muerte. Dios desea que elijamos voluntariamente y guiándonos por el amor: “Escoge, pues, la vida para que vivas tú y tu descendencia” (Dt 30, 19). No se puede elegir a la vez a Jesucristo y el pecado, ya que en Él no hay pecado. Elijamos pues entre Jesús o el pecado. No  ay una tercera opción. De lo que elijamos dependerá nuestra vida o muerte y la muerte o la vida de nuestros hijos.

Mirosław Rucki

 

Es imposible construir la civilización del amor sin rezar a diario y sin trabajar de forma regular sobre sí mismo. El matrimonio es una escuela de trabajo sobre uno mismo, una escuela de un amor verdadero: “En el trabajo sobre uno mismo lo que más importa es practicar a diario el perdón. Perdonar significa expresar el amor” (padre A. Zienkiewicz, Homilías para diversas ocasiones, Cracovia 2006, pág. 107 [trad. del polaco]). Asimismo, animamos a todos los cónyuges sacramentales a que perduren en Cristo y cuiden su amor conyugal, teniendo en cuenta su amor infinito y perdonador. Os animamos a rechazar todo pecado de pornografía, contracepción, lujuria u otros actos impuros. Os incitamos a que os abráis a la acción de Dios en vuestra vida y a que recibáis con alegría todos sus dones, sobre todo el don de transmitir la vida, para que el egoísmo no se apodere del amor y la generosidad de vuestro espíritu. Os animamos a uniros al Movimiento de los Corazones Puros de los Matrimonios.

Para llevarlo a cabo, hablad entre vosotros y rechazad juntos la contracepción y otras “ideas de este mundo” que sirven para destruir la unión matrimonial. Rechazad este pecado, acudid a la confesión y, después de recibir a Jesús en la Sagrada Comunión, rezad juntos la Oración de entrega del MCPM:

Señor Jesús, te damos gracias por habernos amado con un amor sin límites, hasta el punto de no vacilar antes de entregar tu vida por nosotros. Te damos las gracias porque tu amor nos defiende del mal, nos levanta de las caídas más grandes y sana las heridas  más dolorosas. Te damos las gracias por tu presencia en el sacramento del matrimonio y porque en Tí siempre podemos encontrar un remedio contra todo mal y fuerza para superar todas las dificultades y todas las crisis. Te entregamos nuestra memoria, nuestro entendimiento, nuestra voluntad, nuestras almas y cuerpos junto con su sexualidad.

Prometemos encontrarnos contigo a diario en la oración y en la lectura de la Sagrada Escritura, en la Santa Comunión recibida con frecuencia, al igual que en la adoración del Santísimo Sacramento. Tomamos la decisión de confesarnos con regularidad, no desanimarnos y levantarnos inmediatamente de cualquier pecado. Decidimos no comprar, ni leer, ni ojear revistas, programas, ni películas de contenido pornográfico. Prometemos no usar ninguna medida contraceptiva y renunciamos a la postura contraceptista como tal. Juramos siempre estar preparados para recibir a cada hijo que Tú, Señor, desees llamar a la vida. Deseamos ser buenos educadores que con su propia postura y su propio testimonio enseñen el camino que lleva a Ti.

Señor Jesús, enséñanos cómo trabajar sistemáticamante sobre nosotros mismos y cómo controlar nuestros estímulos sexuales y nuestras emociones. Te pedimos que nos concedas valor en la lucha diaria contra el mal, para que evitemos todo lo que crea adicción y quita la libertad, sobre todo los narcóticos, el alcohol y el tabaco. Enséñanos cómo actuar de manera que el amor sea lo más importante en nuestra vida.

María, Madre nuestra, guíanos por los caminos de la fe al manantial mismo del amor, a Jesús. Según las palabras del beato Juan Pablo II deseamos confiarnos plenamente a Ti: “!Totus Tuus, María!”. A tu Inmaculado Corazón nos entregamos nosotros mismos por completo, todo lo que somos, cada paso nuestro, cada momento de nuestra vida. ¡Amén!

Os pedimos que informéis a la Redacción sobre vuestra adhesión al MCPM, mandándonos vuestra dirección, fechas de nacimiento y la fecha de vuestra incorporación al MCPM, vuestro correo elecrónico y teléfono. Entonces os inscribiremos en el Libro de los corazones puros y os mandaremos una bendición especial.

Con la bendición de Cristo,

Padre Mieczysław Piotrowski, S.Chr.  con el equipo de la Redacción

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