Un cristiano muerto

autor: testimonio

Tengo 18 años y estudio en un instituto. Vengo de una familia católica en la que no ha habido ni violencia, ni alcohol. Sin embargo, recuerdo que raras veces rezábamos juntos y casi nunca leíamos la Sagrada Escritura. El abandono de la vida espiritual en nuestra familia hizo que nuestra fe se debilitara y que no hubiera un ambiente de amor verdadero entre nosotros, mientras que en la vida hay que cuidar la fe a diario y desarrollarla.

A mí, hasta hace poco, tampoco me importaba la fe. Era “tibio” y pasivo; un cristiano muerto. Cuando empecé a estudiar en el instituto, las relaciones en nuestra familia, hasta entonces marcadas por la indiferencia, comenzaron a hacerse tensas. Satanás iba cosechando éxitos en nuestros corazones ya que discutíamos con frecuencia, éramos perezosos en el espíritu y porque al final, mis padres se separaron. Para mí, las únicas lucecitas de bondad eran mi madre y mi abuela, pero esta última murió poco tiempo después de lo sucedido y al final el vacío se apoderó de nuestra casa.

Hoy soy consciente de que perdí un gran tesoro que antes no había sabido valorar.

Empecé a pasar por una crisis de nervios y en ese momento me puse a pedir ayuda a Jesús y a la Virgen. Llorando y rezando, dirigiéndome a Dios recé un rosario, quizá por primera vez en mi vida fue tan en serio. Después de esa oración entendí una cosa: que tenía que rezar todos los días, estudiar a pesar de mis fracasos y cambiar toda mi vida.

Sin embargo, satanás no se dio por vencido. En vez de luchar contra los pecados y las tentaciones, empecé a acallar mi conciencia y a ir cuesta abajo. Dejaba la oración, no comulgaba por mucho tiempo, descuidaba mis estudios y comía con gula... Relegué mis estudios a un segundo plano. Lo que más me importaba era comer bien, dormir, ver películas o quedar con los amigos. Hasta llegaba a no lavarme durante todo un mes. Luego vinieron los problemas de onanismo. Os lo ruego; ¡jamás cometáis ese pecado! ¡No emprendáis el camino de la pornografía! Satanás se sirve de un embalaje bello para luego recoger su cosecha, sobre todo entre los jóvenes cuya fe sea débil.

Algún tiempo después empecé a llegar a la conclusión de que la vida no tenía sentido y unos pensamientos suicidas aparecieron en mi mente. Tuve que tomar una decisión: ¡o cambio mi vida o acabo con ella! Todo eso eran las consecuencias del pecado en el cual permanecía obstinadamente y del cual no tenía ni ganas ni fuerza para salir.

Un día escribí una carta y fui a un lugar apartado para acabar con mi vida. Mientras caminaba, me repetía: “Señor, ¡ayúdame de cualquier modo, llévame a la conversión, de lo contrario me voy a suicidar!” Sabía que si Dios existe, era seguro que me oía. Para no sentir dolor me emborraché y medio inconsciente empecé a rezar el rosario. Llorando, le pedía a la Virgen que me ayudara. Me sentí igual que cuando por primera vez y en serio había rezado el rosario. ¡De pronto entendí que hacía dos mil años una Persona llena de amor había entregado su vida por todos los seres humanos, venciendo todos los pecados y toda la debilidad humana! Esa persona es Jesucristo, que nos dio una vida nueva, una vida en el amor con Dios. Fue Él quien me salvó del suicidio por la intercesión de la Virgen.

Si se trata de mi vida posterior, no fue tan fácil como había pensado que iba a ser. Me di cuenta, y fue doloroso, de que tenía que luchar todos los días. Volvía a cometer los pecados; caía en la pereza, en el onanismo y en la glotonería... No obstante Jesús no renegó de mí y no lo hará, siempre seguirá cuidando de mí y yo siempre volveré a Él. Hasta hoy me ocurre caer en algún pecado grave, pero el amor divino es más fuerte. El Señor quiere que siempre esté a su lado. Sin embargo, nosotros tenemos que esforzarnos por colaborar con Él, ya que Él no va a forzarnos a nada; respeta demasiado nuestra libertad. Tenemos que decirle: “Sí, Jesús, para siempre deseo vivir Contigo, ayúdame!”.

El descuido de la vida espiritual, tal y como me pasó a mí, puede tener unas repercusiones trágicas, no sólo en la vida terrenal, sino también después de la muerte. Mi vida actual es una lucha constante; mi arma es la oración, la Sagrada Comunión, confesarme con regularidad y autoformarme. No es nada fácil, pero cada uno de nosotros tenemos solo una vida y de ella dependerá nuestra vida eterna.

Quiero deciros a todos que Jesús os espera a cada uno y a cada una de vosotros en el sacramento de la penitencia; quiere sanar todas las almas y tenerlas cerca de Sí. ¡Sobre todo la tuya!

 Nikodem   

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