Purifica, libera y sana

autor: testimonio

Yo deseaba morir, me odiaba a mí misma y a la gente. Al final, decidí acabar con mi vida…

De pequeña, durante un tiempo fui víctima de intentos de abuso sexual por parte de un “amigo” de la familia, cuando se encontraba borracho. Por suerte, siempre conseguía zafarme de él. Sin embargo, ese hombre despertó mucho en mí la curiosidad, a la vez que me quedaba bloqueada frente a los adultos. Hablé con una amiga un poco más mayor que yo y ella me explicó de lo que se trataba: me puso una película porno. Y así empezó todo… No sé si yo llegaba entonces a los 12 años... Lo que vi me gustó mucho. Con eso fui creciendo al lado de amigas y amigos mayores que yo, que hablaban de sexo, pero no de amor.

 

En casa tampoco estaba viendo un ejemplo de amor. Mi padre siempre andaba humillando a mi madre. Para mí, él nunca estaba presente: durmiendo, trabajando o dedicándose a sus hobbies. Crecí convencida de que la relación entre la mujer y el hombre es pura biología. No podía seguir esperando a ser un poco más mayor y comprobarlo yo misma…

 

Al finalizar el primer curso de formación profesional, mi madre me dejó ir a las discotecas. No dudé en aprovechar mi primera ocasión para sentir placer… Me metí en una relación insana con un chico: él tenía su vida y yo la mía; y nos veíamos espontáneamente, sin compromisos. Por aquella época, y plenamente consciente de lo que estaba haciendo, una vez me confesé y fui a comulgar de forma sacrílega. Después de esa misa, me aparté completamente de la Iglesia y de Dios. También amplié mis gustos musicales al punk rock y al heavy metal, hasta terminar en la música satánica. Para divertirme, componía oraciones a los malos espíritus de la borrachera y el desenfreno. También empecé a tomar alcohol y desde el principio no sabía beber con moderación: perdía el uso de la razón e incluso el conocimiento.

 

El sexo y el alcohol se apoderaron completamente de mí y no desaprovechaba ninguna ocasión para pasármelo bien con diversiones bastante libertinas, y es que en las discotecas y en los bares, como es sabido, no falta de esto... Todo eso me daba mucho placer y me estaba divirtiendo a tope.

 

Por esa época más o menos, soñé con Jesús, igual a como aparece en el cuadro del Jesús, en Ti confío. Me miraba con tristeza y me dijo que me convirtiera, y que Él iba a volver en breve. Pensé que no era más que un sueño y no le di mayor importancia.

 

Por supuesto, había echado a perder totalmente mi reputación. Los que no me conocían personalmente, estaban convencidos de que yo era una prostituta y cuando me veían sola, me señalaban con el dedo, me montaban una escena humillante, me insultaban y también recibía llamadas desagradables por teléfono. En mi corazón se engendró miedo a la gente, a la vida y al futuro. Parece ser que la policía llegó incluso a preguntar por mí a causa de mi primer novio, que andaba metido en robos; aparte de esto, yo tenía conocidos en una de las mafias.

 

El temor y la vergüenza cobraron tanta fuerza en mí, que para salir de casa, para funcionar simplemente, tenía que echarme un trago de algo fuerte. También empecé a tener ataques de pánico por la noche: sentía la presencia de alguien maligno que no dejaba de reírse de mí con escarnio… Dormía poco. En esa época, rara vez veía pornografía, pues llevaba una vida que me tenía muy contenta en ese sentido. Seguía saliendo con mi primer novio, aunque ya tenía otro «más en serio»; pero también tenía otros rollos, algunos de ellos incluso hombres casados…

 

Empecé a creer que de verdad iba a acabar como prostituta. En mi interior sentía tal dolor, que parecía que me quisiera despedazar por dentro, pero no lo conseguía. Yo deseaba morir, me odiaba a mí misma y a la gente. Al final, decidí acabar con mi vida…

 

En donde vivo hay un lago grande. Pero aquella noche oscura, cuando yo estaba en el embarcadero, comprendí que suicidarme no llevaba a ninguna parte… Al contrario, me iba a condenar por toda la eternidad a vivir en el mismo estado en el que me encontraba. Me condenaba a mí misma y sentía que iba a arrojarme directamente al infierno, a ese lugar de desesperación, tinieblas y dolor. Pero Alguien estaba a mi lado y, en medio de mi vacilación, me susurró al corazón: «¡Huye! ¿No lo ves? ¡Allí hay luz!». Cuando me di la vuelta, vi detrás de mí bloques de viviendas iluminados, pero intuía que no se trataba de esa luz.

 

Volví a casa un poco asustada por esa experiencia. Durante los días que siguieron, viví en una especie de «estado de espera». Pronto, por la Providencia, escuché testimonios de satanistas conversos y mi corazón empezó a volverse hacia Dios. Preguntaba si era posible que Él me ayudara a mí también. No había nadie que me ayudara. Mi madre lo intentaba, pero solamente conseguía empeorar mi situación con lo que me decía: «Ya lo verás, tu marido se va a avergonzar de ti, te lo va a reprochar; tus hijos van a sentir vergüenza de que seas su madre». Sabía que para mí era demasiado tarde, que aunque cambiara, esa opinión persistiría: la gente no olvida. Pensaba cada vez más en las drogas, en empezar a consumirlas, porque el alcohol ya no bastaba para ahogar mis penas…

 

Y un día, después de otra llamada telefónica francamente asquerosa, grité en mi interior que ya no puedo más, que ya no aguanto más. Y justo entonces Jesús vino a mí: Lo vi interiormente, no sabría cómo explicarlo. Me dijo: «Te amo, apóyate en Mí y ya no peques más». Sentí en mi corazón que Él me había dado fuerzas, algo nuevo, y me había abierto los ojos a su Presencia. Ése fue el día más feliz de mi vida.

 

Aquella noche me encomendé a Jesús. En los días que siguieron, volví a la Iglesia y, a pesar de mi pánico atroz a que el cura me fuera a echar, me confesé. ¡Qué feliz era porque Jesús me estaba perdonando y quería estar en mi corazón! Desde aquel día, he ansiado unirme a diario con Jesús en la Sagrada Comunión, cosa que sigo haciendo.

 

Conocí la fuerza de la esclavitud del pecado desde que realmente quise terminar con el alcohol y la lujuria. Cuando llegaban las tentaciones, el Señor hacía que me percatara de Su presencia, me miraba con amor y con respeto; y yo Le suplicaba Su ayuda, porque yo sola no podía hacer frente a todo aquello por mi cuenta. Jesús fortalecía mi voluntad para recomenzar de nuevo y, a pesar de mi vergüenza terrible, acudía a confesarme tan pronto como podía.

 

Gracias a Él, rompí con mis viejas compañías, me liberé de la relación insana con mi primer novio y con los demás rollos que tenía; a mi «novio en serio» ya lo había dejado antes. Conseguí aprobar la prueba de acceso a la Universidad y entrar en un centro universitario católico. Elegí Pedagogía de la Reinserción Social, porque deseaba trabajar con jóvenes problemáticos, sobre todo con chicas, para ayudarlas, aunque solo fuera de esa manera. De modo que me marché de mi ciudad natal. Entonces también tuve la suerte de estar en Medjugorje. Allí encomendé mis estudios y mi futuro a la Virgen María. Me tomé en serio Su petición de rezar el Rosario todos los días.

 

Dos años después de mi conversión, cuando creía que todo se había calmado, me asaltó algo dificilísimo, todavía fruto de mis antiguos pecados. En cuanto empezaba a rezar o entraba en una iglesia, me venían a la mente terribles pensamientos impuros, pensamientos que profanaban las imágenes santas, las figuras, los crucifijos y la Sagrada Hostia. Después de comulgar, me asaltaban ideas obsesivas. Regresaron mis antiguos miedos y el ansia de alcohol.

 

Estaba segura de que Dios ya no me iba a perdonar esas visiones, y yo no podía controlar esto. Me sentía tan repugnantemente impura, merecedora únicamente de la ira de Dios y la condenación eterna; y el Señor, en efecto, es como si se hubiera alejado de mí durante aquel periodo. Logré sobrellevar ese estado gracias a un sacerdote, a quien yo había conocido tiempo atrás. Todo esto duró por lo menos un año. Gracias a su apoyo no desistí de hacer la oración, rezar el Rosario y de ir a misa a diario. Incluso empecé a acudir a la adoración del Santísimo Sacramento todos los días. Me armé de valor y fui a unos ejercicios espirituales ignacianos. Aquello para mí fue una época de purificación, de liberación, de aceptarme a mí misma y de perdonarme: a los demás no les guardaba excesivo rencor, pues la culpa era solo mía. Al mismo tiempo, el Señor me estaba abriendo mucho más a Él.

 

Un poco más tarde, dudé del sentido de la Comunión diaria, aunque no por mucho tiempo, pero pronto cometí un pecado contra la pureza. Dios aprovechó esa caída mía para, a través de Su Palabra, preguntarme a quién quería servir yo: a Él o a «mammón», pues quedaba demostrado que todavía me seguía inclinando por el pecado. En mi corazón elegí al Señor y a Él me entregué por completo: con mi mente, mi cuerpo y mi sexualidad. Desde aquel día han pasado varios años y yo no he vuelto a cometer un pecado grave en esta materia. El Señor me ha ido enseñando progresivamente, y todavía me enseña, a mantener un trato correcto con los hombres. Hasta hoy sigo teniendo algunas barreras interiores, bloqueos, temores excesivos en cuanto a mi comportamiento. No resulta tan sencillo encontrarse en compañía de gente diferente y decente.

 

La vida es lucha: hay tiempos de calma y tiempos de enfrentamiento, de tentaciones. De lo que siempre me doy cuenta es que, cuando las cosas se ponen difíciles, Jesús también está más cerca y siempre puedo contar con Él. Lo más importante es confiar en Él, ampararse en Su Corazón y pedirle ayuda también a la Virgen. En caso de duda, dejarse aconsejar por tu confesor o tu director espiritual, y pedir a personas de confianza que recen por ti. En este punto, quisiera dar las gracias también por el Movimiento de los Corazones Puros, pues es de gran ayuda. Yo personalmente ya había hecho voto de castidad antes, pero apoyo al movimiento con todo mi corazón y con mis oraciones. Deseo a todos los que luchan contra la impureza, el alcohol y otras formas de esclavitud del pecado, que no tengan miedo de dirigirse a Jesús. Él nos quita esos males, nos purifica, nos libera, nos sana…; y a cambio se entrega a Sí mismo, ofreciéndonos Su amor victorioso. Solo el Señor en Su misericordia puede realizar transformaciones como esas.

 

«Bendice al Señor, alma mía» (Sal 103, 1).

 

  A. G.

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