La imaginación de un amor puro

autor: p. prof. Mariusz Rosik

Cuando por la tarde, delante del punto de luz que proyecta la lámpara sobre la mesa de mi escritorio, paso las hojas de las epístolas de S. Pablo, en mi cabeza surge una cuestión poco teológica: «¿Acaso Saulo de Tarso estuvo alguna vez enamorado? Simplemente así, como una persona normal, ¿estuvo enamorado de una mujer?».

Quizás no haya manera aquí de encontrar una respuesta única. Sabemos que en consideración a Cristo optó por una vida en celibato. Sin embargo, sabemos también que consiguió escribir admirablemente sobre el amor. Sus cartas son una literatura de primer nivel de las mejores bibliotecas: «El amor es paciente, es servicial; el amor […] no se envanece, […] no busca su propio interés, […] no se alegra de la injusticia […]. El amor no pasará jamás» (1 Co 13,4-8). ¿Acaso escribiendo con admiración un himno sobre la aventura más hermosa de la vida humana; es más, un himno sobre el sentido último y absoluto de la vida humana, es decir: un himno sobre el amor a Dios y al ser humano; estaba Pablo pensando también en los enamorados? Puede ser. Permitámonos una locura y demos alas a la imaginación…

La paciencia

Imaginémonos que ella y él están enamorados hasta lo más profundo de sus corazones. Fascinados la una con el otro. Encantados con sus almas y con sus… cuerpos. Se les plantea entonces el dilema: ¿Nos permitimos —y hasta qué grado— un contacto físico? Imaginémonos que el chico, mirando directamente a los profundos ojos de su novia, le dice con voz temblorosa, aunque tranquila: «Te amo muchísimo, por eso quiero que guardemos la castidad». ¿Por qué? Supongamos qué podría ocurrir si ambos decidieran otra cosa...

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