En la escuela del amor

autor: testimonio

«Me imagino que esta noche Cristo murmura a cada uno y a cada una de entre vosotros: “¡Dame tu corazón!... Yo lo purificaré, yo lo fortaleceré, yo lo orientaré hacia cuantos lo necesitan […]”»

(Juan Pablo II)

«Amar es, por tanto, esencialmente entregarse a los demás. Lejos de ser una inclinación instintiva, el amor es una decisión consciente de la voluntad de ir hacia los otros. Para poder amar en verdad, conviene desprenderse de todas las cosas y, sobre todo, de uno mismo, dar gratuitamente, amar hasta el fin. Esta desposesión de sí mismo —acción de largo respiro—, es exhaustiva y exaltante. Es fuente de equilibrio. Es el secreto de la felicidad. [...]

 

¡Alzad más frecuentemente los ojos hacia Jesucristo! El es el Hombre que más ha amado, del modo más consciente, más voluntario, más gratuito. [...] ¡No tengáis miedo! Jesús no vino a condenar el amor, sino a liberar el amor de sus equívocos y de sus falsificaciones. [...] Me imagino que esta noche Cristo murmura a cada uno y a cada una de entre vosotros: „¡Dame tu corazón!... Yo lo purificaré, yo lo fortaleceré, yo lo orientaré hacia cuantos lo necesitan […]”» (Cfr. Mensaje de Juan Pablo II a los jóvenes reunidos en el Parque de los Príncipes, Francia, 1 de junio de 1980).

 

Estas palabras nos las dejó para siempre Juan Pablo II. Nosotros deseamos vivirlas, entregándonos por completo a Jesús en el Movimiento de los Corazones Puros, clínica de los corazones y escuela del amor.

 

A continuación, transcribimos algunos mensajes extraídos del foro del MCP:

 

    Magda

«Llevo más de diez años en el Movimiento de los Corazones Puros. En todo este tiempo he sentido el gran poder de Dios en mi vida. Sobre todo, Jesús me ha librado de los pecados contra la castidad. Me ha curado mediante la Comunión diaria y la confesión frecuente. Hoy día soy plenamente consciente de cómo Dios me guía con Su palabra. Voy a limitarme a contar tan solo uno de esos ejemplos. Tenía un conflicto con un compañero y me atormentaban diferentes sentimientos negativos hacia él: ira, enfado, un rechazo terrible... Estaba desbordada por ellos. En medio de esta situación, vino a mí la palabra de Dios: “Sean mutuamente acogedores, como Cristo los acogió a ustedes para la gloria de Dios” (Rom 15, 7). Su palabra me confirió fuerza para hacer las paces con aquel chico. Yo había comprendido que aunque esa persona no se lo mereciera ―así a mí me lo parecía―, tenía que amarlo... De la misma manera que Jesús me ama a mí, a pesar de que no me merezco Su amor... He descubierto que el amor divino nos supera siempre, y que Jesús quiere que yo Le imite».

 

    Grzegorz

  «“Evitaré todo lo que cree adicción…”. Llevo a cabo este compromiso mediante el “ayuno temporal”. La idea se me ocurrió hace seis meses, cuando al subir al tren, me puse los cascos. En aquel momento me di cuenta de que, en realidad, no me apetecía escuchar ninguna canción y que ese gesto lo estaba realizando de forma totalmente mecánica e involuntaria. Decidí que mi MP3 fuera a parar al fondo del cajón, por un tiempo más bien indeterminado. Así transcurrieron los días, después llegó el Adviento y, a continuación, le dejé el lector a mi novia, para que pudiera escuchar en versión audio las lecturas obligatorias de sus pruebas de acceso a la universidad. No os podéis ni imaginar el gusto que me daba escuchar música tras esa pausa tan larga. También vi los frutos de mi “ayuno”: era más abierto con mis amigos y mis pensamientos no dependían ya del compás o del ritmo de una determinada canción. Ahora estoy cumpliendo otros propósitos. Este mes no me voy a atiborrar de golosinas ni a beber alcohol. ¿Que cuáles son los resultados? Pues que soy yo el dueño de mi cuerpo y no mis caprichos, y me siento a gusto conmigo mismo. Lo sé por propia experiencia, que cuando satisfago demasiado libremente mis diferentes caprichos, entonces mi conciencia se vuelve menos sensible».

 

    Marta

  «Tengo que reconocer que me cuesta elaborar un método ideal para cumplir mi plan de vida. Por ahora, sin embargo, siempre anoto en mi pequeña agenda las tareas más importantes para cada día. En mi horario siempre hay unos espacios reservados para la oración y la lectura de la Sagrada Escritura. En cambio, cuando tengo que preparar varias cosas a la vez, suelo numerarlas por orden jerárquico según su importancia. Por ejemplo: primero estudio Finanzas, porque tengo un examen; y después, por ejemplo, me dedico a mandar correos electrónicos a mis amigos. Además, al final del día intento realizar un breve examen de conciencia, revisando qué es lo que he conseguido hacer y qué es lo que todavía tengo que mejorar. También examino las causas de mis fracasos, porque algunas veces pueden ser debidos a mi pereza o a mi total falta de orden; mientras que otras veces, por ejemplo, es porque quiero ayudar a una amiga con alguna asignatura y por eso dejo de hacer cosas que tenía previstas para tal hora o tal día».

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