El que no ama, no ha conocido a Dios

autor: ks. Mieczysław Piotrowski TChr

Si aceptas la verdad revelada por Dios sobre la sexualidad humana, si reinicias a diario el empeño de someter a ella tu pensamiento y tu comportamiento, entonces estás iniciando el camino de madurez hacia el amor, que tiene su fuente en Dios (Cfr. 1 Jn 4,7)

Solo el amor confiere sentido a nuestra vida. El mismo Señor nos está exhortando: «Queridos míos, amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios, y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor» (1 Jn 4,7-8).

 

Madurar para el amor es la tarea, el objetivo y el sentido más importante de nuestra vida en la tierra. Durante el paso de la infancia a la adolescencia, se descubre ante las chicas y los chicos el gran misterio del amor, que está estrechamente vinculado a su desarrollo sexual y su sexualidad. Ha sido el Creador mismo quien dejó inscrito en el corazón de la mujer y el hombre el deseo de llegar a ser «un solo cuerpo» en el sacramento del Matrimonio. Ese deseo comienza primero en la adolescencia, con la fascinación mutua del chico y la chica. Están descubriendo, el uno en el otro, el misterio de la belleza del ser humano en su feminidad y su masculinidad. Ese descubrimiento provoca su admiración y sube la temperatura de sus sentimientos y su deseo de unión de una manera antes nunca vista. Este deseo de unión se ve potenciado por el hecho de que los dos enamorados sienten la excitación de toda la esfera que atañe a su sexualidad, al descubrir que las sensaciones sexuales proporcionan una potente carga de placer sensual, que invita a su consumo.

 

¿Qué les dice el Señor en esta situación a los jóvenes?

 

  Eviten la fornicación

  En primer lugar, nos advierte de la fornicación, que destruye el amor: «Eviten la fornicación. […] ¿O no saben que sus cuerpos son templo del Espíritu Santo, que habita en ustedes y que han recibido de Dios? Por lo tanto, ustedes no se pertenecen» (1 Cor 6,18-19).

 

El amor mutuo que están sintiendo la chica y el chico constituye un don que proviene del mismísimo Dios Creador. Él es el único experto que sabe lo que se debe hacer para no arruinar ese don, para no caer nosotros mismos en la insensibilidad de la conciencia; y por eso nos avisa de que no seamos como los paganos, que «habiendo perdido el sentido moral, se han entregado al vicio, cometiendo desenfrenadamente toda clase de impurezas» (Ef 4, 19). Entregarse a la fornicación significa ceder al impulso sexual y estimular así nuestro cuerpo y nuestra imaginación para experimentar un placer sensual. Esto se lleva a cabo mediante las relaciones sexuales prematrimoniales, pero también mediante las caricias mutuas (el petting o «hacerlo con la ropa puesta»), los besos apasionados, la masturbación, la pornografía, etc. Porque entonces el chico y la chica están tratando sus cuerpos como un simple objeto de sensaciones sexuales.

 

Un comportamiento así refleja el centrarse de modo egoísta en uno mismo y, por lo tanto, resulta contrario al amor. También significa ceder al poder destructivo del egoísmo, que nos esclaviza, genera adicción y causa grandes estragos en la esfera espiritual del ser humano. El corazón humano, sumido en toda suerte de pecados contra la castidad, es esclavo del egoísmo y por eso no logra amar. Permanecer en la impureza es una de las mayores tragedias del hombre, porque solo las personas que tienen el corazón puro serán bienaventuradas (felices), y solo ellas «verán a Dios», es decir: experimentarán el Amor que tiene su fuente en Dios.

 

En el plan divino, el placer sexual tiene que estar sujeto a la ley del amor, es decir: al don desinteresado y total que uno hace de sí mismo a la persona amada. Este don mutuo y desinteresado de la persona entera, y por tanto de su cuerpo y alma, que hace que el varón y la mujer se conviertan en «un solo cuerpo», solo resulta posible dentro del sacramento del Matrimonio. A través de este sacramento, Cristo, por su poder divino, santifica de tal manera al varón y a la mujer, que se convierten recíprocamente en esposa y esposo el uno para el otro. Entonces, por el poder de Dios mismo, llegar a ser «un solo cuerpo» en sus relaciones conyugales constituye un signo sagrado del sacramento del Matrimonio, fuente de mutua santificación, así como experiencia del amor mutuo en el amor de Cristo.

 

Las relaciones sexuales de los cónyuges, cuando ellos se hallan en estado de gracia santificante y, por lo tanto, cuando tienen el corazón puro, es algo infinitamente más bello y más rico que el simple placer sensual. Constituye una experiencia de unión corporal y espiritual plena en el amor de Dios mismo.

 

Para vivir de este modo las relaciones sexuales hay que crecer y madurar. Así nos dice al respecto la Sagrada Escritura: «La voluntad de Dios es que sean santos, que se abstengan del pecado carnal, que cada uno sepa usar de su cuerpo con santidad y respeto, sin dejarse llevar de la pasión desenfrenada, como hacen los paganos que no conocen a Dios» (1 Tes 4,3-5); «Por lo tanto, hagan morir en sus miembros todo lo que es terrenal: la lujuria, la impureza, la pasión desordenada, los malos deseos y también la avaricia, que es una forma de idolatría. Estas cosas provocan la ira de Dios» (Col 3,5-6);

 

«Como en pleno día, procedamos dignamente: basta de excesos en la comida y en la bebida, basta de lujuria y libertinaje, no más peleas ni envidias. Por el contrario, revístanse del Señor Jesucristo, y no se preocupen por satisfacer los deseos de la carne» (Rom 13,13-14); «[...] hagan mayores progresos todavía. Ya conocen las instrucciones que les he dado en nombre del Señor Jesús. La voluntad de Dios es que sean santos, que se abstengan del pecado carnal, que cada uno sepa usar de su cuerpo con santidad y respeto, sin dejarse llevar de la pasión desenfrenada, como hacen los paganos que no conocen a Dios. Que nadie se atreva a perjudicar ni a dañar en esto a su hermano, porque el Señor hará justicia por todas estas cosas, como ya se lo hemos dicho y atestiguado. Dios, en efecto, no nos llamó a la impureza, sino a la santidad. Por eso, el que desprecia estas normas, no desprecia a un hombre, sino a Dios, a ese Dios que les ha dado su Espíritu Santo» (1 Tes 4,1-8).

 

  De un amor pasajero a un amor duradero

  El beato Juan Pablo II nos animaba a que acometiéramos sin cesar el esfuerzo de nuestra lucha interior para no consentir ningún pensamiento, acto o deseo impuros; y para anhelar unirnos estrechamente en el amor con Cristo, ya que solo entonces estaremos: «Interiormente libres de la coacción del propio cuerpo y sexo, libres de la libertad del don»; «Entendemos aquí la libertad sobre todo como dominio de sí mismos (autodominio)» (Cfr. Audiencia general, 16 de enero de 1980). Solo una persona de corazón puro es libre, pues es dueña de sí misma y consigue amar, es decir: se convierte ella misma en un don desinteresado, hasta sacrificar incluso su propia vida. El olvido de sí no es fácil, ni rehusar el “amor” posesivo y narcisista, ya que hace falta morir al egoísmo cada día, así como aborrecer y rechazar toda tentación de pecado contra la castidad. Levantarse continuamente de cada caída y perseverar en la fidelidad a Cristo harán que en tu corazón experimentes el gozo del amor puro, el cual es un don Suyo.

 

En esta escuela de libertad, Jesús te enseñará a vencer tus sentimientos superficiales y a aferrarte a Él; a no encerrarte en ti mismo, sino a abrirte a los demás; a pasar de un amor pasajero a un amor duradero. Porque el amor no es solo un sentimiento, también es un acto de la voluntad independiente de los sentimientos, y un don desinteresado de sí mismo. Hay que luchar a diario contra las fuerzas del mal y contra las propias debilidades, y buscar constantemente el bien de los demás: «No hay amor más grande que dar la vida por los amigos» (Jn 15,13). Pasar de un amor posesivo y narcisista a un amor que sea un acto de la voluntad independiente de los sentimientos, una elección constante del bien y un don desinteresado de sí, la alegría del amor puro, solamente se hace posible para aquellos que han confiado enteramente su vida a Jesús, y permiten que Él les guíe a lo largo de la vida.

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